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Viernes, 2 de octubre de 2015

ENTREVISTA

¡Viva la pepi!

Pepi Dillon, la cantante de cumbias hot que levanta la temperatura del torterío y aledaños, se lanza como solista, pero no está sola. El recuerdo de su abuela Susana Dillon la acompaña, también sus historias de amor hechas canciones y una melancolía que tira para adelante.

 Por Gabriela Cabezón Cámara

Cuando canta esos boleros y esas cumbias que canta como muy pocas, parada en el escenario con toda su estatura y llevando adelante la fiesta con su mera presencia y, claro, la de su voz, la de sus pelos negros y sus labios rojísimos, Pepi Dillon parece una mujer fuerte además de, está claro, hermosa y, ya lo sabemos, gran intérprete. En el bar, cerveza artesanal de por medio, señor que para a tocar la guitarra a la gorra, algún que otro cigarrillo armado, parece frágil. Algo de tragedia que se baila y se descarga hasta transformarse en goce, en alegría pero sin perder lo filoso en el proceso, algo de eso es lo que Pepi hace cuando canta. Pasa cuando cantaba con su banda, Tumbamores. Y pasa ahora, cuando se está largando como solista. Preguntarle por los orígenes de su música –y por todo origen, habida cuenta del secuestro y la desaparición de sus padres– es hablar de su abuela, la historiadora Susana Dillon. Que la llevó de acá para allá por el mundo en el trayecto de sus investigaciones. “Una feminista camuflada”, dice Pepi.

¿Por qué?

–Creo que no se bancaba el término feminista. Pero para ella siempre las mujeres tenían la razón, eran las que llevaban todo. Además, ella misma fue criada entre mujeres. Después eso se reprodujo en mi vida: como me crió mi abuela, también tuve ese referente tan marcado de ser mina y poder resolverlo todo.

Y lo que vos hacés está inscripto en un linaje de mujeres. 

–Cuando empezamos a viajar con mi abuela, mientras ella buscaba sus historias, yo me buscaba mi música. Me definí por este camino cuando me fui a vivir a España. Y lo empecé a armar como una colección de mujeres de la canción. Las españolas me sedujeron: me gustaba mucho su interpretación, tenía, qué sé yo, a Rocío Jurado, a todas esas grandes dramáticas, con mucho despecho, mucho desamor, el amor siempre ligado al sufrimiento. Después descubrí a las nuestras, las más cercanas, como Chavela. Soy tímida, interpretar fue romper una barrera personal. 

¿Y cómo es el amor para una cantante de canciones de amor? Imagino algo de ironía.

–No, no: es bastante literal. Ojalá pusiera sólo en el escenario el dramatismo. Igual me río un poco de mi forma de ser. Pero bueno, creo que también es muy cosa de lesbianas, sufrir, estar ahí con idas y vueltas, no poder cortar, tener esas grandes ex que son como un sindicato, una entidad. Todo este dramatismo lo fui alivianando, en Tumbamores, con la cumbia, que a mí me requería menos compromiso sentimental, me parecía que era más cuestión de divertirse. Hacíamos reversiones, como “Trigal”, de Sandro, por ejemplo.

Tu hitazo de cumbia hot.

–Sí, sí, cumbia hot. Me encantaba hacer versiones en cumbia de esas canciones lentas. Ahora, con esto de hacer la banda más chica, vuelvo a las raíces, los boleros, las canciones de amor. Mezclo lo contemporáneo —me metí con cosas nuevas como un español que me encanta, Toni Zenet— con lo antiguo, como los clásicos boleros cubanos, siempre alguna de Chavela. Eso genera una amplitud generacional grande, me van a ver personas mayores y jóvenes, mucha gente gay, les gusta el repertorio medio kitsch, medio Almodóvar, creo que se sienten identificados con estas canciones.

¿Cómo fuiste decidiendo las diferentes formaciones que te acompañaron?

–No es fácil reunir a 7, 8 personas detrás de tu proyecto. A algunos les llega un tope o les surge otra cosa o bueno, el mismo roce del grupo. Y después remarla en la música que no es fácil, la cuestión económica es complicada. De hecho, Tumbamores un poco se desarmó por eso. En la última formación tuve músicos increíbles pero eran gente que vivía exclusivamente de eso, unos valientes. 

¿Y vos de qué vivís?

–Yo tengo otro laburo, en el Conti, en el Centro Cultural. Estoy en Relaciones Institucionales.

Eso suena muy formal.

