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Viernes, 22 de enero de 2016

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Amantes son las amigas

¿Concubinas que cada tanto comparten cama o amigovias con derecho a frote? Cualquier intento de clasificar la forma que fue tomando a través de las décadas el lazo entre Maggie y Hopey, las protagonistas de la ochentosa tira Locas de Jaime Hernandez, no hace más que ramificar las preguntas.

 Por Maia Debowicz

La primera vez que conocimos a Maggie (Margarita Luisa Chascarrillo) y Hopey (Esperanza Leticia Glass) tenían alrededor de 18 años. Jaime Hernandez (Oxnard, California, 1959) comenzó a dibujarlas en el inicio de la década del ochenta, presentándolas al mundo, con el título de Locas, en la revista de antología Love and Rockets. Desde esa primera publicación, el autor estadounidense se entregó de cuerpo y alma a estos personajes femeninos autosuficientes que hacen pis, caca y se tiran pedos como cualquier mortal. Mujeres de carne y hueso, tan leales a su creador que lo siguen acompañando hasta el día de hoy. Creciendo y envejeciendo juntos. Maggie y Hopey eran punks y se cortaban el pelo una a la otra mientras se lavaban los dientes en el departamento que compartían. Dormían juntas en bombacha y con las tetas al aire, pero en esos años Maggie solo estaba interesada en los pectorales de su jefe Race. Mientras Hopey buscaba sitios para tocar con su banda, su concubina trabajaba como mecánica de robots y naves espaciales, atornillando tuercas y fundiendo cables con su cinturón de herramientas al lado del hombre que le quitaba el sueño. En los primeros números de la historieta, Maggie luchaba contra su torpeza en misiones que incluían dinosaurios y monstruos. Con el tiempo estos elementos fantásticos fueron perdiendo terreno en favor de un costumbrismo donde los personajes viven a la par nuestra, cambiando de peinados y aceptando las transformaciones que atraviesan sus cuerpos con el correr de los años. Hopey tiene un carácter rabioso, en cada acto quiere demostrar que su corazón es de hierro. Con paredes polarizadas que impiden deducir qué es aquello que sucede por dentro. Solo Maggie tiene el poder de ablandar sus emociones tensas, al mismo tiempo que puede endurecerlas por miedo a seguir sufriendo por un amor que titila en silencio. No es un amor prohibido, es ambiguo, como todas las relaciones que habitan las aventuras de Locas. Hasta el número dieciséis el lector no sabe si esa chispa que se enciende cuando las amigas inseparables se hacen cosquillas existe o es una ilusión romántica de quien las mira. Esos mismos interrogantes acosan a los personajes de la historieta: “¡Todo el mundo sabe lo tuyo con Maggie! ¿Por qué no lo admitís? ¡Sos lesbiana! ¡Ella te gusta!”, le gritaba a Hopey su hermano, quien envidiaba a su hermana por conocer de cerca los pezones de la chica rubia. “¡Claro que me gusta Maggie! ¿Desde cuándo no puede gustarle una chica a otra chica? Pero no significa nada que Maggie y yo vivamos juntas y durmamos en la misma cama!”, le respondía a los gritos. En ese punto reside la particularidad encantadora de Locas: cada aclaración triplica las preguntas, convirtiendo a un lazo amoroso en un caso para detectives.

Mutaciones

La relación entorpecida entre Maggie y Hopey es la historia de amor más intensa y revolucionaria que se construyó en una historieta. No solo porque en los ochenta invitan al papel a un romance LGBT, sino porque su vínculo va mucho más allá de los títulos y los modos convencionales de ser una pareja. “Quería enseñar que para ellas era algo natural, así que al lector también debía parecerle algo natural”, contó Jaime Hernandez en una entrevista. Maggie y Hopey fueron amantes temporales durante décadas, viviendo una relación mutante que tenía como valor principal el compañerismo. Apoyarse en las locuras de la otra estando cerca o en la otra punta del planeta. Eran, ante todo, cómplices. Treinta y tres años pasaron desde que estos personajes se hicieron parte de nuestras vidas. El tiempo dejó marcas en la realidad y en la ficción. En el físico del autor y también en las figuras de sus protagonistas. El universo de Locas es un espejo que nunca refleja lo mismo que la hoja anterior porque todo está en constante cambio. En permanente movimiento. Por eso los dibujos de Jaime respiran: porque están vivos. En todas estas páginas Hopey intentó fijarse en otras chicas, pero ninguna la calentaba tanto como su mejor amiga. Maggie, en cambio, salía con varios hombres y hasta contrajo matrimonio una vez a espaldas de su compañera de cuarto. Tony “Don Gato”, su marido, no lograba que saque a Hopey de su cabeza: mientras ocultaba los preparativos para su casamiento, los celos que sentía por la nueva amante de su mejor amiga le carcomían las neuronas. “Igual no se puede amar a alguien. Igual solo nos amamos a nosotros mismos y queremos que la gente que nos rodea nos recuerde lo mucho que nos amamos”, se decía Maggie a sí misma, para aferrarse a su relación heterosexual intentando dejar atrás la colección de recuerdos que la unían a Hopey. Pero cuando finalmente se divorcia corre a sus brazos, desesperada por estar a milímetros de quien mejor la conoce. Ese reencuentro es uno de las más emotivos y lujuriosos: Maggie recupera su fe en la humanidad cuando Hopey le hace un cunnilingus en el asiento delantero de su auto. Ellas ya no son las mismas: sus nucas no están más desnudas, el punk es cuento viejo y el culo de Maggie ya no entra en sus viejos jeans. Engordó con gloria, reventando pantalones como si fueran piñatas. Los kilos de más de Maggie enfurecieron a muchos lectores, quienes enviaban cartas a la editorial exigiéndole a su autor que la ponga a dieta. Jaime ignoró la opinión de aquellos fanáticos que se creían dueños de sus personajes y siguió alimentando a su protagonista favorita: “Maggie estaba destinada a ser gorda, y adquirió una personalidad más grande de la que tenía antes”, explicó orgulloso. Lo que no cambió con el paso del tiempo es lo que sienten esas dos mujeres. Pero sí la manera de convivir con esos sentimientos, la libertad con la que transitan en la adultez su amistad con derecho a roce. “¿Creés que volveremos a compartir piso?”¿Creés que funcionaría? ¿Una chica flaca a la que le gustan las gordas y una gorda a la que le gustan las flacas?”, le pregunta Hopey a Maggie. Su pasión es eterna porque el amor que siente Jaime por ellas nunca tuvo fecha de vencimiento.

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