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Viernes, 22 de enero de 2016

Espinaca sintética

Los estereotipos como la mariquita afeminada o el oso conviven, aunque rara vez compartan áreas de influencia, con otro: el de la musculoca. El chongo hipertrófico suele posar tomando batidos proteicos o mostrando el pase libre del gimnasio. Todo potenciado por la ostentación de su cuerpo, más que fibroso, “explotado” en las redes sociales. Aunque suelen quedar fuera del cuadro, los anabólicos
–testosterona sintética– son las armas secretas detrás de estos inflados resultados. Aquí, todo lo que usted siempre quiso saber sobre ese empujoncito químico que nunca sale en la foto.

 Por Mariano López Seoane y Mauro Gentile

Las osadas que hayan asistido en los últimos años a fiestas de entendidos como “la Dorothy”, “la Rheo” o “la Human” habrán detectado que fatalmente se forma en un sector de la pista un amontonamiento gozoso de cuerpos musculosos, todos ellos obedientemente torneados de acuerdo a las imágenes dominantes en el porno contemporáneo. Las mal pensadas de siempre habrán concluido inmediatamente que en esa verdadera “Isla Bonita” los químicos de mayor circulación son el MDMA, la cocaína o el GHB. Vea usted que no, señorita. Un análisis de sangre conducido al voleo revelaría de manera categórica que la reina de la noche es la testosterona sintética. Así es: ese círculo virtuoso de hombres hipertrofiados es antes que nada una hermandad de usuarios de anabólicos. Una cofradía de devotos de la papota.

Papitos y papotas

Rebobinemos. El hombre atlético, musculoso, fuerte y “varonil” siempre fue un objeto de deseo entre ciertos putos. Claro que, tradicionalmente, ese verdadero Hércules era siempre el otro: “el chongo”. Uno era el raro, el flacucho, el débil, el “femenino”. Lo que se ve en los últimos años es una suerte de apropiación o robo: los putos nos internamos en el gimnasio y nos apropiamos de la imagen que antes era monopolio del chongo. Empezamos a prescindir de él. Es como si les robáramos la fuerza, como si hubiéramos ganado los músculos que antes deseábamos poder tocar. Nace así un nuevo cuerpo marica, y un nuevo estereotipo, que remplaza parcialmente al estereotipo anterior de la mariquita afeminada. Y esta imagen refuerza las nuevas formas de aceptación e inserción social: los heteros admiran y envidian a estos nuevos putos, las mujeres los desean y desean que sus hombres sean al menos un poco así. El puto musculoso se transforma en la viva imagen del éxito personal, profesional, estético y sexual. Un éxito selfmade, obtenido en base a sacrificio y sudor.

Este modelo se vuelve una norma cumplida con obediencia y disciplina casi militar por cada maricón que lo interioriza. Las bases son una rigurosa dieta híper proteica, en la que el pollo es la vedette y las harinas el enemigo, y exigentes rutinas en el gimnasio, todo exhibido con orgullo en las redes sociales. La competencia parece ser el principal impulsor a la hora de la autosuperación, en este caso física. Se redoblan los esfuerzos, se suman comidas (superando las 6 comidas diarias) y se prohíben los carbohidratos y las azúcares; se intensifican las rutinas en el gym y se agrega cardio por las noches, todo con tal de estar un poco más buenos. La competencia se libra en el gimnasio, el boliche y en Instagram con la misma carta, el cuerpo. El más musculoso es el ganador. El trofeo al ganador en cambio sí varía: puede ser una simple mirada de admiración, un comentario espontáneo (“Estás explotado”), un buen levante, nuevos seguidores deseosos de ver más o cientos de likes. Claro que como en toda competencia hay “atajos”. Los pollos y los fierros no alcanzan si se quiere tener el cuerpo de Thor, o si se buscan resultados rápidos o excesivos. En estos casos, en casi todos los casos, se necesita el empujoncito químico de los esteroides anabólicos.

Cuando se recurre a estas sustancias en el afán de conseguir más tamaño (“volumen” en la jerga fierrera), superando los límites del propio cuerpo, se dejan atrás modelos anteriores de lo hot, como por ejemplo el cuerpo marcado y atlético pero “natural” que retrata Bruce Weber en las gráficas de Abercrombie&Fitch. Se llega a un look caricaturesco, que tiene algo de la estética de los superhéroes y los personajes de animé, que se impone como nuevo ideal normativo hot y se transforma en producto y causa a la vez del uso de anabólicos. Un ideal que, como todos, nunca se alcanza, y que produce una insatisfacción constante, expresada en la frase “Nah, me falta”. Este es un mundo en el que reina la distorsión en la autopercepción corporal: los usuarios siempre se ven chicos y flacos y viven atormentados por la paranoia del catabolismo. Y esta sensación hace causa común con el carácter adictivo de la sustancia y de sus efectos.

