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Viernes, 14 de agosto de 2009

ES MI MUNDO

El miedo andante

Lejos de paralizar, el miedo a la muerte que el escritor y activista Larry Kramer difundió en saunas, boliches, actos políticos, discursos y obras de ficción en la década del ’80 significó una de las más contundentes tomas de conciencia dentro de la comunidad gay en los albores de la epidemia del sida.

 Por Patricio Lennard

Cuando el sida aún no tenía nombre y se convertía en la recién estrenada moda gay para morir, y en Nueva York los muertos todavía se contaban de a cientos, y en las noticias apenas si se hablaba de esa nueva enfermedad, Larry Kramer se lo pasaba de velorio en hospital o de hospital en velorio. Y tenía miedo, obviamente. Tenía miedo de morirse y de que sus amigos continuaran muriéndose. Y no sólo eso: tenía miedo de que todos los homosexuales se terminaran muriendo.

Con ese miedo Larry Kramer hizo algo productivo: comenzó a propagarlo. Se enfundó el traje de alarmista y le calzó justito. Y en medio de ese caldo de cultivo viral que era la Nueva York de principios de la década del ‘80 no le tembló el pulso a la hora de acusar a médicos, investigadores, funcionarios del área de salud, medios de comunicación, al alcalde de la ciudad y hasta al mismísimo presidente de los Estados Unidos de rehusarse a advertir sobre las terribles implicancias de la pandemia que estaba naciendo. Dardos que en los panfletos que por entonces comenzó a publicar en New York Native, la revista gay de mayor circulación de la época, dirigió también en contra de los gays que parecían creer que si hacían caso omiso de la enfermedad ésta simplemente desaparecería. Acaso los mismos que unos años antes lo habían tildado de extremista y puritano, cuando en su novela Faggots (Maricas), publicada en 1978, se había animado a preguntarse por qué la vida gay debía estar definida por la promiscuidad más que por la fidelidad y el amor, en circunstancias en que los saunas y los cines porno y las discotecas gays eran un hervidero de sexo y drogas sazonado con Gloria Gaynor y Village People.

Antes de convertirse en el activista más importante que tuvo el problema del sida desde que comenzó, Kramer estuvo metido de lleno en la industria del cine: estudió actuación con Sydney Pollack; fue guionista de la Columbia Pictures; se fue una temporada a Londres y colaboró en films como Dr. Strangelove, de Stanley Kubrick, y Lawrence de Arabia; volvió a Nueva York y fue nombrado ayudante del presidente de United Artists; y en 1969 escribió y produjo la película de Ken Russell, basada en la novela de D.H. Lawrence, Mujeres enamoradas, famosa por su contenido homoerótico y por la cual obtuvo una nominación al Oscar. Su novela Faggots, en donde refleja satíricamente el estilo de vida de los gays de Manhattan a través de un personaje que es incapaz de encontrar el amor mientras se debate en una espiral de sexo impersonal y drogas, fue el inicio de una carrera literaria marcada por la controversia. En 1980, el dramaturgo Robert Chesley escribía: “Lean cualquier cosa de Kramer y no les costará notar que el subtexto es siempre: ‘La paga que le corresponde al pecado gay es la muerte’”. Una ironía que aludía al trasfondo moral que muchos le enrostraban a Kramer y de lo que él se defendía diciendo que promiscuidad y libertad sexual son dos cosas diferentes.

El sida, claro, lo cambió todo. Incluso la escritura de Kramer, que de ahí en más no pudo deslindarse ya de ese compromiso que, a fines de la década del ‘80, lo tenía como artífice de las dos organizaciones más importantes de lucha contra la enfermedad en los Estados Unidos: la Gay Men’s Health Crisis, la primera agrupación que en Nueva York se propuso recaudar fondos para proveer ayuda y servicios a personas infectadas, y Act Up, una organización de protesta que Kramer fundó en 1987 y que tuvo como principal objetivo denunciar la falta de tratamiento y de fondos para pacientes con sida. A la semana de fundar Act Up (en cuya decisión pesó una visita que realizó a una clínica para enfermos de sida en Houston), Kramer tenía una presentación en el New York’s Lesbian and Gay Community Center. “Ese día o el anterior había leído un artículo en The New York Times sobre 2 mil católicos que habían marchado en Albania porque no estaban consiguiendo algo que pretendían”, recuerda Kramer. “Y esa noche les dije a esas personas: ‘¿Cómo pueden marchar 2 mil católicos en Albania y vos, que te estás muriendo, no sos capaz de levantar el culo excepto para ir al gimnasio?’. Y por primera vez hice mi famoso número efectista. Dije: ‘Ok, quiero que esta mitad de la sala se levante’. Y lo hicieron. Entonces miré a los que se habían puesto de pie y les dije: ‘Todos ustedes estarán muertos en cinco años. ¡Cada uno de ustedes, fuckers!”

