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Viernes, 20 de junio de 2014

El coraje de la libertad

La vitalidad de los textos de Foucault para interrogar al presente –potenciada en los últimos años con la edición de trabajos inéditos como ¿Qué es usted, profesor Foucault?, La inquietud por la verdad y El poder, una bestia magnífica– impone una lectura siempre alerta mientras admite a su vez la elección del “Foucault propio”. Aquí, algunos fragmentos sobre el modo de filosofar foucaultiano, una guía que subraya gestos y estilos, preguntas eje y modos de preguntar. Una aproximación a la contradictoria, celebrante y abierta “matriz Foucault”.

 Por Edgardo Castro*

El lunes 25 de junio de 1984, luego de tres semanas de hospitalización, fallecía en París Michel Foucault. Veinte años más tarde, en un reportaje publicado en Libération, Daniel Defert relataba brevemente los acontecimientos: un domingo a la tarde Foucault sufre un desmayo en su casa. Tras la intervención de su hermano médico, es internado no lejos de su domicilio. El hospital del barrio trató por todos los medios de no hacerse cargo de un enfermo tan conocido y molesto, se buscó no trasladarlo a una institución explícitamente vinculada con el sida, como el Hospital Claude Bernard. Finalmente es derivado a la Salpêtrière, adonde llegaron el día de Pentecostés. Según las palabras textuales de Daniel Defert, “nos esperaban por la tarde, llegamos antes del mediodía. [...] Michel estaba extremadamente fatigado, ya no se alimentaba, estaba agotado. Nos quedamos arrinconados en un pasillo. Nos dicen: ‘El cuarto no está preparado, los esperábamos por la tarde’. Fue necesario reclamar una silla, luego un plato de comida. Yo no me reponía de tantas desatenciones. Me hacen notar que ni siquiera estaba registrado. Me dirijo a la recepción. [...] Poco después escucho a un médico interrogar a una enfermera: ‘¿Se desinfectó el cuarto?’ Creo escuchar que la respuesta fue negativa, que no tuvieron tiempo. Dos días después Michel tiene una infección pulmonar. En el servicio circula la hipótesis de que habría podido infectarse en el hospital. [...] Yo comienzo a descubrir todo el juego de relaciones de poder en un servicio de hospital y todo el juego de relaciones de verdad. [...] Violentamente descubro la realidad del sida: fingir lo socialmente impensable. Descubro esta especie de miedo social que había ocultado toda relación de verdad”.

Preguntas guía

A treinta años de distancia, la imagen intelectual de Foucault ha cambiado notablemente. Basta con tener presente que, en el momento de su muerte, sus libros sumaban unas tres mil páginas y que hoy esa cifra se ha triplicado, teniendo en cuenta la compilación de sus artículos, conferencias e intervenciones, publicadas en francés en 1994 como Dits et écrits (que reúne un material no inédito pero sí esparcido y no siempre de fácil acceso), y la edición de sus cursos en el Collège de France. Quedan todavía unas cuarenta mil hojas (apuntes, borradores, algún libro sin publicar, etc.) y una serie de casi 40 cuadernos que constituyen, la mayor parte de ellos, una especie de diario intelectual, registro de sus lecturas y observaciones. Todo este material, del que no se pueden ofrecer cifras exactas hasta que sea exhaustivamente inventariado, conforma el Fonds Michel Foucault recientemente adquirido por la Bibliothèque National de France.

Resulta difícil –quizás haya que decir imposible– recorrer en pocas líneas las dimensiones del archivo Foucault. Entre otras razones, por la pluralidad de temas, análisis desplegados y problemas afrontados. Para mencionar sólo algunos de los más relevantes: ¿cómo, en la Modernidad, desde el momento en el que el gran encierro de los siglo XVII y XVIII dio paso al asilo psiquiátrico, la locura terminó convirtiéndose en enfermedad mental? ¿En qué modo la muerte o, con mayor precisión, el momento de la muerte, la temporalidad del cadáver, se volvió, para el hombre, la condición de posibilidad del conocimiento de la vida? ¿De qué modo también la literatura se ocupa de ese hombre del que sólo se puede hablar a partir de sus experiencias-límite? ¿Cuál ha sido la configuración filosófica que ha dado origen a las ciencias humanas? ¿Cómo pensar el estatuto de los cuerpos en la época del capitalismo, de las disciplinas y del gobierno de la vida biológica de la población? ¿Qué sentido tiene la política cuando el Estado ha sido subordinado al mercado, al modelo empresarial o al partido? ¿Por qué decimos, con tanta insistencia, hablando de nuestra sexualidad, que somos unos reprimidos y cómo sucedió que, con no menor insistencia, debamos preguntarle a Edipo para saber quiénes somos? ¿De qué modo la vida se expone en el lenguaje a través del dispositivo de la confesión o del hablar libre y franco?

