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Viernes, 8 de mayo de 2015

ENTREVISTA

TOTEM SIN TABU

Este viernes, Moria coronará con su presencia una fiesta llamada Mostrafest, celebración de lo que parece bizarro pero en realidad es lo “too much”. ¿Qué le ven? ¿Qué no le ven?
¿Qué tiene Moria que encanta a tantos gays y jóvenes trans?

 Por Franco Torchia

Se adelanta a cualquier parodia y contiene todas sus imitaciones. Es un edificio teatral cargado de citas. Vive desde hace décadas en pleno ejercicio de influencia. Cuando hoy, en el ciclo de fiestas MostraFest, el eje más palermitano y clasemediero de la juventud puteril porteña aúlle ante la aparición mariana de su líder, un nuevo bautismo generacional se habrá consumado. Y como en estos casos el periodismo es una práctica imposible, en este encuentro Moria quiso llorar y lloró. Se preguntó seriamente “quiénes son” y evitó que hubiese “platitos inmundos”. Hubo copas de champagne que no eran “sidra caliente” y alrededor sólo asomaban “millonarios con 20 deptos, no sé, mega”. Al principio, era el marica.

¿Quiénes han sido los gays más significativos de tu vida?

–Cuando era chiquita, no tenía amigas casi. Siempre me costó mucho establecer amistad porque le doy un valor muy grande. Nunca iba a jugar a la casa de mis amigos, ellos venían a la mía, como buena hija única. Tenía una amiga que se llamaba Marta Figus, que estaba harta: siempre la hacía hacer de mi marido; me encantaba hacer que me moría: ella tenía que ponerme una cala sobre el cuerpo, entonces yo iba resucitando y siempre me embarazaba, nunca se embarazaba ella. De cualquier manera, toda la gente que perteneció a mi pasado –familia, amigos– se mantuvo alejada después. Y en mi barrio, José Ingenieros, había un chico en la cuadra que era muy maricón. Era una mariquita muy afectada, con unos ojos grandísimos: creo que era de familia árabe o armenia. Congeniábamos mucho, no me acuerdo ni el nombre, porque jugaba con nosotros y ya desde el juego algunos chicos que se sumaban lo sectorizaban, yo en cambio lo incluía desde la mirada, pero en esa época, él mismo se reprimía. Nos entendíamos por la mirada.

¿Vos te dabas cuenta en ese momento de que él era, como se decía, maricón?

–Yo sabía que era diferente. Tenía una sincro con ese chico a través de la mirada que no la tenía con mi amiga Marta. Yo me sentía un poco igual, me sentía diferente. No sabía nada, no sabía lo que era el sexo. Me iba a la cama a pensar, pensaba en un tipo y una mina que había visto y me imaginaba algo muy erótico: cómo eran abrazándose y besándose. O me imaginaba que iba en un colectivo con cortinitas, como con reservados, con el tipo que había visto en la calle y que me había gustado y ahí nos besábamos. Todo lo que veía lo ligaba a la caricia de un hombre y una mujer o de un hombre conmigo.

Pero jamás de un hombre con un hombre...

–No, nunca en la vida, en ese momento.

Claro, no estaba en tu imaginario de época, como no estaba en el imaginario de muchos...

–No, pero empecé a tener relaciones con los gays desde mi entrada al teatro, que ya estaba lleno. Y automáticamente recupero esa sensación que tenía con mi vecino de la infancia. Con ninguna amiga me divertía: las del secundario las había tenido sólo para el turno mañana, porque después no salía con ellas.

¿Hiciste un secundario sólo de mujeres?

–Sí, en el Liceo 12, José María Moreno y Formosa, lejos de donde vivía. Por eso me pasé 5 años durmiendo en el colectivo: durmiendo de ida y de vuelta, donde hacía el relax hasta que me dejara en la esquina de mi casa. En cambio, para el primario caminaba doce cuadras: jamás falté y la cuestión era caminar, caminar, caminar. Con el frío, con el calor, con la lluvia: tenía todo mi equipo Aquascutum, que mi padre me compraba en el Instituto Obra Social del Ejército.

