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Viernes, 30 de mayo de 2014

APT* PARA TOD* PÚBLIC*

Festival Asterisco propone un panorama de cine bueno y raro, pero, sobre todo, un atentado contra el sentido común que ataca con clásicos, experimentos, desconocidos y consagrados desde Jean Cocteau, Werner Schroeter y Bruce La Bruce, hasta el último grito del posporno. Más de 130 películas, films inhallables, un premio a las producciones nacionales en proceso, visitas internacionales como la cineasta y activista lesbiana Monika Treut y Jef Barbara, la promesa pop que viene de Canadá. Aquí, algunos imperdibles y los entretelones contados por Albertina Carri, directora artística del festival.

“El cine es un arma de destrucción masiva del sentido común. Todo lo demás es otra cosa.” Con semejante premisa, declarada por Albertina Carri (directora de Los Rubios, No quiero volver a casa, La Rabia, entre otras), un festival ideado por ella sólo puede ser rupturista, una bomba de 150 horas que explota en los ojos del espectador, que rompe con las ideas de lo que se supone que es representar cuerpos y sexualidades, que desgarra la dicotomía hombre/mujer para posicionarse en todos esos otros espacios que fluctúan en el medio. Un festival incómodo o incomodador “que celebra la forma de estar en el mundo que tenemos las personas trans, lesbianas, gay, bisexuales, intersexuales y queers, y que tuve el honor de codirigir con dos de las personas que más saben de cine, libertad y desparpajo en Argentina: Diego Trerotola y Fernando Martín Peña”. El Festival Asterisco, mientras festeja la diferencia, va esbozando los contornos de lo que podría ser un gran relato de la sexualidad disidente o, si es que existe, de una forma queer de contar las cosas. La sección El huevo de la serpiente contiene películas que abordan la homofobia de Estado pero también los gestos de resistencia a éste: The Abominable Crime, de Micah Fink, por ejemplo, es un grito de denuncia de la persecución de las personas lgbt en Jamaica al ritmo del reggae; Call Me Kuchu es un documental que registra las últimas imágenes de David Kato junto a la resistencia de activistas que intentan desarticular la red de odio que amenaza a Uganda. Hay una sección dedicada a los pioneros, aquellos realizadores que marcaron camino, como Claudio Caldini, Edgardo Cozarinsky y Jorge Acha. Jorge Polaco tendrá su homenaje como cineasta terrible y piedra del escándalo. La sección Avenida Transbrasil ofrece la oportunidad de entrar en el universo trans brasileño a través a partir de films en su mayoría inéditos en la Argentina. La sección Exhumaciones revive títulos que vuelven del olvido porque todavía tienen mucho que decir: están Cocteau y Radiguet, Sidney Lumet y Al Pacino rescatados y subtitulados. Habrá retrospectivas de popes del cine lgbt, como Monika Treut, Wakefield Poole, Travis Mathews y Rosa von Praunheim, y también un lugar destacado para las gemas del terror con acento queer (Vampiras lesbianas y otros monstruos homoeróticos) y para el posporno.

¿Cuáles son los puntos en común y dónde están las mayores diferencias entre dirigir y programar un festival?

–Programar fue un descubrimiento porque no fue algo que hubiera hecho jamás. Se me fue armando una lógica similar a la de dirigir. La primera coincidencia es armar un equipo para contar un relato, porque un festival también es un relato en sí mismo. El festival es un metraje encontrado. Yendo de una sala a la otra se puede ir armando una narración y un recorrido sobre la diversidad sexual y cultura lgbti. Las distintas muestras del festival hacen un recorrido por distintos aspectos, preocupaciones, necesidades, discusiones y deseos que tenemos las personas lgbt en el mundo, no sólo en Argentina. Hay películas de Filipinas, Australia, Estados Unidos, Francia, México.

¿Cómo se hace para elegir entre toneladas de material?