–En ese contexto es bastante desacartonado. Aprendí a hacer cosas y me gusta, como es un centro cultural estás todo el tiempo mirando fotografía, artes visuales, la música. 

Acá, la charla se extiende sobre lo que significa trabajar y cantar en lugares con una historia tan metida en el horror nacional. Y biográfico. Cantar en el Conti no fue muy fácil para Pepi. Pero mucho más difícil fue en 2010, cuando cantó en La Perla, el ex campo de concentración donde desaparecieron sus padres.

¿Cómo hiciste?

–Entré desde la música. Yo creo que la música me salvó la vida. Cuando encontré cómo poner la alegría y cómo poner el drama ahí en el escenario, se descomprimió un montón mi vida personal. Más que nada, en el canto, el instrumento es la voz y la voz sos vos, es uno el instrumento.

Intentaste hacer una película con la historia de tus viejos.

–Estudié cine. Y quise hacer mi tesis contando la historia de mis viejos. Demasiado, la podría haber hecho con otro tema. Era muy duro. Además, en un pueblo de sierra.

¿Qué tiene de particular un pueblo de sierra?

–Por ejemplo, una tarde estábamos tomando un helado con una cámara y se acercó una chica que tendría 18, para ella era toda historia antigua, nos preguntó qué hacíamos, le contamos que filmar la historia de una pareja que había vivido ahí y nos dijo: “Ah, ¿los farmacéuticos?”. Mis viejos se habían puesto una botica. Y se ve que es una historia que todavía late en el pueblo. Después, en muchas entrevistas me querían decir quién los había buchoneado. Algo a lo que yo no apuntaba, estaba muy lejos de buscar el culpable inmediato. Todo el mundo necesitó decirme su versión. Se empezaron a dar cosas que a mí me dejaron claro que había líos entre vecinos. De hecho, nunca coincidió la versión sobre quién era el que había buchoneado.

Qué infierno.

–Esas cosas son bastante de pueblo. 

Vos sos de Río Cuarto.

–Sí, crecí en una ciudad donde sabían que era hija de desaparecidos, donde mi abuela era una figura pública. En muchas cosas fue hermosa mi infancia, y más simple. Y en otras más dificultosa. Por ejemplo, yo tenía unos vecinos que eran “los hijos de los milicos”, el padre había muerto en Malvinas. Queríamos jugar juntos, pero en cualquier pelea, salía eso, yo, “la hija de los subversivos” y ellos, de los milicos. A pesar de eso la remábamos porque queríamos jugar juntos y a los pocos días nos tocábamos el timbre. La discusión era un poco quién tenía al héroe más héroe. 

¿Fue difícil ser lesbiana en Río Cuarto?

–Creo que fue una de las cosas que también me llevó a irme. No sólo que había elegido estudiar cine, sino también eso, un poco definirme sexualmente. Y al ser mi abuela una figura tan pública, si bien era muy piola y muy abierta, había algo del para afuera que le incomodaba. Acá empecé a soltarme no sólo en la sexualidad, sino con la música, abrir otro panorama. Y me encantaba todo lo que Buenos Aires tiene de cine, teatro. 

Y respecto de tu carrera como cantante, ¿tu lesbianismo te sumó o te restó?

–Creo que me sumó público. Yo también fui haciendo guiños con mi repertorio. Ese público lo sigo manteniendo.

Por algo presentás en Brandon.

–Sí. Y siempre me abren las puertas y se llena, y también van muchos amigos, me siento cobijada.

¿Y qué esperás de esta etapa solista con el guitarrista José Luis Piccinini?

–Lo que tiene este show de distinto es que va a tener invitados. Gente que me gusta mucho como canta, como por ejemplo Luciana Jury. También vamos a estar con Jorge Fara, vamos a hacer un bolero juntos. Me gusta compartir la música y esas notas distintas que traen los invitados.

¿Y todavía vivís el amor de modo tan dramático como los boleros?

–No, gracias a la terapia bajó un poco. Igual, me parece que lo tendría que dejar todo en el escenario eso. Tengo una vida bastante particular, bastante llena de drama, no sólo el de mi origen, sino otros condimentos que se fueron sumando, entonces la música es mi remedio, como lo fue la escritura para mi abuela. Escribía todos los días, de 9 a 18. Creo que eso también aprendí de ella: a hacer, seguir para adelante. Hay que mover.

Viernes 9 de octubre a las 21.30 en Casa Brandon, Luis María Drago 236.

Sábado 24 de octubre a las 21.30 en Vicente el absurdo, Julián Álvarez 1886.

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