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Viernes, 28 de octubre de 2016

TU PROPIA AVENTURA

Una Cercei travesti, una Batichica barbuda, un Diamante Amarillo orgulloso de su panza: todxs ellxs y muchxs más se pasean por la Comic Con de Nueva York, una de las más enormes y delirantes convenciones de cosplay del mundo. Un desfile interminable para ser, parecer y vivir en carne propia la potencia mutante y libertaria de la ficción.

 Por Maia Debowicz

Como todos los años, en el mes de octubre, la Comic Con de Nueva York está por abrir sus puertas gigantes al ejército de cosplayers (y crossplayers) que entre espadas, escudos y tiaras doradas empujan en la fila para ingresar a los pasillos donde mejor se lucen sus trajes. Sobre la calle 34 un monstruo de vidrio, el Jacob K. Javits Convention Center, espera ser invadido por batichicas, pokemones y gokus. Mis ojos, vírgenes de un evento de tales dimensiones, se pelean entre ellos por decidirse a dónde mirar. Entré a la convención a las 11.30 junto a una civilización de superhéroes y villanos, babosa y desesperada por registrar con mi cámara cada disfraz. Mientras un señor vestido de civil revolvía los juguetes, historietas y chascos que duermen, entre colchones de envoltorios de caramelos, en mi mochila apareció ella: la Tormenta más poderosa que ningún meteorólogo pudo prever. Sosteniendo su monumental cuerpo en los tacos aguja que salían de sus botas negras de charol. El crossplayer con peluca blanca meneaba su gran culo de superheroína, mientras flameaba la capa que exhibía y censuraba sus enormes muslos a medida que atravesaba el primer salón con la furia de un trueno.

Lejos de portar el traje que calcaba las curvas de Halle Berry en las películas de X-Men, la Tormenta queer eligió presentarse con el uniforme que la vio nacer en papel, allá por los 70, a la dueña del clima. Una declaración de principios que resume la intensa relación que tiene un crossplayer con el personaje de ficción interpretado. Quien no expresa su fanatismo con una conducta servil con el creador que detrás de un tablero de dibujo decidió si su personaje tiene pija o concha debajo de la calza. Si es gordo o flaco; caucásico o afroamericano. El poder del crossplay es decidir por sobre el canon, y el crossplayer no solo se adapta al personaje sino que también adapta y transforma al personaje, otorgándole la posibilidad de tener otro cuerpo, otra apariencia y otro color de voz. En un cruce de miradas con esa Tormenta perfecta recordé mi pasado como crossplayer, cuando cursando preescolar me travestía de personajes masculinos para ensayar con qué género me sentía más cómoda. Mientras mis compañeras de jardín se disfrazaban en sus cumpleaños de Cenicienta o Minnie, yo imitaba a Paolo el Rockero con una peluca morocha, y jugaba a ser Wayne (de la película El mundo según Wayne) poniéndome un remerón de mi padre y calzándome una de esas gorras que traen la peluca adentro. Entonces entendí por qué de niña me escondí en el crossplay sin saber qué existía tal término: cuando el entorno te pide que definas quién sos, qué sos, el crossdressing es el arma indicada para confrontar las etiquetas que pretenden fijar un cuerpo a una sola imagen.

NI ROSA NI CELESTE

¿Es nene o nena, varón o mujer?, es lo primero que pregunta la gente indiscreta a una mujer panzuda. Si el interrogante se vuelve protagonista mejor regalar al bebé ropa blanca. A los cinco meses de embarazo, le confirmaron a mi madre que dentro de su vientre flotaba una nena. Cuando la noticia se hizo carne, el mini placard se llenó de vestidos rosas con volados. Pero cuando cumplí seis renació la misma pregunta que se hizo mi familia en 1985: ¿Es nene o nena? Mis brazos y cortas piernas se alfombraron de pelos negro azabache de un día para el otro, mientras arriba de mi labio superior crecía un bigote más peludo que el de mi padre. Como Lon Chaney Jr. en La maldición del hombre lobo, me convertí en una bola de pelos. Dudaban si era nena o nene, tampoco sabían si era humano o animal. Pero a diferencia de un hombre lobo yo convivía con ese pelaje a sol y sombra, sin importar si la luna era llena o tres cuartos menguante.

