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Viernes, 7 de agosto de 2009

ENTREVISTA > SUSANA GUZNER

Esa loca sensatez

Se conocen accidentalmente en el aeropuerto de Roma y, en pocas horas, Eva y María, las protagonistas de La insensata geometría del amor, inician un romance ardiente y perturbador. La autora de esta novela, un clásico de la literatura de temática lésbica reeditado este año por Punto de Lectura, habla de cómo surgió su historia y de cómo surgieron otras historias más.

 Por Facundo Nazareno Saxe

¿Eras consciente de que estabas escribiendo un hito en la literatura lésbica cuando pensabas La insensata geometría del amor?

–No. No sólo no era consciente sino que fue la primera novela que mi entorno me convenció a publicar. Escribía mucho pero nunca pensé que lo que yo escribía tuviera rango de publicable, admiraba mucho a muchos autores y autoras como para pensar que lo mío podía ser un libro. Ocurrió que coincidí varios años en un trabajo con una gran escritora española que es Rosa Montero, y ella fue la que decidió llevar el manuscrito a Esther Tusquets.

¿Cómo ves la situación de la literatura de temática Glttbi?

–Cada vez más las grandes editoriales se dan cuenta de que ahí hay una veta, que hay un mercado y no solamente endogámico. Fíjate el éxito de escritores como David Leavitt, que siempre ha escrito literatura con argumento de temática; Sarah Waters, Jeanette Winterson. Yo ahora noto, en estos años, un boom, mucho más en el ámbito anglosajón que en el latinoamericano. Pero, por ejemplo, en el ámbito latinoamericano, a nadie le asustan y no sólo eso sino que son sumamente valoradas autoras como Cristina Peri Rossi, que para mí es maravillosa. Una poeta magnífica que habla del deseo lésbico con absoluta libertad y aparte con un estilo maravilloso. Uno de sus libros, La estrategia del deseo, es fantástico, es la glorificación del amor lésbico. Me da la impresión de que aquí en la Argentina la cosa está un poco difícil, en general para publicar cualquier texto.

¿En tu novela te propusiste visibilizar el mundo lésbico?

–Yo quise escribir el libro que a mí me gustaría leer sobre el amor entre dos mujeres y sus avatares y sus vericuetos. Pero por otro lado el argumento, digamos la historia, me nació de una manera totalmente inconsciente; más aún, estaba durmiendo, eran las tres de la mañana y me despertó la frase: “Pidamos pronto porque me muero de hambre. Sí, pidamos pronto porque me muero de amor”. Sentí que me tironeaba, me desperté y me puse a escribir.

Los personajes de la novela representan diferentes perspectivas sobre ser lesbiana. ¿Cada personaje podría ser una mirada distinta?

–Eso es claramente intencional, quería escapar del maniqueísmo que hay, o que había al menos, porque ha pasado un cierto tiempo y muy lentamente la imagen de la lesbiana butch, bigotona y demás ya no existe. Quise mostrar que el colectivo lésbico y las mujeres en general no somos una cosa homogénea. También me interesaba desde el punto de vista feminista mostrar un amplio espectro de mujeres. Para mí, aparte de que nací lesbiana, y aunque soy psicóloga no me rompo mucho la cabeza por saber por qué se es lesbiana, luego vino una toma de actitud política. Te defines como lesbiana y actúas como tal. Mi intención con la novela ya cuando me puse a mostrarla era no sólo visibilizar sino naturalizar el hecho lésbico, el hecho de ser lesbiana.

¿Qué quiere decir “normalizar a la lesbiana”?

–Normalizarla en el sentido de que yo como lesbiana he leído infinidad de libros heterosexuales con historias de amor heterosexuales, con películas, series televisivas; contar con absoluta normalidad lo que son los vínculos y las diferentes características y sobre todo mostrar algo que a mí me es muy importante, es decir, yo deposito en lo femenino dos atributos básicos: la sabiduría y el misterio. Creo que por eso amo mujeres, considero que tenemos el patrimonio de la sabiduría y el misterio. Entonces mostrar ese misterio y por otra parte cuidando mucho, porque a mí no me interesan los aspectos estrictamente del encuentro genital, me gusta la seducción, no la gimnasia corporal.

¿Cuándo fue la primera vez que volviste a la Argentina luego del exilio? ¿Cómo veías la situación?