–El primer trabajo fue rastrear películas de la temática de los últimos años. Lo hicimos a través de las últimas ediciones de los festivales del mundo. En ese rastreo llegó un momento en el que tuvimos unas ciento y pico de películas de los últimos dos años para ver. El criterio siempre fue que por lo menos dos de los programadores las hubiéramos visto y discutido. Fue un verano en el que vimos películas compulsivamente.

¿Costó ponerse de acuerdo entre los tres?

–Hubo alguna que otra discusión. Pero estuvo muy claro de entrada el tipo de festival que queríamos. Era importante sacarle el peso de lo temático. Para que justamente se convierta en un festival de cine, que piense en cine en términos de relato y que piense cómo representar a una travesti o un relato de denuncia. No es que dijimos “las problemáticas lgbti son éstas, así que tenemos que cubrir esto, esto y esto. Hay que hablar de tal cosa y no puede quedar afuera tal otra”. No es un festival periodístico. Es un festival de hallazgos cinematográficos.

¿Cómo se hace para encontrar a los directores que valen la pena?

–Yo empecé a hacer este trabajo con mucho temor porque soy directora de cine, no programadora. Por eso llamé a dos de los programadores más interesantes de la Argentina, que son Diego Trerotola y Fernando Peña. Uno de los grandes descubrimientos fue la certeza de que hay un relato lgbt cinematográfico con ciertas constantes en la forma de narrar.

¿Te acordás de haber visto algo muy malo?

–Vi muchas cosas muy malas. Realmente es muy llamativo lo malo que es el cine español en líneas generales. Es muy impresionante que tengan cosas tan malas y también un Almodóvar, que dentro de los directores vivos es uno de los más importantes y revolucionarios en todos los sentidos, además de popular, o un Buñuel. Cuando conocí el pueblo tan árido en el que nació Buñuel pensé: “Es increíble que este tipo haya hecho lo que hizo desde este lugar”. Tal vez esa aridez es la que lo educó. Vi muchos cortos españoles horribles. Uno de ellos fue especialmente malo. Dos hermanas enamoradas. Un personaje que no paraba de sufrir, sufrir y sufrir. Mal filmado también. El relato de sufrimiento del gay maltratado en general es muy difícil de hacer y que salga bien. Y entre las historias de chicas es muy común caer en el amor imposible, historias muy densas, de no poder decir. Esos son dos tópicos frecuentes, bastante mal llevados y arquetípico. Pero hay que pensar que en ese sentido Argentina tiene mil de años de ventaja. Tenemos una película holandesa filmada en Ucrania sobre un intento de marcha del orgullo del 2012. Estos directores fueron y entrevistaron a gente en la calle para preguntarles qué pensaban de la posibilidad de hacer la marcha. Y las barbaridades que dice la gente son muy impresionantes. Ese tipo de discursos bestiales también provoca este tipo de películas con relatos muy opresivos.

¿Cómo ha cambiado el cine lgbt en estos últimos años?

–El lesbianismo todavía es tabú. Fue muy difícil conseguir cosas buenas sobre ese tema. De hecho, en volumen (juntando buenas, malas, regulares, con toda la subjetividad que esto implica) las películas lésbicas son las que menos nos llegaron. El cine trans es un cine muy joven en el sentido de que tampoco hay tanto. Sí hay muchos cortometrajes. Es un cine muy vivo, interesante, que respira y está, justamente, en transición. Entre los temas que abundan, una cosa que me llamó la atención fue que me encontré con varias historias de amor gay donde el esquema es “hombre casado con mujer, supuestamente heterosexual, conoce a chico gay y se enamora”. Me llamó la atención porque en mi imaginario me resultan historias de otra época pero se ve que siguen sucediendo.

¿Podés mencionar alguno de los hallazgos de Asterisco?

