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Sábado, 19 de abril de 2014

A LA VISTA

Unidos y Liberados

Desde 2011 funciona el área de hombres trans de Attta. Su coordinador, Gian Franco Rosales, habló con Soy de la discriminación en el mundo laboral, de los baches en materia de salud y, sobre todo, de qué significa construir una identidad fuera de las casillas.

 Por Paula Jiménez España

El área de hombres trans de Attta se abrió en 2011. En ese entonces fue Claudia Pia Baudracco quien incentivó a Gian Franco Rosales para que se organizara junto a otros hombres trans, ella insistía en que lo importante era que el reclamo se escuchara desde sus propias voces. Y hoy sabe que tenía razón. Cuando Gian Franco aceptó les ofrecieron en Attta la posibilidad de integrar esta organización que llevaba 18 años de lucha por la inclusión y contra la discriminación. “Empezamos siendo cuatro –dice–, actualmente somos cincuenta a nivel nacional y tenemos referentes en cuatro provincias. Seguimos los pasos de las chicas que ya tienen referencia en 19. Es muy difícil encontrar hombres trans que se visibilicen y se pongan la camiseta de la asociación, pero consideramos que para haber empezado hace poco más dos años, tener ya cuatro referentes es un logro importante. Los jueves hacemos grupos de contención y siempre vienen uno o dos chicos nuevos, muchos se van y otros quedan.”

¿Qué temas se trabajan?

–Asesoramos sobre el tratamiento hormonal y trabajamos en cómo construir la identidad socialmente, con la familia y los amigos. Vamos tratando temáticas poco difundidas en Internet como el VIH y las enfermedades de transmisión sexual, por ejemplo. Se suele hablar de esto en relación a las chicas trans, pero no se menciona el problema con respecto a nosotros.

¿Llegan chicos que se quejen de inconvenientes en la aplicación de la Ley de Identidad de Género?

–El mayor reclamo que tenemos es que el artículo 11, el de la inclusión de los tratamientos hormonales y las cirugías dentro del plan médico obligatorio, no está reglamentado por el Ministerio. Es un conflicto porque las obras sociales y los hospitales se agarran de que no es un artículo reglamentado y no están obligados a prestar ese servicio. Por otro lado, la falta de personal capacitado para realizar cirugías de reasignación genital hace que los pocos hospitales públicos que las hacen tengan largas listas de espera. Entonces uno espera o busca un cirujano privado, que no es lo ideal, para eso hemos luchado, para que salga la ley y poder hacerlo de manera gratuita.

¿Se espera que salga la reglamentación dentro de poco tiempo?

–Nos reunimos con el ministro de Salud de la Nación y hubo un compromiso, pero todavía lo seguimos esperando. Nosotros estamos a disposición cuando en algún lugar se rechaza la operación, más que nada en las obras sociales, donde sabemos que personal capacitado para realizar mastectomías tienen (es muy común la extracción de glándulas mamarias a mujeres con cáncer). Trabajamos junto con la Superintendencia de Salud, donde realizamos los reclamos. Hasta ahora tuvimos dos casos y los dos salieron con fallos favorables. Lo ideal sería tener la reglamentación para hacer la cirugía automáticamente.

¿La cirugía de reasignación de un hombre trans se puede hacer en cualquier momento de la vida o hay una edad tope?

–Se puede en cualquier momento. De todos modos, la operación más solicitada es la mastectomía. En la Argentina no hay una cirugía genital que sea funcional: no se tiene sensibilidad, no se puede realizar el conducto urinario, no se tiene erección naturalmente. Lo ideal sería que los cirujanos pudieran capacitarse en el exterior donde hay operaciones que recubren la prótesis con todas las terminaciones nerviosas, por ende hay sensibilidad, erección natural y a parte se realiza el conducto urinario.

¿Sobre qué otros temas asesoran a los chicos en el grupo?

–El tema de las entrevistas laborales, por ejemplo. Dentro de la organización hay un chico que trabaja en selección de personal y asesora sobre las preguntas que te pueden llegar a hacer, nos informa sobre qué decir o qué no. La mayoría es la primera vez que van a una y están atemorizados, tuvieron trabajos no registrados anteriormente y no tiene manera de comprobar una experiencia laboral, que es lo que por lo general te piden. Si conseguir empleo, al no cumplir con esos requisitos, es muy difícil para una persona no trans, mucho más lo es para nosotros. Sobre todo para quienes no están en tratamiento hormonal y no muestran ciertos cambios. Quizá presentan un DNI de identidad masculina, pero físicamente no evidencian cambios aún porque no empezaron el tratamiento o no desean hacerlo y es un choque para la persona que entrevista. Ni hablar de si esa persona no cambió el dni, es una situación llena de discriminación. Cuando buscaba trabajo, antes de tener mi DNI nuevo, me presentaba como Gian Franco y defendía mi experiencia y mi capacidad. Una vez, una persona me dijo que daba con el perfil, y cuando me pidió la documentación, me dijo: éste no es tu documento, me diste el de tu hermana. Entonces, yo le expliqué que era un hombre trans. El puesto ya está ocupado, me contestó. Le recordé que antes me lo había dado a mí y repitió: el puesto ya está ocupado.