Testo yonqui

El Instituto Nacional de Abuso de Drogas de EE. UU. define a los esteroides anabólicos androgénicos, tal su nombre completo, como variantes sintéticas de la testosterona, la hormona sexual masculina. Anabólico hace referencia al crecimiento muscular promovido por estas sustancias, mientras que androgénico refiere al aumento de las características sexuales “masculinas”. En palabras de Daniel dell Olio, entrenador personal y preparador físico con más de veinte años de trabajo en gimnasios, “Le dan al hombre todo lo que lo hace hombre: fuerza, tamaño y músculo”.

Estas drogas pueden ser recetadas legalmente para tratamiento de patologías, pero también son usadas de forma abusiva e ilegal, en dosis muy superiores a las recomendadas medicamente, por atletas, fisicoculturistas o simples concurrentes amateurs al gimnasio para mejorar su rendimiento y/o apariencia física. Administradas por vía oral o inyectable, se usan generalmente en forma intermitente, en los llamados “ciclos”, períodos de ingesta de anabólicos de duración variable (pueden ir de pocas semanas a varios meses dependiendo del objetivo perseguido y la droga utilizada) que son interrumpidos por períodos de “descanso”. Entre las drogas más populares se destacan el estanozolol, el dianabol, el deca-durabolin, el sustanon y el primobolan, cada una con sus sutiles especificidades. Muchas veces los usuarios mezclan distintas drogas para maximizar su eficacia, práctica que en inglés se conoce como stacking (apilar).

Su comercialización sin receta médica es considerada ilegal y está penada en muchos países. En Argentina se ha desarrollado en los últimos años un verdadero mercado negro de drogas y recetas dado que son legión los que recurren a los anabólicos con fines deportivos y estéticos. Es difícil hablar de cifras debido al carácter ilegal de este comercio. El Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos estima que las ventas asociadas con fines estéticos representan el 90% del comercio total. Esta situación de ilegalidad favorece la proliferación de laboratorios caseros y la producción de productos falsos o de muy mala calidad debido a la falta de control y regulación. Como sucede con cualquier sustancia ilegal, el precio, la forma en que se entrega el producto, el origen y la calidad varían dependiendo del dealer al que se recurra. Aquí también hay de todo, como en botica. Aunque se pueden encontrar anuncios publicados en internet, este es un rubro que depende sobre todo del boca a boca.

La categoría corriente de “papa” o “papota” se usa de forma chistosa para referirse indiferenciadamente a los esteroides y a la suplementación nutricional, dos productos bien distintos. Esta última consiste en batidos proteicos, ganadores de peso, creatina, aminoácidos, quemadores de grasa y fantasías afines. Se trata de una industria millonaria en constante crecimiento y renovación, que lanza año a año nuevos productos y fórmulas que prometen resultados cada vez mejores. El entrenador consultado se refiere a la suplementación como “ayuda” y aclara que sus efectos están muy lejos de aquellos de los anabólicos, ya que funcionan a nivel nutricional y no químico u hormonal. Otra diferencia entre ambos tipos de “papa” es que la suplementación es de venta libre: cualquier hijo de vecino puede poner una casa de suplementos con una habilitación no más complicada que la de un almacén o una ferretería. No falta la mariquita musculosa que usa y abusa de estos engendros químicos y se abre su propio kiosquito.

Mr. Músculo

Federico tiene 30 años y no tiene nada que envidiarle a un actor porno. Es licenciado en marketing y consume anabólicos desde los 20, cuando su novio de ese entonces se los trajo como regalo. Federico dice que consume para “mejorar su rendimiento físico y apariencia”, lo describe como un “empujón” y adjudica su cuerpo actual “un 80% al esfuerzo y un 20% a la química”, considerándose “muy disciplinado”. Esteban, de 36 años, trabaja en una empresa de software y llegó a los anabólicos porque no lograba lo que quería en el gym. A pesar de que es estricto con su dieta y su rutina de ejercicios, cree que el resultado es distinto cuando se suman los anabólicos. Orgulloso de sus músculos inflamados y de su nuevo tamaño admite: “Con la papa me cambió el cuerpo”.