–Uno fue Fukujusô, que es una película japonesa que encontró Peña en Italia y que se pasó por primera vez fuera de Japón el año pasado. Se había estrenado en el año ’35 y después se prohibió. Es una historia de amor entre chicas, otra vez, imposible. Es una joven que se enamora de la mujer de su hermano. Ese sin duda fue un gran hallazgo. Cada una de las películas de la competencia en su estilo, formato, estilo y género es un hallazgo, son narraciones fuertes, contundentes. Hay una cosa curiosa que pasa en los festivales, que es que siempre te dicen “lo mejor está fuera de competencia”. Es un lugar común de pasillo. Da la sensación de que siempre se pone lo más radical fuera de competencia, y que la competencia es un lugar cómodo. Esta competencia no tiene nada de confortable y ésa es toda una declaración de principios.

¿De qué se trata la sección Vampiras lesbianas?

–Es cine de terror. En esta primera edición de Asterisco poder tener cine de terror es un orgullo. A esa sección la pensamos a partir de Los labios rojos, una película belga del ’70, que finalmente no se programó porque no la pudimos traer. A partir de eso empezamos a hablar de las representaciones lésbicas en el cine, que siempre son a partir del monstruo. También tenés a las presas, violentas, asesinas y chorras, la escoria de la sociedad. A las vampiras lesbianas les fuimos agregando otros monstruos homoeróticos. Esta sección es una joya del festival, como también lo es El huevo de la serpiente, una sección de denuncia de políticas criminales y estatales, donde hay películas como El crimen abominable, que me impresionó. Son unos militantes perseguidos en Jamaica que terminan exiliándose. Muestran las letras reggae homofóbicas que directamente se traducen como “maten al puto”.

¿Qué te pasa a vos frente al cine lgbt como directora?

–Como directora de cine y televisión nunca digo “voy a contar tal tema”, sino que más bien es un recorrido de conceptos los que me van llevando a una película. Con respecto al festival, al darme cuenta de que faltaba material cinematográfico lésbico sentí una responsabilidad. Eso no quiere decir que a partir de ahora voy a hacer solamente cine lésbico. De hecho yo ya hice una película lgbt hace 14 años, que fue Barbie también puede eStar triste. Con las películas fallidas sufro cuando veo una buena escena y después veo algo que no me gusta. Pero trato de no mirar tanto cine desde mí, tanto en términos de primera persona. Pero sí tengo las mañas del oficio, del ojo, de quedarme mirando mucho la cámara y no sé si es a eso a lo que exactamente habría que prestarle atención.

Pierrot Lunaire
de Bruce LaBruce (EE.UU., 2014)
Inspirándose en hechos reales que tuvieron lugar a fines de los setenta, LaBruce narra la historia de amor entre un hombre trans y una chica, con música interpretada por Premil Petrovic sobre la composición de Schönberg que da título a la película. Este extraño e hipnótico viaje sigue el impulso de la música atonal para volcarse a las calles nevadas de Berlín de la mano de un "dandy masculino", en un trip en blanco y negro en el que LaBruce parece parodiar/homenajear a su compatriota canadiense Guy Maddin y a los pioneros del cine homoerótico underground. Pierrot Lunaire ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Berlín 2014.
Viernes 6 a las 15, Gaumont 1. Sábado 7 a las 21, Gaumont 1. Domingo 8 a las 19.

Hellraiser
de Clive Barker (Inglaterra, 1987)
El sentido de la moda del activismo queer impregna la obra completa de Barker, especialmente en la saga de Hellraiser, en la que se hace referencia al sadomasoquismo y a la cultura "urbana primitiva" del body-piercing y la escarificación. Barker fue un dramaturgo under en Londres a mediados de los setenta, y una vez fue arrestado por Scotland Yard por culpa de algunas de sus más extremas ilustraciones sadomasoquistas. Aun así, Barker se sorprendió cuando Pinhead, un personaje de la saga Hellraiser cuyo nombre se explica solo ("cabeza de alfiler"), se convirtió en algo cercano a un símbolo sexual, por lo menos a juzgar por las tarjetas de las respuestas del público que Barker pudo observar. Como un crítico escribió acerca de Barker y Pinhead, "las fantasías fetichistas de Robert Mapplethorpe podrán ser demasiado para la Galería Corcoran de Washington D.C., pero el semblante puercoespinoso de Pinhead adornó la vía pública en Estados Unidos no una sino dos veces; la segunda de ellas gracias a su regreso, a pedido del público, con Hellbound. Un punto más para los géneros que lideran el mainstream. Barker es persistente en cuanto a su interés por explorar el género como una poderosa metáfora de los queer, al observar el atractivo emocional que este tiene en individuos que anhelan liberarse de las constricciones y construcciones de lo normal.
Jueves 5 a las 24, Malba. Sábado 7 a las 23, Gaumont.

