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Viernes, 31 de octubre de 2014

DANZA

Trajín japonés

Kinjiki, inspirada en El color prohibido, de Yukio Mishima, baila en busca del cuerpo robado que todavía no puede bailar su nombre.

 Por Laura A. Arnés

Kinjiki, color prohibido, es un eufemismo para decir homosexualidad. Es también una novela (1953) de Yukio Mishima: el relato, cargado de misoginia, de un pacto entre hombres; un cuadro del japón homosexual de mitad del siglo XX. Pero Kinjiki fue también esa primera obra de danza butoh (1959), presentada por Tatsumi Hijikata, que escandalizó a la comunidad artística nipona. Inspirado en los textos de Jean Genet y Sade, comprometido con las premisas del surrealismo y obsesionado con la muerte y la transmutación, Hijikata proponía una danza que no hablase a través del cuerpo sino que permitiese al cuerpo hablar por sí mismo. “El cuerpo nos ha sido robado”, insistía, y él buscaba recuperarlo con movimientos que expresaban la experiencia de estar en el presente. Ahora, Kinjiki es una instalación en movimiento, una energía expresiva, una intensidad. Un cuerpo expuesto, doliente, que se abre a la escopofilia de quienes espiamos un cuadro que parece secreto o, por lo menos, privado. La muerte y el erotismo, residuos pulsionales arcaicos, vibran en el ritmo que imponen los movimientos del performer Federico Moreno. El tiempo se detiene y acelera, y el espacio se convulsiona, intervenido por una red de tensores, creación de Daniel Merlo. Entretanto, nosotrxs, fascinadxs, no podemos sino mantenernos en ese ángulo muerto del lenguaje. Porque la belleza está ahí. Y el miedo o la desesperación. Quizá, también, el amor. En realidad, resulta claro: el mundo entero se resume en ese instante que es la obra.

Ultima función: hoy a las 22, Mediterránea Café Teatro, Tucumán 3378

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