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Jueves, 30 de abril de 2015

DíA DE LAS TRABAJADORAS

Gajes del oficio

Al rosa y celeste de la infancia le siguen los estudios y trabajos específicos para damas y caballeros. La disidencia lesbiana también se expresa en opciones laborales fuera de ese corset. Fletera, carpintera o jefa de una flotilla de motos cuentan los gajes de sus oficios y discuten sobre si la unión de chicas hace la fuerza.

Manteniendo la flotilla a flote

Adrianita, que está varada en Bouchard al 600, con su voz grave se queja por Whatsapp de que en esa dirección no hay nadie. Fernanda, su jefa, se lo discute. “Algo raro pasa porque la dirección es.” Cuando Adrianita le informa que al fin llegó el cliente y la mañana parece haberse tranquilizado, a Fernanda la llama otro de sus motoqueros y se le ponen los pelos de punta: el chico se confundió de localidad y en lugar de estar en Saavedra anda por Caballito. Fernanda Francos se enoja. Se enoja bastante. Pero la rabieta se le pasa rápido porque estos problemas son cosa de todos los días. Ella es la base, el centro de operaciones desde el cual controla el comando para que se cumpla con la clientela. “Los chongos se resisten a que la autoridad la tenga una mujer”, dice. Su agencia de motoflet arrancó en 1999 con el proyecto de que todas las motoqueras fueran chicas, pero el meeting tortil duró muy poco porque, entre otras razones “es un laburo muy heavy metal. Hay que lidiar en la calle, días de lluvia, de frío. La cosa es muy dura en la calle . No te hablan como a una mujer. Con el casco te dicen: Che, la concha de tu madre, flaco. Una vez un auto me encerró, lo puteé y el tipo bajó con un fierro pensando que yo era un chongo. Me fui rajando. Si te reconocen mina lo más común es que te manden a lavar los platos. ¿Pero qué tiene de malo lavar los platos? Creo que en la calle está reflejado el estado del ser humano. Yo no salgo más”.

Maña y fuerza

Otra trabajadora que se gana la vida desafiando el tránsito es Marisol, una fletera de Parque Patricios totalmente encariñada con la “chata” bordó que le compró su padre en 2001 con lo que quedó de su metalúrgica fundida. “En la calle se asombran siempre de que sea una mujer. ¡Yo que pienso que adentro de la camio voy totalmente tapada!” Cuando Marisol Senson vio la posibilidad de trabajar de manera independiente, ni lo dudó. Además, esta muchacha que entrena fútbol en Ferrocarril Oeste, para el flete reúne todas las condiciones: sabe manejar y tiene un óptimo estado físico. Con la ayuda de alguien, porque tampoco es una súper chica, Marisol levanta muebles y pesadas heladeras o lavarropas y los acomoda “como un tetris” en la caja mudancera: “Me di cuenta de que estaba capacitada. Para los temas de cintura hay que fajarse. Pero los tipos también tienen temas de salud, ¿te creés que no? Para mí es un mito el de la fuerza física. Los tipos te ponen la excusa de que no vas a poder porque te dicen que es pesado o porque el vehículo no sé qué. Pero en realidad piensan que no vas a entender o no vas a poder. Y eso es en todos los rubros. A mí me parece que los trabajos son más unisex. O yo soy más unisex”. De otra opinión es Lorena Orfanelli, para quien lo de la fuerza no es simplemente un mito. Esta carpintera que encontró su vocación constructora después de haberse recibido de diseñadora en la UBA y lidiado con prejuicios propios y familiares sobre lo que se espera de una mujer que trabaja, se queja de que antes los hombres eran más solidarios a la hora de ayudarla a alzar muebles. Y si las mujeres tenemos hoy en día mayor accesibilidad a la carpintería, dice, se debe a que tanto los materiales como las máquinas son más livianos: “Antes tenías que mover un árbol entero. Ahora puedo hacer una mesa yo sola. Por otra parte, son trabajos en los que estás sucia todo el día. Si vos estás muy pendiente de tu estética no te va a gustar”. La cuestión del detalle, tan ligada a la coquetería y a las habilidades femeninas prototípicas –coser, bordar y abrir la puerta– resulta, sin ton ni son, incompatible con las tareas y las preocupaciones estructurales. En el imaginario, pareciera que la mano que pasa el delineador por el párpado no puede ser la misma que empuña la motosierra o dobla con fuego un hierro. En el curso que hizo Verónica Jiménez, pareja de Lorena, en la UOM, la división entre grueso y delgado se presentó muy claramente: “Hay un tipo de soldadura que se llama tip, un trabajo muy delicado y prolijo, que todos los hombres del curso pensaban que yo lo podía hacer mejor. Sin preguntar, ellos me abrían las pinzas y me ponían los electrodos, porque asumían de antemano que yo no iba a tener la fuerza para hacerlo. Al principio asumí lo mismo hasta que empecé a usar la pinza, y me di cuenta de que no dependía de nadie. Pero creo que para empezar se nos tiene que poder ocurrir hacer estos trabajos, para ver cuáles son las limitaciones reales y cuáles las que creemos tener y no tenemos”.

¿Libres o sueltas?

Ocultar la identidad o bajarle unos buenos decibles es uno de los grandes escollos que pueden imponérseles a algunas personas que trabajan en relación de dependencia. La búsqueda del “trabajo propio” muchas veces responde a esta necesidad de eludir el acoso constante. Para Lorena Orfanelli, por ejemplo, tener como clientes a personas de la comunidad glttb no sólo es cómodo “porque no la tengo que caretear”, sino que además son relaciones tan cordiales que suelen derivar en una amistad. Es que la red se abre en dos direcciones: por un lado, en el sentido de lxs trabajadorxs de oficio y/o profesionales relacionadxs entre sí, que van formando una suerte de “equipo” (“yo conozco plomeras, electricistas, albañilas que si ves los trabajos que hacen te caés de tanga. Y nos recomendamos entre todas”, dice Marisol) y por el otro, en el sentido de la clientela que suele preferir pagar por el trabajo a alguien de confianza, probadx en la casa de algunx amigx. Marisol cuenta que pronto comenzará a buscar unx ayudante lesbiana, trans o gay porque “si tengo la posibilidad de ayudar a la comunidad gltb voy a hacerlo”. En cuanto a la situación de las cis mujeres respecto de los trabajos en relación de dependencia, no es el disimulo identitario el único problema que puede surgir: “Si yo quisiera trabajar en una fábrica de ventanas, el certificado que me dieron en la UOM me sirve, pero creo que por ser mujer no me elegirían”, cuenta Verónica. Probablemente. La independencia, en este caso, parece ser la opción más dura pero más eficaz. Como siempre.

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