Kátia
de Carla Holanda (Brasil, 2012)
"Aunque nací en Piauí, la primera vez que escuché hablar de Kátia fue en San Pablo, a través de los diarios e Internet. Ella ya era una figura conocida en los medios por haber sido la primera travesti electa para ocupar un cargo público en Brasil.
Su apellido fue lo que me llamó la atención: los Tapety son una de las familias tradicionales más ligadas a la política en ese estado". Esto cuenta Karla Holanda, directora de este documental que nos presenta a Kátia Tapety, una hiperactiva señora de 60 años ("solar, espiritual, sin filtro", la describe Holanda) casada desde hace 20 años con el mismo hombre y madre de tres hijos. Kátia nació como José, y en su largo camino desde un pueblito del sertão acumuló innumerables historias para contar: no solo ganó tres elecciones seguidas a concejala municipal, sino que también ejerció el cargo de vicealcalde entre 2004 y 2008, y se ganó el respeto de su religioso y conservador municipio.
Miércoles 4 a las 16.20, Congreso. Jueves 5 a las 16, Gaumont 3.

She Said Boom: The Story of Fifth Column
de Kevin Hegge (Canadá, 2012)
Kevin Hegge cuenta que, luego de entrevistar a Kathleen Hanna, con un amigo salieron a correr por las calles de Nueva York como dos adolescentes alocados. Es posible imaginar a la gente saliendo de ver esta película tomando las calles de Buenos Aires en una explosión sinérgica de punk-queer-core-música feminista-fuerza orgásmica-found footage. She Said Boom: The Story of Fifth Column es un viaje energizante por la historia de esta banda de punk formada en los tempranos ochenta por un grupo de chicas que no solo desafiaban los roles de género, sino que también ponían en cuestión la creación artística misma. Fifth Column, entonces, no era solo una banda punk feminista, sino un movimiento que involucraba fanzines, películas en Super 8, Do It Yourself y mucho queer. Con entrevistas a la imponente G. B. Jones y otras miembras y otr*s colaborador*s, She Said Boom es una proclama anticapitalista y antipatriarcal.
Domingo 8 a las 20, Gaumont 3. Viernes 6 a las 20, BAMA 2.

El proyecto de Beti y el hombre árbol
de Alvaro Buela (Uruguay 2013)
En un sueño hiperreal, ciertas nubes (por cierto, muy “fatamorgánicas”) nos sumergen desde el inicio en las hojas de un improbable pero jamás mutilado cuaderno en el que alguien, al fin, logra urdir esta singular especie de novela interruptus (que, por suerte, no tiene punto final). La película está construida en su propio y personal pero nada abstracto universo, como hojas de un mismo hombre-árbol en cuyas ramas fluye la propia resistencia, capaz de novelar sin velar este sinfín de situaciones falsamente reales o realmente ficticias (da lo mismo). Esto es algo que se agradece cuando contemplamos las peripecias de un universo con guiños a ciertos anclajes del desvarío genial, entre otros: Antonin Artaud, Samuel Beckett y Pierre Molinier, para quien (como, en el fondo, también para Beti) “ser su propia mujer” ya no le resulta difícil, al contrario. La ficción-documental se enseñorea cuadro tras cuadro y logra encarnarse en el enorme y legendario intérprete Alberto Restuccia, deliciosamente captado por el director Alvaro Buela. En esta especie de “road vida”, cine realidad o puesta en el mundo, ya no hay máscaras que puedan colocarse en los poemas abyectos, los vestuarios con huecos de panzas deliciosamente obscenas, los maquillajes ultracargados y, sobre todo, la poderosísima expresividad.
Jueves 5 a las 12.10, Congreso. Viernes 6 a las 16, BAMA 2. Sábado 7 a las 21, Gaumont 3

