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Viernes, 9 de mayo de 2008

ENTREVISTA > BORIS IZAGUIRRE

Con alma de culebrón

El mediático, prolífico, casado y venezolano autor de Villa Diamante, novela finalista del Premio Planeta, recuerda con cariño a muchos de los iconos que emplumaron su más tierna infancia. A la hora de reflexionar sobre literatura, rinde eterno homenaje a la telenovela venezolana, de la que hereda un sello de estilo: directo al corazón, que se pueda leer mientras se hace otra cosa.

 Por Leonor Silvestri

¿Qué te trajo a la Argentina?

—Estoy de visita por la Feria del Libro, porque aquí comienza la gira latinoamericana por mi última novela, Villa Diamante, que fue finalista del premio Planeta de este año. Luego me voy a Perú, Colombia y México. Me causa gracia ir a la feria en la Sociedad Rural, donde yo siempre he visto ganado, es un espacio con amplia capacidad para transformarse, ¿no crees? Pero no es mi primera vez aquí, yo he vivido en la Argentina por accidente, porque en los ’90 hubo una moda de guionistas de telenovelas venezolanos y yo recibí una oferta de este país para venir a trabajar aquí. La acepté para irme de Caracas. Vivir aquí era la mejor posibilidad para independizarme de mi familia y de mi país, fue una puerta de escape.

¿Qué te gustó de Buenos Aires?

—Es un lugar completamente personal, pese a que los argentinos se esfuerzan tanto en compararse con otros sitios, es un lugar muy individual, muy único. Mi año de vida en Buenos Aires fue mi instrucción para desarrollar mi vida en Madrid. Para los latinoamericanos, ustedes son la primera puerta hacia Europa. Desde aquí, viví el golpe de Estado del 4 de marzo de 1992 de Hugo Chávez, y recibí justo al mismo tiempo una oferta de Galicia. Me fui a España porque no quería volver a Venezuela, por Chávez.

¿Tenés un lugar favorito?

—Me gustan mucho los Palermos. Pero el Jardín Japonés es mi lugar favorito. De hecho, es la contraportada de mi novela, una foto que tomó mi marido, a quien me costó horrores convencer de que nos fuéramos. Villa Diamante se terminó de escribir aquí, en Buenos Aires. También me encanta el Planetario. Los bosques de Palermo y Palermo Chico me encantan. Siempre he pensando que yo nací en ese lugar antes, en otra vida. Descubrimos también el estadio de Huracán en Parque Patricios, llevo su imagen en mi salva pantalla de móvil. El nombre me fascina, HU-RA-CAN. Lo visitamos la última vez que estuvimos en Buenos Aires, en el verano. El estandarte es como el sello de la RKO, la productora cinematográfica de los ’30, son contemporáneos.

¿Para qué público pensás tu última novela?

–Villa Diamante es una novela para ser leída en el subte por una persona que tiene que ir a trabajar, que roba tiempo para entregarse a la ficción que lo atrape y lo seduzca. Mi lectura es un poco más masiva, no me planteo escribir de otra manera, quiero que atrape. Eso tiene que ver con que he sido guionista de telenovela, es algo que te enseña a conectar. Yo soy de los últimos que vieron lo artesanal de la telenovela, ahora son maquinarias empresariales. Pero la comunicación es siempre directa. Yo pienso mucho en la lectora, pero jamás había escrito una historia con una protagonista, con un obstáculo tremendo que es su hermana, mucho más bella que ella y, si algo pasara, los padres protegerían a su hermana. Pero ella es una mujer con una capacidad increíble para reinventarse y recuperarse, y eso me ha hecho ganar muchas lectoras. Yo quería contar la historia de cuando Venezuela en los años ’50, durante la dictadura de Giménez, fue para el mundo la gran esperanza, el futuro. Caracas era la ciudad donde todo podía suceder, había todo el dinero del mundo, siempre gracias al petróleo. Se hicieron muchas obras que siguen en pie, entre ellas una casa privada, por un arquitecto italiano, Gio Ponti, para uso y disfrute de una pareja. Esa casa significa para mí esa idea de futuro terriblemente asociada a una dictadura latinoamericana. Son dos carreteras que solo la ficción podía mezclar bien.

¿Existe la literatura gay?

–Yo tengo mi novela gay, Azul Petróleo, que es un asesino en serie que mata en Caracas, donde las familias de los difuntos prefieren ocultar el hecho a tener que asumir la sexualidad del asesinado. Es una novela sobre la mentira. Yo creo que no existe la literatura gay, aunque muchos autores hicieron un ejercicio gay. Sí creo que la homosexualidad, como condición sexual y como hecho perseguido y discriminado, ha generado una manera de observar que se ha apoderado de diferentes elementos culturales y ha creado con ellos una cultura propia. No soy defensor, porque no defiendo nada, pero ese grupo de elementos unidos generaron una cultura gay, y quienes se sienten atraídos a esa cultura no tienen que ser gays ni hétero, simplemente sentirse atraídos. Esa cultura nos ha dado frutos extraordinarios e iconos increíbles, y si quiere esa cultura abrazarme no me voy a negar; por el contrario, me sentiría encantado.