¿Qué dirías entonces que encontraste en los gays?

–Algo muy parecido. Porque yo soy gay, sobre todo en el sentido de cómo tenés que desarrollar tu sensibilidad para que te acepten... bueno, no sé si la palabra es aceptar, pero en el fondo yo también tuve que luchar en mi casa para que mis padres aceptaran mi cabeza. Y mi cabeza iba con mi corazón: yo me aburría con las chicas. No me divertían las cosas de las mujeres. No anhelaba casarme de blanco en la catedral: me encantaban los hombres y no me gustaban las mujeres. Tenía la misma sensibilidad que un chico gay. Me sentía bien con ellos: me divertía. Toda mi vida estuve rodeada de gays. Mi hija igual.

¿Y capaz que te gustaban los mismos tipos que les gustaban a ellos?

–Sí, no sé. Nos divertíamos. Yo salía con un tipo y llevaba a la mariquita conmigo. A la mariquita y a todo el cortejo. Para ellos siempre fui icónica: soy el gran puto argentino, salú...

Te referiste mucho al estereotipo de las mariquitas...

–Había algunos que eran muy afectados. Otros eran más calmos. Estaban los que salían del closet enseguida y estaban los otros que eran serios, con sus parejas de años. Eran regios: siempre sentí que tenían otro vuelo mental y con ellos me sentía bien. Las mujeres me parecieron siempre histéricas, poco approach, me parecían muy banales desde la pregunta, es decir, la pregunta siempre era: “¿Qué te vas a poner?” Y yo les decía: “Un pija. ¿Qué carajo te importa?”

Incluso con las mujeres del teatro, que no eran amas de casa y que tenían otro nivel de exposición...

–Sí, porque en esa época la exposición pasaba sólo por lo físico. Eran minas en tetas con las pezoneras. Yo empecé en la revista cuando la revista era un ejército prusiano. Era muy propensa a cosificar a la mujer, a la que no se la dejaba ni hablar: la que rompe eso después, con los stands-up y exigiendo cuando fui figura que un cómico no rematara nada ni con mi culo ni con mis tetas, fui yo. Exigí que no se me dijera “Esta puta” o se le hablara media hora a mi culo...

Eran mujeres habladas por otros: no hablaban ellas...

–Eran dobladas...

¿Y cómo pudiste imponerte?

–Bueno, el hecho de que me hayan elegido a mí y que yo nunca haya pedido nada me ayudó. Para esto hay que entender la estructura de la que te hablo. En la revista, corista era la categoría más baja. Era la que mostraba el hilo dental y tenía el culo al aire. Seguía la bailarina, que venía del Colón y se tapaba el culo. Las figuritas, que en general eran dos y estaban al lado de la media vedette: así debuté yo, junto a una chica que se llamaba Irene Moreno, como figurita. Después estaba la media vedette, la segunda vedette y la primera vedette, que tenía un cuadro, un sketch y el final. Era la que menos trabajaba. Yo entro y empiezo a ser figura. Un día escucha mi voz Adolfo Stray y me dice: “Quiero hacer un sketch con vos”. Se hizo. El hacía de Cristóbal Colón y yo de colegiala con un delantal que tenía una ventanita a la altura del pecho: un bolsillito que se levantaba y se me veía la teta. A partir de ahí Carlos Petit, el empresario, se enloqueció conmigo y me daba todos los sketches, y yo los remataba: una chica que recién empezaba remataba su sketch. Todo el mundo creía que era una acomodada.

Empezaste a ocupar el lugar del hombre...

–Sí, del capocómico femenino, que muchos quisieron copiar y pocos pudieron hacer.

Y en todo este proceso, ¿cómo dirías que fue y que es hoy la relación con tu cuerpo?