To be Takei
de Jennifer M. Kroot (EE.UU., 2014)
No podía ser de otra manera: de la nave de Star Trek, tal vez la más multicultural de la historia de la TV, sigue brotando diversidad. No se trata de otra ficción homoerótica creada por fans sobre un romance entre el Capitán Kirk y Spock, sino la salida del closet de George Takei, quien interpretaba al icónico Hikaru Sulu y comenzó a tripular la serie desde sus inicios a mitad de los sesenta. Jennifer M. Kroot logra retratar la intimidad de Takei en varias dimensiones: como actor de culto en convenciones, como activista mediático gay en defensa del matrimonio igualitario y los derechos civiles, como testimonio del sometimiento de los migrantes japoneses en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y como esposo de Brad en momentos festivos y dolorosos. La vida de Takei cubre varios flancos que van desde la cultura pop -incluso su actuación al lado de John Wayne- hasta un compromiso con los derechos humanos que pocas figuras así de populares adoptaron con tanta humanidad. Y ese rango dinámico de To Be Takei hace que pueda contener tanto humor negro (con una escena que parece recrear a El gran Lebowski) como emotivas historias de vida que pueden activar el lagrimal.
Miércoles 4 a las 20, Gaumont 3. Sábado 7 a las 22, BAMA 2.

Valencia (EE.UU., 2012).
Película realizada por veinte directores, basada en la novela homónima de Michelle Tea.
Lesbos (la isla) es demasiado cool, demasiado vainilla, y nada de tierra prometida (ojo que la tierra prometida puede terminar casada). ¿Qué torta quiere un mito de origen en el que Safo encima tenía novio? Es más: ¿quién quiere tener un mito de origen? Mejor que un mito es una contraseña: Valencia (la película). Que Valencia quede en San Francisco y no en España ya es un bautismo torcido, un signo. Es una calle política donde las tortas de los noventa vivieron una utopía libertaria en la que los flujos del deseo no eran simplemente una metáfora. Los paraísos artificiales convivían con los ciclos de la menstruación; era posible secuestrar el fist-fucking para goce del propio culo y convertir el hecho de ser amante de las mujeres en una profesión de por vida (ésa es la bandera de Michelle, la protagonista). El bing bang de la identidad no es una declaración de principios, sino que dinamita la película toda. Veinte directores, veinte estilos, una Michelle gorda, otra chicata, otra trava, otra muñeca inflable, otra latina, otra Angelina Jolie, que siempre cambian de escenario, chupan, se drogan, cogen lo que les gusta (otra que la monótona migración de dama con miriñaque a caballero espadachín del Orlando de Virginia Woolf) y ¡MILITAN! Todas aman a Iris, que también cambia pero se sustrae (¡ah, ese charme de la amada que dice yo te quiero/yo tampoco!): la igualdad es un opio sedentario; la reciprocidad exacta, un negociado.
Valencia no denuncia ni pide respeto: actúa. Es libertina, orgiástica, veloz (las tortas de Valencia inventan cosas menos burocráticas que el dark room), y posee una poética que se expande en el texto (prueben verla por segunda o tercera vez y escuchar sólo la voz en off o leer sólo los subtítulos, y habrán hecho el ritual de recitar un himno torta afrodisíaco genial). En Valencia el dolor de amar no es desdichado sino la puesta en movimiento de una polieuforia de vivir en arte sin las imposturas dandies, sin las melancolías románticas y sin la depresión existencialista, un arte cuya máxima aspiración al mercado puede ser una fiesta (ah, ese provocativo amateurismo torta): escribiendo poemas / angustiados y brillantes, / dibujando comics, / pintando cuadros / gigantes y dolorosos, / es decir: viviendo.
Jueves 5 a las 22, Gaumont 3. Sábado 7 a las 20, BAMA 2.

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