–En el ’84, cuando ya estaba Alfonsín, vine varias veces de visita. A los treinta años me vi obligada a exiliarme, asesinaron a mi única hermana, la Triple A, y yo fui amenazada, estaba perseguidísima de muerte. Y me fui con lo puesto prácticamente. Me fui en marzo del ’76. Cuando llegué con el barco a Vigo, vi en el puerto los periódicos que decían “Golpe de Estado en la Argentina”, o sea me fui por los pelos. De hecho, la Triple A me dio por muerta junto con mi hermana, porque no pudieron engancharme, y muerta civilmente. Cuando volví a renovar el pasaporte en el ’84 no figuraba, era NN, yo no existía, no había nacido en la Argentina, nada, es decir, me desaparecieron civilmente. Fue un shock brutal, porque venía toda la gente con el “no te metás”, el silencio, el dolor, empezabas a emerger de la barbarie terrible que habíamos padecido, que nosotros en Europa lo sabíamos porque teníamos informes y estaban los de derechos humanos y demás. Lo sabíamos, pero no se sabía acá. Entonces, muchísima gente que me creía muerta, que no se había atrevido siquiera a preguntar por mí, iba por la calle y me veían como a un fantasma. Fue una emoción potentísima. Yo estaba como en una nube.

Cuando te vas a España, ¿encontraste una situación mejor respecto del lesbianismo?

–No, España salía de cuarenta años de dictadura. Estaba muy tapada, pero realmente fue privilegiado mi exilio. No puedo cantar el tango del exilio, francamente. Primero, porque salvé la vida; segundo, porque justamente coincidió con toda la transición democrática española y una explosión de todas las manifestaciones; todo lo que venía reprimido durante tantos años, la transformación de la sociedad política, cultural, emocional española fue maravillosa. La irrupción de gente como Pedro Almodóvar, Alaska, toda la movida, todo eso lo viví muy intensamente y junto con eso también empezó a salir del armario toda la diversidad sexual, que se concretó en años de lucha. Yo he escuchado historias terroríficas en España, como las había aquí. La represión brutal hacia el colectivo. Yo creo que vamos a pasos agigantados acá también, además de algunos países nórdicos que ya tenían su legislación; el hecho de que España con el gobierno socialista aprobara las leyes de matrimonio, herencia, adopción y demás ha sido un paso de gigante porque ha marcado jurisprudencia en casi todos los países. No sólo en el ámbito latinoamericano. Mira la India: acaba de aprobar una ley, por ejemplo. Es decir, creo que ha ido todo muy rápido felizmente. Queda mucho por hacer y en la Argentina yo noto que en la visibilidad ya hay una etapa.

¿Notás un cambio importante en cómo las nuevas generaciones viven sus identidades?

–Yo empecé a tener amores muy pronto, ya me enamoraba de las compañeritas del jardín de infantes; mi primera novia la tuve a los dieciséis años y te estoy hablando del año ’65, totalmente oculto, muchas lo llevaban mal, he tenido amigas que se suicidaron o que las sometían a electroshocks o curas de Sackel; bueno, ni hablar de la aberración que eso significa. El hombre no: la figura del puto o del mariquita siempre fue folklórica, eso pasa en todos los países, en España también y no digo mariquita, válgame Dios, de manera despectiva sino usando el término de ellos, que lo han pasado horriblemente mal, o terminaron dedicándose a la prostitución como única salida, humillados, vilipendiados; pero era más aceptado como la figura del maricón. Había algo. Las lesbianas somos mujeres y como mujeres somos el último eslabón de una cadena, aún más reprimidas, aún más angustiadas. Yo siempre lo he vivido con terrible gozo, haciendo una doble vida, inventándome novios, mientras me lo pasaba divinamente con mis amigas; había un lesbianerío, pero de verdad te digo, era la secundaria, cartitas de amor y cosas así, pero cada cual con su novio, luego se casaba, la barriga, la familia y todo eso. Y ahora veo dos caras de la moneda en las lesbianas jóvenes, o muy activistas, muy movedizas, y muy diciendo “aquí estoy yo”; y si no una despolitización total, como por ejemplo Cumbio, que dice “tengo novia, pero no soy lesbiana”, ganas de no entrar en una categoría que ellas consideran etiqueta, pero que en realidad es una categoría política. Pero yo lo entiendo, porque ahora pueden decir “qué más da lo que soy”, a mí también me gustará en un futuro que no sé si lo verán estos ojitos que nadie tenga que estar diciendo “hola, soy fulana de tal y soy lesbiana, y qué te importa”, es decir no importa, no interesa cuál es tu elección afectiva.

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