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Viernes, 8 de abril de 2016

TEATRO

Carne de cañón

En Bufarra, de Eugenio Soto, un tradicional asado de domingo es el telón de fondo de la historia de un abusador. Pero también de una redención: un niño queer, último orejón de la mesa familiar, invierte la dinámica de la violencia.

 Por Magdalena De Santo

La puesta en escena comienza con el olor que se mete por las fosas nasales. Es el ritual dominguero donde la carne nacional expuesta se quema a fuego lento en la parrilla. Participamos del doble ritual: asado y teatro. Y comienza la acción. Quien da oxígeno al fuego hará lo imposible por alojar, con complicidad bienintencionada, al bufarra. La mujer, Susana (Leilen Araudo) se niega a compartir la mesa. Entonces, serán los machitos argentinos los que degluten una y otra vez las carnes tiernas e inocentes. Ella, sin embargo, busca consuelo en los brazos del carnicero (Darío Pianelli). Quien dispone las carnes y aviva el fuego con ímpetu es Vicente (Martin Mir), que con la sensibilidad del buen tipo común de familia dispone la escena para la tragedia. Y el bufarreta, evidentemente el bufarreta, es quien se come el chorizo caliente. Bufarra, mote lunfardo que constata una cultura de violadores de niños y niñas es sostenido por la solidaridad de los de su género. Así, El Matadero de Esteban Echeverría se reconstruye en el nuevo milenio en la escena de un patio real.

Con una dramaturgia sofisticada y crítica, la puesta en escena al aire libre de Bufarra, bajo la dirección y texto de Eugenio Soto, en una suerte de grotesco contemporáneo que despliega una realidad hiriente de la hetero masculinidad conurbana. Bufarra, violín que le gusta penetrar y no ser penetrado y acusa de maricón a cualquiera que no dispare su arma asesina a la ingenuidad o libertad ajena, consumidor adicto de su mema –el whisky- y mamón de su madrecita, anticipa lo anunciado desde el título. Llamativa operación que funciona con eficiencia: el/la espectador/a con esperanza ingenua se siente impulsado/a a negar que lo indefectible va ocurrir. Pero ocurre. Y la víctima es el niño queer que con canto afinado de una de Ricky Martin entreteje una risotada que revela la persistente homofobia del público general. Este bufarra, Silvio (Facundo Cardosi) peronista de derecha, cocainómano empedernido, sucio presentador de festivales de mala muerte pagó en la cárcel el delito que repetirá incansablemente. Y el niño queer, Angel (Leo Espindola), en el lado opuesto del arco de construcciones identitarias, es un púber vulnerable adoptado por una familia que le niega la posibilidad de llamar mamá y papá a su papá y su mamá. Pequeño culón puesto a dieta, católico por obligación natural, sólo encuentra alivio en la golosina con mucho dulce de leche. Aun así, en el acto final, es redentor. El niño proletario de Lamborghini –otro expreso intertexto de la obra- se levanta del barro e invierte la lógica. La carne chamuscada se revela por sed de justicia como Batman porque Angel se pone oscuro y trasciende la humillación. El angel se vuelve negro y hace lo que ningún niño queer, o casi ninguno, puede. Hace lo que los niños queer que crecimos querríamos haber hecho con todos los bufarras de la nación.

Domingos a las 21, Espacio Polonia. Fitz Roy 1477

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