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Viernes, 16 de mayo de 2014

La vergüenza del homofóbico

 Por Liliana Viola

“No somos violentos ni homófobos, nuestra intención es pacífica”, repitió muchas veces el año pasado la feroz paladina de la lucha contra el matrimonio igualitario en Francia, Frigite Barjot. Mantra, oración, especie de escudo verbal, en todo Parlamento donde se discutan leyes igualitarias habrá animadores dispuestos a repetirlo y a encarar dos batallas simultáneas: una por la oposición a la ley, la otra por disputar el sentido de la palabra (a esta altura ya un insulto) “homofóbico”. Por qué será que aún la derecha desa-complejada se preocupa por despegarse la etiqueta. Si declarar que “hay que defender las cosas normales y no normalizar las que están fuera del circuito y son un poco contra natura” no alcanza el nivel deseado para ranquear como homofobia, entonces la definición de esa palabra (nacida justamente en los años ’70 en clara oposición a homosexualidad como clase patologizada) queda restringida a lo que podríamos llamar el “trabajo sucio”; los homófobos serían sólo aquellos salvajes que piensan eso pero además llegan a las manos, bárbaros/fundamentalistas de Oriente, esos ugandeses, nigerianos, chinos, árabes o rusos que se réin de tratados internacionales. El resto, blanqueado por la sangre de los otros, está integrado por ciudadanos con convicciones. Y, en el más light de los casos, con ideas algo atrasadas. “¿Por qué alguna gente gay llama homófobos a todo quien no esté de acuerdo?” es la pregunta de buena fe, que empuja hacia lo tácito el acuerdo de que hay una porción de la población que puede estar en desacuerdo con los derechos humanos de una minoría dudosa o desviada, sujeta a discusiones, terapias, ajusticiamientos. La persecución de la homosexualidad y de la transexualidad aparece justificada como una especie de “legítima defensa” frente a una civilización en peligro de disolverse. Ahora, cuando Barjot agrega “somos pacíficos”, da un paso más. ¿Podríamos ser violentos acaso? ¿Correspondería? Mientras se saca la camiseta que debería decir SOY HOMOFOBICA para protegerse de los exámenes de conciencia de quienes hoy no estarán dispuestos a votar un discurso tan frontal, con esa alusión a la violencia en potencia, incita a quienes se animen a ejecutarla.

No es sólo una hipótesis: el año pasado a Barjot “se le fue de las manos” la radicalización del movimiento (violencia mortal) y debió acudir al Ministerio del Interior para identificar a los extremistas propios. En la negación pública de la propia homofobia no sólo se redefine la palabra sino que se trafica una invitación a la “verdadera homofobia”, una invitación al crimen.

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