Ni saber ni poder

Ciertamente, en el recorrido intelectual de Foucault ha habido no pocos desplazamientos, giros, cambios, reformulaciones: se introducen nuevos temas, los ya estudiados son abordados desde nuevas perspectivas, se formulan nuevas hipótesis, se establece una relación crítica con los trabajos precedentes, etc. Pero estos desplazamientos, en el pensamiento de Foucault, no son rupturas sino torsiones, movimientos en torno de un eje. A veces es posible encontrar un punto diametralmente opuesto a otro, pero lo importante es el eje de estos desplazamientos y el modo en que surge la posibilidad de llevarlos a cabo. A nuestro modo de ver, este eje no está representado ni por el saber ni por el poder ni por el sujeto, sino por la manera en que ellos se correlacionan. Para acceder a este eje, Foucault ha tenido que hacer perder a cada una de estas nociones el carácter sustancial que frecuentemente se les atribuía. Por esta razón, en su último curso en el Collège de France, Foucault ya no habla del saber sino de los modos de veridicción, no habla del poder sino de las técnicas de gubernamentalidad, y tampoco habla propiamente del sujeto sino de las prácticas de sí.

En esa inmensa cantera de los escritos foucaultianos nos encontramos, en definitiva, con la descripción de las condiciones que hacen que determinados discursos puedan ser tenidos por verdaderos (los llamados saberes psi, por ejemplo: psiquiatría, psicología, psicoanálisis, etc.), de las formas en que se conducen las conductas de los hombres (por ejemplo, en el poder pastoral o en la época del liberalismo) y de la manera en la que establecemos con nosotros mismos esa relación que nos constituye como sujetos (de deseo, del hablar libre y franco, etc.).

Gestos F

En la filosofía, a diferencia de otras disciplinas, hay gestos y hay estilos. Gestos que definen el punto de partida, como en Descartes, que decide partir de sí mismo, de la evidencia de su propio pensamiento. Estilos que caracterizan los modos de proceder, como en Spinoza, que se propone deducir de manera geométrica los contenidos de una ética.

Una serie de relatos definen el gesto típico de la filosofía foucaultiana: la nave de los locos, el gran encierro de los siglos XVII y XVIII, Las Meninas de Velázquez, el suplicio de Damiens, el reglamento de una casa de detención de jóvenes en el París del siglo XIX, las escenas de la curación del rey Jorge III, los peritajes psiquiátricos, un caso de hermafroditismo, la ducha fría que el Dr. Leuret inflige a uno de sus pacientes para que confiese estar loco, etc. A partir de estos relatos, Foucault convierte en temas filosóficos a los locos, a los presos, a los homosexuales y, de este modo, no sólo a la razón, a la ley y a la normalidad, sino también a la locura, a la ilegalidad y a la anormalidad. O, mejor, a través de esos relatos, Foucault se sitúa en el límite a partir del cual cada uno de estos conceptos adquiere la fisonomía que cada época le atribuye. En cuanto al estilo, nada lo define mejor que esa erudición que, sin abandonar los textos clásicos, se sumerge en los archivos olvidados, polvorientos, aparentemente insignificantes, para volver luego sobre esos grandes textos y autores y convertir su lectura en actualidad. Anclado en la erudición, no sólo de paso por ella, en el estilo de Foucault no hay lugar ni para la nostalgia por una época de oro irremediablemente perdida ni para la profecía de una utopía que nunca abandona la lista de las promesas. No encontramos en los escritos de Foucault reflexiones acerca de lo debería haber sido si la historia no fuese la historia de una decadencia, o de lo que algún día será, cuando se cumpla en la historia su inevitable destino. La tarea de la filosofía, afirma Foucault, es “explicar lo que es el hoy y lo que somos hoy, pero sin que nos golpeemos el pecho teatralmente mientras decimos que éste es el momento de la perdición o el amanecer de una nueva era. No, es un día como cualquier otro, o mejor aún, es un día como ningún otro”.

En esa inmensa cantera del archivo Foucault nos encontramos sobre todo con una interrogación que ha sido, desde el inicio hasta el final, el motor del pensamiento foucaultiano: ¿quiénes somos?, ¿cómo hemos llegado a serlo?, ¿cómo podemos pensar y vivir de manera diferente? Quizá como ninguna otra, la frase del poeta René Char, de Furor y misterio, que Foucault eligió para la contratapa de la edición francesa de sus dos últimos libros publicados en vida, sea la que mejor expresa el sentido de todos sus trabajos: “La historia de los hombres es la larga sucesión de los sinónimos de un mismo vocablo. Contradecir esto es un deber”.

*Filósofo, investigador, autor de Introducción a Foucault (Ed. Siglo XXI, 2014) y Diccionario Foucault (Ed. Siglo XXI, 2011)

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