Los entrevistados declaran estar conformes con su cuerpo, pero Esteban advierte: “Siempre se termina desvirtuando el criterio de cuán grande o marcado estás”. Esteban debe estar por encima de los 90 kilos, un peso más que reglamentario para su altura. Sin embargo, al preguntársele si desearía estar más grande o más marcado responde: “Ambas”. Federico dice medir su aspecto por lo que ve en el espejo; y declara que no le gusta pasarse con el “volumen”. “Siempre jugué al borde, a veces me doy cuenta tarde y me paso”, confiesa, reconociendo la imprecisión del espejo y evidenciando que el “cuerpo hot” es un territorio con fronteras borrosas.

Federico sufrió ginecomastia (agrandamiento de las glándulas mamarias) debido al uso de esteroides. Después del miedo inicial, y de considerar abandonarlos, se trató y dice haber “aprendido”: no consume las drogas que facilitan ese desarrollo. Tras 10 años de consumo no se considera dependiente de estas sustancias. Cree que maneja la situación y supone que en un futuro cercano las dejará sin problemas.

Los posibles efectos nocivos de los anabólicos son ampliamente conocidos. En el gimnasio conviven el saber empírico, folklórico, el “tenés que tomar esto porque a mí me funcionó”, lo que se conoce mundialmente como “bro-science” (la ciencia de los fierreros), con el saber científico y médico, aunque éste último, debido a su divulgación en la web, ya no está monopolizado por los expertos. Todos los usuarios saben que entre los posibles efectos negativos se encuentran problemas cardíacos, hepáticos, hormonales y reproductivos. Aun así, su consumo no parece disminuir: “Se sabe y no hay miedo”, dice Dell Olio.

Debido a su carácter androgénico estas drogas también tienen efectos sobre el rendimiento sexual. Esteban recuerda divertido la vascularización de su pene durante el ciclo y Federico declara “Te suben la libido, pero como todo baja luego hay que regularlo”. Esta bajada la reconoce como “disminución del deseo”, pero dice que nunca tuvo problemas de erección o achicamiento de los testículos. Se protege para evitar estos efectos negativos.

El mercado del lomo

Quinientas noventa y dos mil personas siguen a Eliad Cohen en Instagram, miles de likes y cientos de comentarios en todas las lenguas celebran las fotos de su trabajado cuerpo semidesnudo. Este israelí es el ejemplo más notable y exitoso (al punto de hacer una marca de su propia imagen) de un fenómeno en drástica expansión en esta red social: la exhibición de cuerpos musculosos, seguida inmediatamente de la aprobación socio-virtual en forma de like o de comentarios equivalentes al coloquial “te doy”. Siendo el gusto por estas pulposas anatomías masculinas tan extendido, algunos han hecho un servicio a la comunidad creando perfiles que funcionan como catálogos internacionales de chongos, arrobándolos y simplificando así el trabajo de búsqueda; en breve, haciendo un compendio de la mejor carne de la red social. Obviamente este fenómeno global tiene sus ecos en nuestro país, con perfiles que superan los 20, 30 y hasta 40 mil seguidores y cuerpos que no tienen nada que envidiarle a los de las principales potencias productoras de lomo: EE.UU. y Brasil. La atávica práctica de ponerse en cuero en el boliche para mostrar pectorales abultados y abdominales marcados, limitada en Argentina a fiestas de entendidos, pero obligatoria en las fiestas Circuit internacionales, es ahora potenciada por las nuevas tecnologías, que multiplican su alcance y le permiten a cualquier mariquita ser deseada no sólo por quienes la relojean en la pista, sino por admiradores de todo el mundo y a toda hora.

Federico y Esteban son parte de esta tendencia y exhiben su cuerpo sin vergüenza y con orgullo. “Mientras haya muestro”, bromea Federico. Los dos usan las redes sociales para recortar sus musculaturas contra variados fondos: fiestas, piletas, playas, el vestuario del gym (aprovechando la congestión post-ejercicio) y el infaltable baño de la casa. Al ser consultados por esta costumbre declaran cosas similares. Federico dice que sube las fotos sin esperar respuestas positivas, pero admite que le gusta recibir buen “feedback”, recalca que “es mucha gente” la que lo ve (sus seguidores llegan a los 30 mil) y destaca el potencial comercial que podría tener este following. Por su parte, Esteban reconoce que “siempre hay una cuestión de validación por parte de los demás”.