–Amistosísima. Me gusto y me quiero. Siempre me quise. Me valoré. Me encantan mis formas. Me encantó ser una mujer siempre barroca, buena cadera, buena cintura, tal vez un poco de pancita, no me identifico con el hueso en la panza. La percha con hueso no es mi estilo. Fui muy flaquita de chiquita e hice mucho para engordar. Me consideraba muy flaquita. El mejor piropo que considero que recibí en mi vida fue cuando alguien me dijo “¡Qué gorda!”. Estaba comiendo mucho a deshoras y engordé mucho en plena adolescencia, al punto de que un día tenía una fiesta, fui a comprarme un vestido y no encontré para mí. Tuve que bajar mucho de peso comiendo manzanas, de ahí que no pueda comer manzanas nunca más. A mí siempre me gustó ser contundente. Me hubiera gustado sí ser más alta de lo que soy.

Mostrance

El argot gay, desde hace décadas, usa el epíteto “mostra”. ¿Qué es ser mostra?

–Ser mostra es ser too much. Es demasiado. Es algo que no se puede definir y lo que no se puede definir está bueno porque es abarcativo de lo que cada uno piensa. No tiene que ver con lo estético, tiene que ver con lo icónico. Es súper amplio el concepto de mostra. Me parece totémico: soy tótem.

Tu ocurrencia terminólogica, lo que hacés con las palabras, ¿de dónde surge?

–De la cantidad de libros que leo y que he leído. La cantidad de libros que uno lee mejora tu vocabulario: podés decir las mismas cosas de otra manera. Yo le digo a una chica “Sos un banquete visual” en lugar de decirle “¡Qué bien se te ve!”. Lo empleo mucho para el Bailando... y para la vida. Hago un make up de la conversación.

¿Y por qué en vos suenan tan sexuales algunas palabras?

–Porque manejo el erotismo de las palabras, me parece, y porque también me parece que tengo una voz que se fue masculinizando. Esa cosa masculina de mi voz, que parece que estuviera acabando. Mi voz es extremadamente sensual y creció mucho con tantos años de Brujas: yo nunca estudié teatro, entonces fui aprendiendo el histrionismo de la palabra.

¿Por qué la cultura transformista, y buena parte de las culturas gays, no pueden pensarse sin tu imagen?

–Yo creo que les fascina mi barroquismo. Hay algo de mi personalidad que los subyuga y creo que todos han sentido desde algún lugar algún tipo de erotismo por mí. Hace 8, 9 años un día mi hija me dijo: “Mamá, voy a ir a Mar del Plata con un grupo de amigos. Uno de ellos en un mes se muere de sida. Quiero ir a casa y estar con él”. A mí me dio cosa, sólo por ver morir a alguien en mi casa. Pero era algo que me pedía mi hija. Por supuesto le dije que sí. Acondicioné la casa. Me daba una tristeza infinita. Comía con él, lo llevaba a tomar el té, íbamos a la playa. Y era un amigo de mi hija: yo le podría haber dicho: “Vengan a casa y arréglense ustedes”, pero yo quise estar con él. Entonces, Sofía me dijo: “¿Sabés por qué quiso venir, mamá? Porque la primera paja que se hizo se la hizo con vos. El te adora”. No me lo dijo antes, porque antes de viajar a lo mejor le hubiera dicho que no. Ella quiso probar, no quiso presionarme desde ese lugar. Había que ayudarlo hasta para tomar líquidos. Al mes falleció.

Mostradas

“Adán y Eva me parecen dos pelotudos. ¡Qué pelotudazos esos dos!” La pregunta apuntaba a la insuficiencia de las categorías: cómo la prisión de “ser mujer” y el calabozo propio “de ser hombre” le infligieron, siempre, soberano embole.

Alguna vez, recuerdo, le dijiste a Flor de la V que se cortara el pito...