¿Tenés algún escritor argentino entre tus preferidos?

—Manuel Puig. Mucha gente lo asocia conmigo, Juan José Villas, el ganador del Premio Planeta, me dijo que he dado en el clavo porque desde la muerte de Puig no ha habido escritor latinoamericano que trabaje en el terreno del melodrama utilizando la política. Pubis angelical es mi libro, siempre ha logrado atraparme y siempre que vuelvo a él tiene algo nuevo para mí.

Muchos identifican a Manuel Puig con el camp. ¿Vos intentás hacer una literatura en esa dirección?

—Yo estoy conectado con el camp, no sé si mi literatura. Yo quiero escribir cosas históricas pero con espacio de lirismo en la prosa. Pero mis arterias y mis gustos sin duda lo son. El camp ha sido una guía, una identidad cultural propia para mí y para mi generación. En los ’80 estábamos muy decididos a no tener nada que ver con Latinoamérica, cuando en realidad somos sus últimos grandes hijos. Por ejemplo, amábamos Talking Heads y, mira, David Byrne ahora hace música latinoamericana. ¡Es como si Boy George pinchara Ketama en las fiestas! Pero habría que ver quién puede sostener presenciar lo camp por más de 15 minutos. Por ejemplo Flying Down to Rio, con Carmen Miranda, ¿quién la vio entera? Tú ves trozos de estética perfectamente puesta. De pequeño, mi máximo de glamour eran las Trillizas de Oro: jugábamos con mis amigas a que éramos las trillizas, porque tenían un programa en Venezuela, y yo era la cuarta trilliza, María Todo me llamaba. Luego las conocí y me pareció que ellas escogieron lo lógico, aburguesarse, casarse con polistas, es un mundo perdido para mí. El camp es una manera de recuperar universos perdidos, mundos fatuos y vacuos, pero llenos de ternura. Mi marido, que es decorador, es mucho más serio, él se siente alejado de eso, él siempre me está señalando para que no caiga en ello, sin éxito, claro.

¿Por qué te casaste?

—Me casé porque no quería seguir llamando toda la vida “novio” a mi novio, y poder decirle “marido”. Y siempre que hago migraciones me encanta poner “casado”, porque yo estoy casado, y me parece formidable el matrimonio, aunque soy ateo, el matrimonio me encanta. Como mi madre me dijo, es un alivio, porque organizas todo. Nos casamos en Barcelona y festejamos en el programa Channel Número 4 en vivo, hasta llamó Miguel Bosé por ejemplo. Mis padres se casaron de la misma manera, en el Registro Civil, mi madre se puso un trajecito Dior color tabaco y a la noche llamaron a los amigos, y los amigos a otros amigos, y así tuvieron que hacer una fiesta improvisada. Mi marido lo organizó todo mucho mejor: comimos unos canapés de caviar y salmón en casa de uno de nuestros testigos, un coche me llevó al programa, y luego nos fuimos a las afueras de Barcelona a un restorán muy célebre con dos estrellas Michelini, cuya dueña tuvo un dolor increíble porque no le avisamos, pero mi marido quiso que fuera así para no despertar la atención. En ese sentido le salió mal, porque los fotógrafos lo persiguieron a él, que era al que no conocían.

¿Piensan tener hijos?

—Hemos pensado en adoptar, pero lamentablemente en la mayoría de los países donde se puede adoptar las agencias están controladas por la Iglesia Católica, la ley lo permite pero la realidad te lo muestra de otra manera. Por eso me parece que yo iría por la inseminación artificial. Estoy feliz con esta historia del varón embarazado, haya nacido lo que haya nacido, pero es importante este momento porque abre posibilidades.

¿Saliste alguna vez con un varón trans?

—He tenido grandes amistades en la transexualidad, aunque no he salido con ninguno. Por ahora, jamás me he enamorado de alguien que haya nacido en un sexo equivocado. En cualquier caso, me siento del lado de ellos, ellos son el sexo que son, no el que nacieron, y así se debe observar a una persona. A lo mejor tienes la suerte de estar en armonía con cuerpo y espíritu pero para muchas personas no es así, y gracias a la ciencia se puede conseguir ese entendimiento.

¿Tenés iconos gay?

–Entre mis muchísimos iconos gay están Micky Mouse, Pinoccio, Bambi, Dumbo, Batman, Meteoro, Superman —sí, dije Superman, vamos, nadie que se ponga el calzón por arriba de unas panties y salga con una capa y botas rojas puede no ser gay—. Esos son mis grandes iconos homosexuales. Y por supuesto el Topo Gigio, que en mi libro Muertas de glamour ya dije que lo escondieron porque se dieron cuenta de que estaba mariconeando a toda una generación de espectadores a la cual yo pertenezco. Yo me paraba a ver al Topo y decía frente al espejo “A la ca-mi-ta”. Mi pluma se la debo al Topo.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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