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Viernes, 2 de octubre de 2015

TEATRO

Para desvestir santos

El deseo se estrella contra los dogmas en Santos de yeso, ópera prima de Nicolás Sorrivas.

 Por Facundo R. Soto

“¿En qué creen los que no creen?” se preguntaba Humberto Eco hace años, y muchos siglos antes, la mayoría de la gente tenía una poderosa fe en lo mágico, creían en Dios como un dogma sin cuestionarse nada. Los tiempos cambiaron y Superman vino a ocupar ese lugar de superioridad, de creencia, necesidad y contemplación, también la ciencia cuando aseguraba que tal producto era eficiente porque estaba “comprobado científicamente”, John Lennon y el hipismo fueron la esperanza salvadora de varias generaciones, y quizás hoy sea el Prozac y los DJs para la generación Y los que ocupen el lugar de saber y poder; pero los resabios de las religiones pasadas quedan y siguen haceiendo estragos.

Santos de yeso, ópera prima de Nicolás Sorrivas, coordinador e ideólogo del Congreso sobre Teatro e Identidad Queer que se desarrolló en febrero de este año organizado por la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo y el Complejo Teatral Buenos Aires, comienza con música japonesa envolvente y seductora, pero la obra está fechada en otra época y otro lugar, en la Buenos Aires del 55 (año clave en la historia Argentina).

Cecilia Sgariglia (María la tonta, El Fiambre, entre otras) es una madre densa, asfixiante y católica en extremo, bordeando lo kisch por su ingenuidad y ceguera intelectual. Matías Milanese (La bella durmiente y el príncipe no tan valiente) es su hijo, José María, abiertamente gay y racional. Estos opuestos entran en conflicto y tiran de la soga como si se tratara de un duelo. Pero el duelo sin resolver del padre se transforma en algo patológico, devenido en un fantasma que está presente. La disputa religión versus racionalismo pasa al terreno de lo cotidiano, y se mueve entre los reproches y los recuerdos.

No se trata de una obra post gay, como es la serie Looking (HBO), donde el problema no es la salida del clóset, sino la falta de profesión del peluquero, novio de uno de los protagonistas. En Santos de yeso el problema es la negación, que permanece en primer plano durante toda la obra, desde las escapadas nocturnas de José María, hasta los bombardeos en Plaza de Mayo, interpretados por parte de la mamá como la llegada de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis; para ella la solución es rezar, para el hijo luchar por Perón.

José María se deja abrazar por un cura y la mano baja hasta su entrepierna, a cambio recibirá un Santo de yeso; pero al adolescente le gusta el toqueteo y vuelve por otro Santo. ¿Se trata de abuso o de un deseo consentido? El adolescente vuelve, una y otra vez, para llevarse más trofeos. La obra adquiere mayor interés y abriendo la pregunta por el deseo, las normas, las leyes, y la ética; pero no se desarrolla, desplazándose del marco moral y yendo más allá. El autor y director nos dice: “Lo que trauma a José María niño, lo que lo llena de culpa es otra cosa. Es la contradicción de su propio cuerpo con su creencia, con las enseñanzas que el catecismo le dio. Para quien cree en el pecado, es enormemente doloroso ser homosexual. Soy gay y fui creyente durante mi adolescencia. Y mi salida del clóset fue enormemente traumática. No dejaba de rezar para que me gustara una chica, para enamorarme y tener una familia heterosexual y católica. Y cada vez que pasaba por el confesionario la respuesta era la misma: tu destino es el infierno. Cuando llegué a Buenos Aires me contaron la historia de un abuso y tuve una revelación: elegí creer en mi cuerpo, en mi deseo y dejar de creer en los Santos de yeso”.

José María acepta su sexualidad y deja de creer en figuras de yeso, lucha por algo real: por su país y por Perón, como si fuese su padre, mientras su madre sigue llena de miedos. “José María es hijo de un gobierno que luchó por los derechos humanos, mientras su madre es víctima de una derecha que busca inocentes para que la admiren”, concluye el autor.

Domingos, a las 20, El Estepario, Medrano 484.

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