“Síndrome de pubertad temprana”, diagnosticó la ginecóloga infantil. Un crecimiento acelerado que, según los médicos, me convertiría en mujer antes de tiempo. En un consultorio con las paredes invadidas por diplomas, un grupo de profesionales y mi familia decidió el futuro de mi cuerpo. Yo esperé mi destino en la sala de espera mientras miraba aterrada aquellas láminas enmarcadas de Renoir que me rodeaban: mujeres voluptuosas lavándose las tetas mutuamente, exhibiendo los pubis despeinados en el paisaje impresionista. ¿Algún día podría ser como ellas; aunque mi cuerpo quisiera lo contrario? Esa misma tarde, mi madre me transmitió que comenzaba un tratamiento para frenar mi crecimiento, empezar a menstruar a los seis años era un riesgo.

Para detener la revolución hormonal una enfermera debía aplicarme una inyección, una vez al mes. El líquido era tan espeso que temía que las venas me explotaran. Cuantas más inyecciones incorporaba mi cuerpo, más fuerte se volvía mi bigote, haciendo juego con una barba tupida. El tratamiento fomentaba aún más los rasgos masculinos que proyectaba mi rostro de niño-adulto.

Mientras en la Comic Con hacía los trámites para habilitar mi credencial de visitante volví a percibir los perfumes de las secretarias que agendaban mis turnos con aquella médica que manipulaba mes a mes mi cuerpo. Una de las preguntas que rezaba el formulario de la convención era sobre mi género: ¿hombre o mujer? En aquel consultorio que apestaba a desinfectante nunca me lo preguntaron, decidieron directamente. Si bien el tratamiento tenía como objetivo frenar mi desarrollo corporal, yo fantaseaba que era un niño que mis padres querían transformar en nena. Que el líquido que contenía aquellas jeringas evitaba que me creciera una verga entre las piernas. Pero cuantos más químicos ingresaban en mi cuerpo mutante más hombre me volvía, engordando la fantasía de que una mañana iba a despertar con genitales nuevos.

EFECTO TRANSFORMER

El primer día de la Comic Con no fui disfrazada. A pesar de que mi armario está repleto de cajas que contienen máscaras de las Tortugas Ninja y Spider-Man, pistolas con forma de pija y pecheras de cotillón con tetas de plástico gigantescas, no suelo desfilar por las convenciones bajo la identidad de un personaje de ficción. Prefiero usar trajes dentro de mi casa, porque para mí disfrazarme nunca fue un evento. Es un acto cotidiano: cambio de disfraz como de bombacha. Pero en un stand de la Comic Con una peluca rosa me seduce hasta tomarme por completo. Era mi oportunidad de sentirme la popstar Jem un rato. Mientras caminaba entre los puestos de revistas y muñecos agitando mi melena chicle me topé con una crossplayer que forró su cuerpo de negro para interpretar a Bucky Barnes-Winter Soldier, el ayudante de Capitán América en la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de Tormenta su traje era más modesto, construido con elementos que encontró en su casa: un brazo robótico de papel de aluminio. Le pregunté si le podía sacar una foto. Luego de disimular un poco su emoción por ser elegida, posó para mi cámara imitando el gesto intimidante de Bucky. Aunque Marvel Studios trató de hacer indiscutible la heterosexualidad de Winter Soldier, muchos fans invitaron a los dos soldados, Bucky y el Capitán América, a formar parte del universo de la fan fiction: donde Kirk y Spock tienen sexo interplanetario y Sherlock Holmes y Watson se amasan los bultos entre caso y caso. La Comic Con lleva la fan fiction a la tercera dimensión: un espacio donde Batman descubre el placer de trasvestirse, y donde las parejas hetero se intercambian los géneros. Una chica oculta su pelo largo bajo la gorra que le da identidad a Ash Ketchum, mientras su novio muestra el ombligo en el traje que se armó para sentirse sensual como la pelirroja animada, Misty. Mario Bros abandonó el bigote y ahora es mujer, y la Princesa versión hombre, que debe ser rescatada de las garras de Kupa, cambió su vestido inflado por un traje fucsia.

Durante los tres días que asistí a la convención conocí a una Cersei travesti, un Diamante Amarillo orgulloso de su panza y una Sailor Moon de barba imponente. Una procesión interminable, que abarca todos los talles, peregrina hasta el centro de convenciones para festejar las mil maneras de representar a sus personajes favoritos. La celebración donde no importa tanto parecerse al personaje original como proponer una manera personal de transformarlo al gusto y placer de cada disfrazado. En los atestados pasillos de la Comic Con llega un momento en que ya no tiene sentido preguntarse el género del crossplayer, no hay lugar para la duda cuando uno se funde con su disfraz. Tuve que viajar 8538 kilómetros para descubrir que mi batalla ganada fue no necesitar un pito para sentirme hombre, ni combatir con depilación definitiva los pelos sobre mis brazos, que se quedaron conmigo, para presentarme como mujer. Yo soy hombre y mujer. Soy Batman y Batichica.

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