–Sí, por una provocación de Flor, que dijo “Las únicas divas somos Mirtha, Susana y yo”. Lejos estoy yo de querer ser diva: nada me importa menos. Pero le dije: “Ay por favor, que vuelva al calzoncillo y a la maquinita de afeitar”.

Recuerdo. Hoy ya hemos entendido que genitalidad no es sexualidad...

–Sí, y vamos a tener que entender que podemos jugar con el humor.

¿No estamos preparados?

–No, porque muchos aún no están preparados totalmente para salir del closet como hay que salir, si no te chupa todo un huevo. Si supiste salir del closet sin prejuicios, te tiene que chupar un huevo todo lo que los demás digan u opinen: si vos ya pudiste salir de tu propio yourself/myself, what else? Me parece que falta más amplitud de parte de quienes no tienen humor. Si no tenés humor con respecto a vos mismo, tenés una tara importante: te falta salir del closet de tu espíritu. No te podés ofender por cualquier huevada. Sabemos de lo que hablamos: la agresión es otra cosa. Si te dicen “Puto de mierda”, eso es otra cosa. Pero si vos sos una persona que juega con el humor, jugá. También creo que antes no estaba la muerte de por medio, por eso no se le daba tanta bola a la genitalidad. Cuando apareció la muerte con el sida en los ochenta y pico, el humor fue otro y ha cambiado la manera de relacionarse, definitivamente.

¿Qué te genera un gay que intenta ser el más macho de todos los machos?

–Es agotador, previsible y poco confiable.

¿Y la distinción “activo” versus “pasivo”?

–Es tan ilógica como querer limitar la intimidad. A tu macho le podés romper el culo con un consolador y no va a dejar de ser tu macho.

¿Sofía se quiso sumar sola a tu reality perpetuo?

–Sí, ella empezó a trabajar conmigo en la tele porque se lo propone Romay, en Moria Banana, de Rodolfo Ledo. Después hizo un circo ecológico. En su adolescencia empezó a salir con chicos y usaba la tele. La elegía. Fue durante su relación con un hombre mayor que sintió que tuvo que dar muchas explicaciones. Después de eso se alejó. Yo pienso que a ella le debe haber dolido que su padre creyera que el medio nos alejó a él y a mí. Y en realidad nos acercó. Sofía se acostumbró a escuchar que el medio rompió nuestra pareja, y cuando tuvo que defender su noviazgo con un hombre de 40 años siento que ahí se dio cuenta de que hasta los 15 años había estado muy expuesta. Ahora está queriendo retomar. Se está amigando con un medio que nunca le hizo nada.

¿Alguna vez sentiste que metiste la pata?

–No, y no por omnipotente, sino porque soy tan verdadera que me divierte cuando me quieren bucear e intentar encontrar en mí un cliché.

¿Y qué te ha pasado históricamente con los “chongos de manual”, a propósito de tu último audio?

–Nunca tuve. Jamás. Jamás anhelé un príncipe azul guapo, tostado, de ojos verdes...

Nunca fuiste fisiquera...

–Nunca. Me conmovía un petisito que tuviera buena mirada. O que oliera bien.

O sea que ese “mucho chongo como nunca” no es el que ciertas fantasías populares creerían. Cuando vos decís chongo, ¿a quiénes te referís?

–Al que me coge con la mirada. Y que tiene rollos, suponte. Y le tengo que levantar la panza para chuparle la pija. A mí me mostrás un streaper o un taxi boy y se me baja la pija mal, se va para el Riachuelo, termina en Uruguay y nunca más la encuentro. A mí me conquista el tipo que mira bien, con una mirada no lasciva, no libidinosa y no pajera. Me gusta el hombre en estado salvaje: no salvaje porque te da una piña y te coge brutalmente, sino porque está puro. El que me capta. Puede tener pancita, puede ser peladito. Y tiene que tener algo: humor, buenos dientes, sonrisa. ¡Qué amor ¿no?!

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