turismo

Domingo, 12 de agosto de 2007

SANTA CRUZ > PARQUE NACIONAL PERITO MORENO

Un mundo desconocido

Bosques de lenga, dos sistemas lacustres, un área de estepa patagónica, gran cantidad de restos fósiles y una variada fauna fueron motivo suficiente para crear, en 1937, el Parque Nacional Francisco P. Moreno. Este parque –no confundir con el de Los Glaciares, al sudoeste de Santa Cruz y donde se encuentra el glaciar Perito Moreno– se ubica en el centro-oeste de la provincia, es uno de los menos conocidos del país y no se visita en invierno.

 Por Mariana Lafont

Debido a su particular ubicación, el parque Perito Moreno posee un extenso territorio montañoso recortado por valles que, visto desde la entrada, parece una pintura enmarcada por un desfile de cerros y montañas que forman un anfiteatro natural. Su clima es impetuosamente frío. Las temperaturas rara vez superan los 15 grados en verano, en invierno bajan hasta los -30 grados y en pleno febrero una nevada puede sorprender a más de uno. Sin embargo, su principal protagonista es el constante viento que, día tras día, hostiga la región con sus gélidas ráfagas provenientes de los macizos andinos del Oeste. Su suelo es tan seco y áspero que en algunas zonas semeja un gigantesco rompecabezas compuesto por miles de piezas quebradizas. La vegetación dominante es baja y rala y, finalmente, el acceso al parque es bastante dificultoso. Quizá sea ésta la razón por la cual permaneció olvidado durante mucho tiempo. Ahora bien, ¿por qué ir a un lugar tan poco acogedor para el viajero? Quizá la respuesta esté en los mismos motivos que transforman este parque en uno de los lugares más inhóspitos, solitarios y menos visitados de la Argentina.

Lagos enlazados

Como si estuvieran hilvanados por un filamento invisible, los lagos del parque se suceden unos a otros formando dos importantes cuencas lacustres: la del Burmeister y la del Belgrano. La cuenca del agitado lago Burmeister desagua en el Atlántico a través del estuario del río Santa Cruz, al que llega luego de haber atravesado toda la Patagonia, mientras que la cuenca del lago Belgrano desagua en el Pacífico a través de una intrincada red hidrográfica. El primero fue bautizado homenajeando al naturalista alemán Carlos Germán Burmeister por sus exhaustivas descripciones de fauna, flora, geología y paleontología de varios países sudamericanos, pero en especial de la Argentina. Este lago de aguas color plomizo parece estar inmerso en un remolino de viento permanente que todo lo envuelve y cuyo resultado salta a la vista: lengas ladeadas para siempre.

Al lago Belgrano entra una pequeña península de suaves y rocosas ondulaciones –unida al continente por un breve y estrecho istmo–, donde habitan manadas de guanacos salvajes. Hasta estas aguas llegó hacia 1899 otro gran explorador: Clemente Onelli. Este simpático italiano arribó a Buenos Aires en 1889 y se relacionó con el perito Moreno quien, a su vez, lo nombró colaborador en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Luego secundó al perito en una expedición a Patagonia trabajando en la cuestión de límites con Chile. En 1904 fue nombrado director del Jardín Zoológico, donde se desempeñó hasta su muerte en 1924, transformándolo en uno de los mejores parques de América.

De pioneros y estancias

Mucho tiempo atrás, varias fueron las estancias activas en esta desolada región. Las más conocidas son La Oriental –actualmente en funcionamiento–, La Belgrano y El Rincón. De las tres, la más remota era El Rincón, cuya gestión fue confiada a Don Cofré, un encargado de origen araucano que resultó excelente colaborador para las expediciones de montaña que iban apareciendo cada vez con más frecuencia. Además de dar alojamiento y víveres, transportaba la carga con pilcheros a lugares apropiados para acampar y enseñaba caminos que sólo él conocía y así se transformó en un referente para escaladores de todo el mundo. Y gracias a él tuvieron la suerte de ver cómo era la vida en una estancia de la lejana Patagonia e imaginar cómo habría sido, cien años antes, la dura existencia de los pioneros. Por largo tiempo, este buen hombre se sintió a gusto viviendo en aquel remoto confín y a pesar del aislamiento había logrado aprender a leer y escribir por sus propios medios. Sin embargo, el araucano deseaba un futuro mejor para sus nueve hijos, menos sacrificado y con mejores perspectivas de trabajo, así que finalmente abandonó la tierra. Pero Don Cofré no fue el único. La cambiante situación económica que afectó a la Patagonia hizo disminuir las ganancias de la cría de ganado y forzó a muchos otros colonos a partir.

La Oriental

Esta estancia es la más antigua de la región y está privilegiadamente ubicada dentro del mismo parque, rodeada de ventisqueros y altas cumbres. Su origen se remonta a 1915, cuando fue poblada por un uruguayo (de ahí de su nombre) pero, en 1969, los hermanos Lada (de lejano origen ruso) compraron a los herederos 16 mil hectáreas para cría de ganado ovino y continuaron la actividad. Pero hacia 1993 la lana había dejado de rendir, el turismo era una alternativa interesante y los dueños finalmente la reconvirtieron al agroturismo. Para ello, los Lada reacondicionaron la casa, transformándose en la única posibilidad de alojamiento en la zona. Su casco se encuentra a escasos metros del lago Belgrano y en él se pueden observar las viejas instalaciones del galpón de esquila, los corrales, los baños de ovinos y las quintas como fieles testigos de la historia ovejera.

Para los amantes de las alturas, el desafiante cerro San Lorenzo –fuera del parque, pero la mayor altura de la Patagonia austral argentina con 3706 msnm– constituye un reto tentador. Mucho tiempo atrás, en 1942, la cumbre de la soberbia montaña fue alcanzada por el notable padre montañista Alberto De Agostini, coronando cincuenta años de exploraciones en la región.

Para quienes gustan de los paseos sencillos, desde la estancia se puede ir a la península del lago Belgrano, al lago Burmeister, a los rápidos del río Lácteo y al cerro Gorra de Vasco (1140 msnm). También vale la pena visitar la condorera –a sólo 2 km– y luego ir al cerro León, desde el cual se tiene una increíble vista con grandes cóndores sobrevolando el espectacular panorama. En cambio, los amantes de la adrenalina pueden ir a la Piedra Clavada y a las Murallas de los Césares, donde descubrirán fascinantes paisajes lunares.

Más allá de todo lo que el parque Perito Moreno tiene para ofrecer, la clave está en que es un sitio diferente y fuera de lo común. Aquí no sólo se aprecian bellísimos paisajes sino que al poner un pie en este suelo, una vibrante sensación penetra el cuerpo y nos anuncia que hemos llegado a un mundo desconocido, único e irrepetible.

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Guanacos salvajes al galope en la península que se interna en el lago Belgrano.
Imagen: Mariana Lafont
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