¿Cómo llegaste a ser activista?

–En realidad, no quería serlo. Es muy loco. Me acerqué a la Federación porque había escuchado que estaban presentando amparos para hacer el cambio del dni, previo a la ley. Me ofrecieron reunirme con un grupo de chicos y, por la insistencia, empecé; me sentí cómodo entre pares, cosa que hasta el momento no conocía. Participar del debate me hizo entender la necesidad de que se nos escuchara. Conocí a Marcela Romero y Claudia Pía Badaraco, quien me contagió con su militancia. Ella nos decía que era necesario que se escuchara nuestra voz. Yo me negaba a ser activista y ella me dijo: Lo estás siendo, quieras o no. Ahí me decidí a formar parte de Attta y a trabajar en conjunto con otros chicos. Era mi ignorancia de no saber lo que era el activismo, que hoy por hoy me apasiona: ver cómo los chicos van progresando, alcanzando sus metas y saliendo de situaciones como las que yo también viví.

¿Qué situaciones?

–El rechazo de la familia, por ejemplo. Vengo de una familia evangélica que hace diez años sabe que soy hombre trans, pero recién desde hace un año dejó de decirme de ella. Tampoco me dicen de “él”, me llaman de una manera neutra. Me fui de mi casa y pasé toda mi transición solo, sin amigos, porque a la hora de exponer que era un hombre trans me decían que haga lo que haga nunca iba a serlo verdaderamente. Me enojaba, pero ahora me doy cuenta de que igual mi intención no es ser un hombre sino que soy un hombre trans. Nosotros no estamos interesados en entrar en ese casillero y cumplir con ciertos requisitos, por eso construimos nuestra identidad como vamos sintiendo. Algunos desde hacer adecuaciones en su cuerpo, otros no, y nos parece totalmente válido. Estamos en contra de que haya que hacer un tratamiento hormonal, una mastectomía o una faloplastia para llegar a ser un hombre.

¿Cuándo comenzó tu transición?

–Hace diez años, a mis 17. El primer recuerdo que tengo de sentirme diferente a lo que se esperaba de mí es a los cinco años: le pedí a mi compañera de jardín, con dos anillos de plástico en la mano, que se casara conmigo porque quería ser su marido. El segundo es a mis 8 hasta mis 17: todas las noches le pedía a Dios que saque de mi cabeza esas ideas: no podía ser hombre y desear a una mujer. Le pedía que me deje estar bien para poder cumplir y ser feliz. Años después pensé: si Dios tiene el poder de cambiar un montón cosas y a mí no me está cambiando, es porque no hay nada que cambiar. La primera barrera que hay que pasar, la más difícil, es aceptarse uno mismo. Cuando me acepté empezó el choque con mi familia y con la iglesia. Fui construyendo mi identidad en soledad. Lo que me satisface es ver cómo los chicos del grupo de Attta construyen su identidad en compañía, de una manera clara, firme y tranquila.

¿Hay en los padres de los chicos un cambio a partir las últimas leyes?

–Por un lado, los padres de los mayores de 25 tienden a ser más cerrados y conservadores, y por el otro, los de los menores, entre 16 y 22 años, lo aceptan muchísimo más. La mayoría entiende que no es algo que se elige sino que se siente. A partir de eso se acercan a la organización para colaborar con la construcción de la identidad de su hijo, porque entienden que el tema no se va a poder tapar ni negar. La madre del subcoordinador nuestro, Diego, enseguida lo apoyó. Siempre está ahí ella, en las marchas o cuando presentamos algún reclamo. Esas conversaciones entre padres son importantes. Como pasa con nosotros, entre pares nos entendemos.

¿Para los padres es más tabú tener un hijo trans que una hija?

–Al revés. Partiendo de que vivimos en una sociedad machista, que una mujer quiera ser un hombre está bien visto porque es una forma de mejorar. Es mucho más comprensible que un hombre que quiera rebajarse a ser una mujer, algo inaceptable.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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