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Viernes, 7 de agosto de 2015

Ojo por ojo

La muestra Furia travesti, de Agustina Guimaraes, le saca la ficha a la cotidianidad trans. Retratos amorosos y un álbum familiar.

 Por María Moreno

¿Por qué pienso que la fotógrafa Agustina Guimaraes es una mujer trans? ¿Porque lo sé? ¿O porque hay algo en las imágenes de su muestra Furia travesti que da cuenta de un entre nos entre quien fotografía y quien posa? ¿Y eso se trasluce en sus fotografías? Si bien al preguntar por la identidad genérica del autor luego de proponer en forma anónima textos, cuadros, fotografías y obras de arte en general, la respuesta sólo puede orientar sobre la

ideología que el interrogado tiene acerca de los géneros, se me da la gana de decir que se nota que Agustina Guimaraes es trans debido a sus fotografías y porque también lo sé (¿cómo podría ser otra manera?: la crítica siempre ha usado saberes exteriores a la obra fingiendo que los sacaba de la obra misma). Pero no estoy yendo para el lado de un esencialismo que me llevaría a afirmar que hay una mirada trans y una manera trans de ponerse ante una cámara. Lo que Agustina Guimaraes hace es sacar fotos de acuerdo a una decisión ética, por un lado fotografiar travestis en el modo retrato, género siglo XlX para el burgués iniciado en la sociabilidad de elite y que posa en estudio, si puede apoyado en columna etrusca, para la debutante que se exhibe con el vestido de los quince en la modesta vidriera del pueblo y como oferta para el mercado del casamiento, del artista que hace caras para sugerir sus matices actorales en castings azarosos; por el otro fotografiar travestis sin que lo fotografiado sea sólo la travestidad que se verá por añadidura: luego de comer un asado chichoneando sobre una mesa entre migas y vasos vacíos, “tejiendo” en la antesala de una conferencia para desasnar cis, con niños barulleros, en el campo...

La política del retrato para fotografiar travestis significa rescatarlas del anonimato con que las registra habitualmente la prensa gráfica, que suele escoger, indiferente a todo estilo personal, entre aquellas con mayores suplementos mamarios y titanismo vía plataformas-zancos y stilettos, para, en cambio, mostrarlas a través del rostro, sede somática de la espiritualidad.

El retrato identifica, muestra –quien pone la cara se arriesga, sobre todo si te lo toman en el departamento de Policía–. Pero los retratos de Agustina Guimaraes son lo contrario del retrato policial que pretende escrachar a las travestis en un supuesto retrato del natural totalmente imaginario.

Al retratar modelos hasta ahora destinados a no formar familia y fuera de los espacios ortodoxos del salón-biblioteca y el living comedor donde las familias posan su normalidad sobreactuada y los asientos disminuyen de tamaño de acuerdo a las jerarquías –del sillón patriarcal para abajo–, es decir en el salón trajeado para los ritos umbanda, las piecitas sencillas del cumpleaños gasolero, las calles embiyutadas de la marcha del orgullo, desprivatiza el retrato.

La muestra Furia travesti se propone en el interior de una genealogía: en un marco lateral hay fotos amateurs, ya un poco gastadas, documentos entrañables de una Lohana más linda que Isabel Adjani, de las que ya no están pero marcharon primero, de los abrazos a lo bestia luego de la batalla con los vecinos de Palermo.

En los retratos de Agustina la vejez no se disimula con afeites, como si una ética personal restringiera la cirugía a las mutaciones de género pero las arrugas y los surcos en torno a los ojos y la boca delineados muy por fuera de su límite anatómico y sobreimpresos de brillos de oro o plata, lejos de evidenciar la decadencia y el paso del tiempo, configuran una brava máscara de guerra.

Y es de una soberanía aplastante la imagen de su modelo fetiche vestida de fiesta ante una pileta y que aún conserva un pectoral de brillantes medallitas, pulseras y brazaletes en los frágiles brazos, mientras lava un trapo sucio al que le clava unas filosas uñas dark con aire de estar abriendo el estuche del diamante Krup.

Y cuando Agustina Guimaraes hace registros íntimos de sus compañeras, las expresiones se multiplican, se endulzan, inventan por sobre lo esperado, como si la sutileza de su cámara pudiera captar para siempre lo que ellas ocultan frente a la heterocámara, ante la que siempre suelen ejercer una política de la pose exagerando hasta el terrorismo la monumentalidad emplumada, intimidando mediante una mueca casi bélica de deseo caníbal, avanzando hacia el primer plano con un cuerpo que amenaza con no dejar un vidrio sano.

Agustina hace pedazos la diferencia entre el retrato pictórico y el fotográfico. Lo que fotografía es un cuadro con el soporte de una cabeza humana en donde los ojos son el centro de un mandala de colores vertiginosos y las pestañas adquieren el status de rayos, los contornos del rostro se rediseñan en una armonía de luces y sombras de arco iris y las pelucas son torres, castillos. Es decir desliza una premisa glltbi: ¡que no haya original!

La muestra se puede visitar de lunes a viernes de 12 a 20 en el Centro Cultural Tierra Violeta, Tacuarí 538.

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