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Viernes, 8 de mayo de 2015

CONSULTORIO BDSM

Gracias al dolor

 Por Pablo Pérez

Hace dos semanas en la Subasta de [email protected] de Mazmorra, conocí al Sr. M., que estaba conversando en el único grupo gay del evento, al que me animé a acercarme porque ahí estaban Kcero, un viejo esclavo con quien había sesionado un par de años atrás; Hadit (nombre de guerra), joven escritor que me encanta y con el que había podido conversar hacía tiempo y en un contexto más literario, y Lulo, un hermoso veinteañero que parecía salido de un manga.

“Vamos a hacer algo”, me avisó Hadit. Seguí al grupo, me sentía algo perdido, eran mis primeros o, mejor dicho, mis segundos pasos en la Sede y no conocía a casi nadie. Andaba un poco triste y había llegado a la Subasta sin más expectativas que escribir una crónica. Mientras Hadit le daba con la fusta al esclavo Kcero, el Sr. M. me invitó a recibir una sesión de flogging. Hacía como diez años que no sesionaba como sumiso, ignoraba si después de tantos años soportaría siquiera un par de azotes. Aun así, me mandé la parte, “para mí el flogger es como un masaje tailandés” le había dicho a Hadit. Adopté sin dificultad una actitud sumisa. “Sí, Señor”, le dije al Sr. M. y me ubiqué contra la pared, debajo de los ganchos de un perchero que me sirvieron de sostén. Recibí gran cantidad de azotes. El flogger cambiaba de mano, de pronto sentía dos a la vez y cada tanto la barba del Sr. M., que me susurraba cosas al oído y después de un rato me pidió que dijera un color. Dije “rojo” (no sabía que era la palabra de seguridad del evento), y la sesión se detuvo. Me sentí desconcertado, quería más. Mientras me azotaban asociaba “rojo” con excitación; “violeta” con dolor al límite; “negro”, con la oscuridad, un pozo del que hubiera necesitado salir, era ésta la palabra que yo habría usado para detener los golpes. A pesar del final abrupto, sentí todo en armonía. Había olvidado lo bien que me hacía ese tipo de dolor, consensuado, de la mano de un Dominante que sabía lo que hacía. Era la misma sensación de felicidad que me salvó de un año sin amor en 1996 y que había revivido en un entrenamiento con Master Taino (mastertaino.com), que reside en Washington y estuvo en Buenos Aires dando conferencias sobre flogging en 2005, en un evento de Buenos Aires Leather Club.

Esa noche en la Subasta pude compartir con mi nuevo grupo cómo la sesión con el Sr. M. me había cambiado el ánimo, me sentía en trance. Días después Hadit me envió un artículo que corroboró mis impresiones (“In Pursuit of Happiness: Why Some Pain Helps Us Feel Pleasure”, en www.iflscience.com): “El dolor, literalmente, nos pone en contacto con nuestra experiencia sensorial inmediata del mundo, lo que permite que los placeres sean más intensos”.

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