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Viernes, 19 de diciembre de 2008

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Taxi-boy

Casi tan antigua como la femenina, la prostitución de personas de sexo masculino ya era común en la Grecia clásica. Y tanto llegó a expandirse en la antigua Roma que el emperador Domiciano decidió prohibirla toda vez que involucraba a niños menores de 7 años. Pero el tiempo ha pasado y –pederastias al margen– hoy los taxi-boys ya no se parecen tanto a esos muchachos de blue jeans ceñidos que se pavoneaban en los recovecos de la ciudad en tinieblas atizando el deseo de la marica por el macho. Anunciados en la Web en páginas que incluyen fotos y videos en los que, en algunos casos, hasta se puede apreciar la dotación y la capacidad eyaculatoria del elegido, los taxi-boys se han ido profesionalizando a medida que la expansión de la cultura gay y del circuito comercial que le es afín ha vuelto prescindible la búsqueda furtiva en los bajos fondos. Así, el mercado callejero del sexo les dio lugar a los departamentos privados y al delivery sexual a hoteles y domicilios. Y si todavía hay alguno que otro muchachito haciendo guardia en la avenida Santa Fe o en Marcelo T. de Alvear, es porque de esa forma se la rebuscan mientras esperan que algún cliente los llame por teléfono.

Diluida la cuota de machismo en la masculinidad exagerada que definía al taxi-boy en el modelo “marica/chongo” (que Néstor Perlongher describió en La prostitución masculina), lo “participativo” que hoy un taxi-boy puede llegar a ser habla a las claras de una adecuación que se asienta en la idea de versatilidad: esa prerrogativa gay de tener que ser activo y pasivo. Más allá de que un resto de machismo aún subsista en el hecho de que no haya prácticamente ninguno que se venda en la Web explícitamente como pasivo, y sin contar la “zona gris” en la que pretenden ubicarse muchos que se dicen strippers o masajistas...

De hecho, en los últimos años, la palabra escort (acompañante) ha ido ganando cada vez mayor presencia. Del mismo modo, hablar de “agencias” o “modelos” suele darle a la prostitución (tanto masculina como femenina) visos de legalidad y cierto estilo. Que en países como Holanda y Alemania la prostitución sea un oficio regulado en el que sus trabajadores y trabajadoras pagan sus impuestos y no arrastran una imagen social tan degradada marca una diferencia notable con lo que sucede en la Argentina. Aquí, como en tantos países, la prostitución masculina está mucho menos institucionalizada que la femenina (¿acaso hay alguna asociación civil que agrupe a los taxi-boys del mismo modo en que AMAR lo hace con las trabajadoras sexuales?). Y esto se debe, en parte, a que los taxi-boys se prostituyen casi siempre por propia voluntad y de manera mucho más independiente: es sabido que la trata de personas es un problema que atañe, principalmente, a mujeres y niños.

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