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Viernes, 19 de abril de 2013

Nosotres y el lenguaje

 Por Lohana Berkins

El lenguaje nunca es inocente. Siempre está demostrando, exponiendo algo. Cuando es usado incorrectamente o a modo de insulto, el lenguaje actúa, sentencia a alguien. El lenguaje jerarquiza y genera una subjetividad sobre todo lo que nombra, y también actúa cuando no visibiliza nada más allá de la binariedad hombre/mujer. Entonces invisibiliza todo un mundo, todo un espectro.

Hace mucho que en la Academia empezó a plantearse que es importante ver cómo el lenguaje señala. Pero creo que este debate se intensificó realmente con el lenguaje cibernético. Con él se empezaron a pensar formas más inclusivas de nombrar, por ejemplo con la x o la @. Creo que es necesario preguntarse qué cosa es el lenguaje y cuáles son sus limitaciones. No creo que sea un debate periférico, ni banal. Habrá que preguntarse por qué, mientras el mundo evoluciona, el lenguaje se mantiene estanco. ¿Es el lenguaje sólo la guturalidad de las palabras? Me parece que es más acertado pensarlo en su dialéctica con otros lenguajes, con la gestualidad, los mensajes del cuerpo y tantos otros.

El lenguaje produce una alteridad clara. Cuando unx dice “él”, está nombrando también todo un contexto. No está describiendo sólo una masculinidad sino todo lo que esa masculinidad conlleva: él es blanco, de clase media y está pegado a todo el simbolismo del macho proveedor. El lenguaje es androcentrista. Por eso cuando en un grupo de mujeres hay un solo varón, se dice “todos” y nadie se queja. Si la cuestión fuese al revés (un grupo de hombres y una sola mujer), ningún varón aceptaría ser nombrado dentro de un “todas”. Esto es así porque el lenguaje está escrito y pensado desde la masculinidad. Basta con ver cómo priman los hombres en la RAE, la Academia, la literatura.

Cuando yo me presento como “Lohana Berkins, travesti”, me estoy nombrando porque sé que nadie más me va a nombrar. Es mi forma diaria de poner el lenguaje androcéntrico en tensión, de hacerlo un poco más inclusivo. Cuando se empezó a plantear la inclusión también en el lenguaje, se adoptó el “nosotras y nosotras” y fueron muchos los que se burlaron (sin ir más lejos, Jorge Lanata se sigue burlando hasta el día de hoy con sus imitaciones del “todos y todas” de la Presidenta). Nosotras hicimos nuestro aporte y al nosotros y nosotras le sumamos el nosotres. Yo también tengo mis recaudos con el nosotres y el todes. No estoy de acuerdo con ese orden que en general aparece en el “todos, todas y todes”. Me parecería mejor decir simplemente “todes”. Porque, si no, se está relegando a todo lo que queda fuera de la “o” y de la “a” a lo periférico. Se reproduce la jerarquía: hay un “él”, un “ella”, y todas las sobras, todos los restos, terminan en el “todes”. El lenguaje es un monolito que no admite fisuras. Entonces cuando una fisura aparece (como ese “todes”), se la banaliza. Es muy importante que esto se empiece a resquebrajar en la educación, en el ámbito de la escuela. Porque si vamos a seguir con el mismo rezo de “mamá amasa la masa y papá construye la casa”, mejor nos retiramos.

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