Para entonces, Larry Kramer había estado contando muertos hasta que perdió la cuenta. “1112 and Counting” es el título de un famoso artículo que publicó en marzo de 1983 (al que ocho meses más tarde le siguió otro titulado “2339 and Counting”) en donde además de poner en evidencia el desconcierto que cundía entre los médicos en esa fase temprana de la epidemia, y cómo los enfermos eran tratados como leprosos en los hospitales, se lamentaba por haber previsto que recién cuando el sida les tocara de cerca a los heterosexuales pasaría realmente a formar parte de la agenda pública. Con elocuencia tremendista, en ese artículo también expresaba lo que se convertiría en leitmotiv de su prédica: la figura del holocausto como instancia reveladora de la muerte en masa provocada por el sida. “Está en juego la continuidad de nuestra existencia como hombres gays sobre la faz de la Tierra. A menos que luchemos por nuestras vidas, moriremos. En toda la historia de la homosexualidad nunca antes habíamos estado tan cerca de la muerte y la extinción”, escribe Kramer, quien no en vano tituló Reports from the Holocaust al libro en el que recopiló sus escritos como activista. Libro que es fruto de una militancia que le reportó ser detenido docenas de veces en protestas callejeras y que no estuvo exenta de golpes de efecto como cuando esparció en los jardines de la Casa Blanca las cenizas de un amigo muerto a causa del sida, o cuando se propuso recubrir la casa de un senador con un inmenso preservativo amarillo imitando lo que el artista Christo había hecho cuando embaló en Berlín el edificio del Reichstag.

Conforme la epidemia se agravaba, la fama de Kramer iba en aumento. A mediados de la década del ‘80 escribió The Normal Heart (El corazón normal), considerada la piedra basal de la literatura sobre el sida. Una pieza teatral que el autor comenzó a gestar luego de un viaje que hizo a Alemania, en donde visitó el campo de concentración de Dachau, cuya apertura en 1933, poco después de que Hitler asumiera como canciller, evidenciaba para él la misma inacción, indolencia y complicidad por parte de los alemanes que la que podía verse, a principios de los ‘80, en el gobierno y la comunidad gay de cara a la enfermedad. “El sida es nuestro holocausto y Reagan es nuestro Hitler. Nueva York es nuestro Auschwitz”, escribió Kramer en un discurso de 1987, interesado en que quedase claro que ese paralelismo, para muchos exagerado, era algo más que una metáfora efectista. Posición que él fue matizando cuando en 1987 se anotició de la existencia de las primeras medicaciones antivirales en su fase de experimentación, y cuando le fue patente que la epidemia, además de muerte y dolor, también había traído consigo una mayor visibilidad y una mayor conciencia política y unión entre los homosexuales.

“Cada minuto de mi vida debo actuar como si ya tuviera sida y como si estuviera luchando por mi propia subsistencia”, escribió Larry Kramer en 1985, tres años antes de que dijera públicamente que él estaba infectado. Y si bien sería erróneo ver allí una contradicción desafortunada —no sólo porque Kramer vivió con el virus durante años sin tener síntomas sino por lo improcedente que casi siempre es valorar la figura pública de un individuo a la luz de su vida privada—, lo cierto es que esa ironía trágica de su destino, lejos de empequeñecerlo, lo agiganta.

Hoy Larry Kramer tiene 74 años, vive entre Nueva York y Connecticut, y en las últimas dos décadas ha estado abocado a escribir una ambiciosa novela histórica titulada The American People, cuya trama tiene inicio en la Edad de Piedra y llega hasta el presente.

Kramer en teatro
La noche que Larry Kramer me besó, de David Drake y protagonizada por Javier van de Couter, se puede ver en el teatro Payró (San Martín 766) todos los domingos de agosto a las 19.30.

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