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Viernes, 8 de abril de 2016

El gato en la jaula

Persecución mediática al periodista Novaresio: ¿Caza de brujas en pleno siglo XXI? Entre bromas pesadas y abrazos de oso la injuria que durante años persiguió a la existencia homosexual sigue vigente como si nada.

 Por Hugo Salas

Un periodista de reconocida trayectoria comparte en Instagram una foto de su gato guarecido detrás de su notebook. Minutos más tarde, alguien divisa en el monitor, muy pequeña, una pestaña del sitio porno gratuito Gay Male Tube. La cuestión se viraliza y se convierte en pasto de las redes sociales, donde se rumian desde chistes maliciosos hasta formas un poco más agresivas de “al fin nos sacamos las caretas”, pasando por desclosetados que no vacilan en manifestar su apoyo, como si hubiera algo que “bancar” (el caso más encantador tal vez sea el de Pedro Robledo, presidente de Jóvenes Pro, urgido a impostar un poco convincente “a la gilada ni cabida”).

En un momento en que prácticamente todo se ha vuelto explícito, sexual, gráfico –sea publicidad de ropa interior, programas de entretenimiento familiar o formas de hablar de sí y de relacionarse con desconocidos en las redes sociales–, asombra un poco que el porno cause tanto revuelo. La sociedad actúa de pronto como un grupo de varoncitos prepúberes en el patio de la escuela, dispuestos a traicionarse al grito de “señorita, señorita, Jorgito tiene una revista chancha”. La pornografía oficia de lengua franca pero secreta y vergonzante, la paja en el ojo ajeno.

¿Y qué decir de la velocidad con que se infiere que el tipo de porno que alguien mira necesariamente ha de estar ligado a sus preferencias o prácticas esporádicas? Desconocer la posibilidad de labrar fantasía con situaciones que acaso no se tenga ningún interés en concretar no habla tanto de una idea burda y limitada de la sexualidad como de un contexto en el que, por el contrario, reina una suerte de extraña represión invertida: concretarás todo aquello que te imagines, expondrás tu cuerpo aun cuando la situación no te resulte del todo cómoda, guiarás tu deseo con las mismas formas de la economía de consumo, polvos serás.

Detrás de todo, desde luego, arde la caza de brujas. Es necesario identificar al diferente, marcarlo como diferente, que quede claro que es diferente y, ya que estamos, reírse de su diferencia (desde luego, “con la mejor”). No es casual que después de tantos años la expresión “salir del clóset” no logre ganarle la batalla a la “confesión”. Peor aún: luego de tantas conquistas, de tantos avances, la ilusión de que ahora “está todo bien” ha contribuido a incrementar la presión pública para que aquellas personas que no se ajusten a la norma (entendiendo, además, que las prácticas sexuales constituyen identidades estáticas) expongan su situación a la luz pública.

En la misma semana, una variante regional de la revista Bola (gracias, Aída Luz) publicó una foto que llevaba por título el nombre de otro periodista, “Fulano, bien acompañado”, seguido de la bajada “El conductor paseó por Punta del Este con un amigo”. ¿Qué extraña necesidad social se satisface explicitando de una manera tan pedestre aquello que alguien ha decidido, no ha podido o no ha sabido transmitir a la esfera pública, por no evaluar la posibilidad de que acaso no se le cante el forro de ninguna parte de su anatomía dar a conocer? ¿Por qué nos quita tanto el sueño que no quede establecido con rampante claridad qué tipo específico de configuración genital prefieren tener a mano las personas que nos rodean?

Y uso el nosotros porque así como muchas personas autoidentificadas con el colectivo lgbt se apresuraron a “bancar” a alguien que aún no había pedido ningún tipo de solidaridad (y acaso prefiriese que el tema quedara en el olvido), otra enorme parte del colectivo vivía la situación con regocijo. Y, en particular, nosotros, los putos. Abundaron tuits del estilo “ya sabía que era de los nuestros”, “ahora que es gay me gusta el doble”, “una amegah más”. En ese instante, la lógica del desenmascaramiento, de la letra escarlata, se hizo tan presente del lado de los estigmatizados como del lado de la norma. Habrá quien diga que detrás de esas formas del humor late el deseo, pero me cuesta creer que alguien pueda ser tan imbécil como para suponer que una exposición violenta y no consentida favorezca sus posibilidades casi inexistentes de concretar algún tipo de contacto. La crueldad del mundo de la norma, de los periódicos más recalcitrantes que se apresuraron a “levantar” la noticia, no me extraña. Por el contrario, la falta de solidaridad de quienes podemos muy bien representarnos todas las circunstancias que rodearon a esa situación, la opción por el chiste y la burla, como tardíos émulos de Porcel y Olmedo, me resulta desoladora.

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