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Viernes, 12 de junio de 2015

TEATRO II

Ultimo acto

Ficciones y rituales de la propia muerte, delirios de última hora en Constanza Muere, la obra de Ariel Farace interpretada por Analía Couceyro.

 Por Magdalena De Santo

La muerte encapuchada con alta capa y hoz esconde el rostro de un asno. La niña con el pelo lacio perfecto y vestido con lazo debajo de sus prematuras tetas. La niña y la muerte espectan la contorsión. Una mujer septuagenaria con conjuntito deportivo salmón, pelo rubio de enorme artificio y zapatillas doradas se revuelca cual Ren o Stimpy. Es la escena de su propia muerte. Es la primera escena de Constanza Muere, la última obra de Ariel Farace interpretada por la arrolladora Analía Couceyro, a la que en la pantalla chica y grande se la puede recordar por la torta policía forense de 23 pares o por el personaje de Albertina Carri en Los Rubios. Constanza (Analía Couceyro), La Muerte/Asno (Matías Vertiz) y La Niña que musicaliza en vivo (la adulta Florencia Sgandurra) ficcionan la escena tan temida de Coty en microcapítulos hasta la anunciada.

Abrir los ojos es bastante todo. Constanza Muere resulta un diálogo homenaje a Malone muere de Samuel Beckett. En efecto, el dios hereje del absurdo escribe en dicha novela: “Conozco estas frases que parecen insignificantes y que, una vez aceptadas, pueden corromper toda una lengua. Nada es más real que nada.” Y Constanza Muere parece hacernos eso. La dramaturgia de Farace nos escupe frases que roen el cerebro y retumban tanto que hubo alguien que quiso el audio para escucharlo por la calle. De esas corrupciones de la lengua, algunas fueron tomadas para el programa de mano en la obra. Y funcionan como estampas semánticas que aquí se convirtieron en subtítulo.

Antes de mí, nada. Consciente de la enorme oferta de monólogos –la propia Analía Couceyro no hasta hace mucho estaba con funciones de El Rastro, bajo la dirección del amigo, maestro y colega de Farace y ella, Alejandro Tantanian–, Ariel Farace se propuso escribir un monólogo pero que en el montaje se perciba como obra. “¿Qué hace la puesta con un texto que se presenta para una sola voz? Esa fue una motivación para que la cosa tome la forma que tomó. El texto es una voz, que en la obra –en el montaje, quiero decir– está dividida, cortada, llena de escena. Todo el vínculo entre la identidad del texto y la necesariamente diferente identidad del montaje me interesa mucho, pienso mucho en eso, me divierto bastante en esas relaciones.” Y así la escritura toma un cuerpo novedoso.

La ficción no ciega. La premisa de Ariel Farace es la ficción de la muerte. La muerte propia no es otra cosa que las imágenes que inventamos y que nunca podremos constatar. En esa contradicción, el monstruo del tiempo encorva la elástica vida de Constanza bailarina y su muerte no es receso, sino ese animal fiel que la acompaña cotidianamente imponiéndole paisajes de extinción. Constanza Muere es una sucesión barroca del mambo inconsciente de esta vieja. Captura sensible de la soledad y la vejez. Repetición enorme de todo, todo, todo. Y de nada, nada, nada. Escenas que quedan en la retina.

Las piedras hasta mí. Objetos que cargan la memoria, una planta amada, un té con Criollitas, unas zapatillas de punta rosa y ese monólogo que no es el final. Es el cisne viejo que te pone la piel de gallinita. Y la muerte definitiva llega sin parecerse a ninguna. Y al mismo tiempo, similar a todas. Ella, un asno con mucho menos glamour que un tema de Bowie, ni siquiera un “Rasguña las piedras” cantado con voz ronca.

Jueves a las 22, El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034.

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