En Argentina, a diferencia de Brasil, donde es abrumadora mayoría, el puto musculoso convive con la resistente mariquita flaca, rara o bohemia. Estas especies no suelen mezclarse, y esto se ve en una escena nocturna divida: por un lado las fiestas más “infantiles” (como Plop) y alternativas (como Mostra) y por el otro fiestas mas “maduras” (Rheo Group, Troya, etc.). Éstas últimas, con sus pistas dominadas por el house, el techno y demás géneros electrónicos, parecen tomar de modelo las fiestas europeas o brasileñas, verdaderas mecas para las musculocas autóctonas, que viajan en peregrinación a Barcelona o Mykonos en Agosto, San Pablo en Septiembre o Río a fin de año para participar de estas cumbres de las anabolizadas globales. Si bien no todos podemos ser parte de este circuito global (nos tienen que dar los músculos y/o el bolsillo), las redes nos ofrecen un premio consuelo: todo este periplo está reglamentariamente documentado en Instagram, en Facebook y hasta el Grindr. Al que no le da el billete puede poner like, comentar o envidiar desde su casa.

Atajos y tabúes

Es claro que muchos de estos cuerpos globales han recibido importantes ayudas químicas. Es igualmente claro que esa ayudita debe permanecer tras bambalinas, y que nunca recibirá el lugar que merece en una cuenta de Instagram exitosa. Si bien los efectos físicos del uso de esteroides son evidentes para cualquier experto (Dell Olio nos explica que son visibles y específicos, como tener las venas saltadas o estar todo el año por debajo del 5% de grasa corporal) los usuarios no suelen hablar públicamente de este consumo. En parte debido a los mencionados efectos nocivos de estas drogas; en parte porque en la exhibición de la que hablábamos lo que se quiere vender es la idea de un cuerpo nacido del propio esfuerzo. Los anabólicos huelen a “trampa”; se acercan a lo que en el mundo deportivo se conoce como “doping”.

Las marcas de suplementación nutricional (y de cualquier producto que use de anzuelo comercial la musculatura) incurren en este tipo de trampa. Los laboratorios que fabrican proteína, creatina, BCAA y demás suplementos despliegan hoy toda su parafernalia publicitaria en las redes sociales. Recurren para ello a explotadísimos muchachos, los llamados “fitness models”, un paso previo o inferior al fisicoculturismo si nos referimos a desarrollo corporal, pero aggiornado, con una estética más deportiva y urbana, sin las pieles doradas, la deshidratación, las mini sungas y la parsimonia de los escenarios de competencia que nos retrotraen muy atrás en el tiempo. Por supuesto: nunca aclaran que esos cuerpos no fueron logrados solamente gracias a las fantasías que ellas venden, si bien es evidente que tamaña hipertrofia sería imposible sin una buena dosis de magia hormonal.

Si bien nuestros entrevistados no consideran que haya una suerte de tabú con respecto al uso de anabólicos, un rápido examen de sus personajes públicos siembra ciertas dudas. Federico dice reconocerse como usuario “abiertamente y sin tapujos” y añade que no es criticado o juzgado ya que todos en su círculo los usan. Lo mismo dice Esteban, que comenzó por recomendación de amigos. Aún así, no se encuentran en sus cuentas de Instagram menciones o imágenes de los “atajos” que están usando. De algún modo no forman parte del “estereotipo de sí mismos”, que, en palabras de Federico, han decidido construir, exponer y “vender” en la red social. En cierto sentido, y al igual que con cualquier otra droga, los consumidores de anabólicos conforman grupos de complicidad alrededor de una práctica que desde afuera se ve como ilícita.

Daniel dell Olio reconoce que la facilidad de acceso ha debilitado el tabú con respecto al uso de anabólicos. “Hoy cualquiera vende”, dice, “Y en todo gimnasio hay un dealer que todos conocen”. Su carácter de tabú puede haber disminuido, pero el uso sigue sin ser reconocido públicamente porque no es “políticamente correcto”. Una cosa es exhibir orgullosamente un tupper de arroz con atún, un batido de proteínas o una “sesión de hombros”; otra muy distinta es postear fotos de ampollas, jeringas o pequeñas pastillas de colores. Por diversas razones, estas sustancias no cuadran en la postal de “vida sana” que se asocia con estos cuerpos bellos y musculosos, que todos queremos adjudicar a la buena alimentación y la actividad física. Se trata de un engaño colectivo contra el que nadie protesta. Una ficción que no nos interesa desmontar. Todos disfrutamos de esos bíceps irreales y de esos pectorales fuera de escala. Y poco parece importarnos cuál es su secreto.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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