turismo

Domingo, 27 de enero de 2008

CEMENTERIOS FAMOSOS > RECOLETA Y PèRE LACHAISE

Moradas de elite

En Buenos Aires y en París, los cementerios de Recoleta y Père Lachaise están entre los más visitados del mundo, “hermanados” a su vez por sus estilos arquitectónicos y por albergar tumbas célebres como las de Evita, Jim Morrison, Oscar Wilde, Balzac, Marcel Proust, Chopin y Balzac.

 Por Mariana Lafont

Pisar un cementerio nunca resulta indiferente. Por rechazo o atracción, la simple mención del término siempre genera alguna reacción y más aún si la idea es recorrerlo a pie. Los cementerios son un elemento más de la ciudad y a través de ellos se pueden percibir hábitos y costumbres del lugar y su gente. Son sitios interesantes, dignos de ser visitados y, aunque suene paradójico, muchas personas se sienten “cerca” de grandes celebridades idolatradas, por el simple hecho de ver su tumba.

Tanto Père Lachaise como Recoleta son la morada de muchos destacados personajes históricos, políticos y artísticos. Al ser el lugar de descanso elegido por la elite, la estética y la ostentación ocupan un lugar preponderante que se manifiesta a través de las magníficas bóvedas construidas por los mejores artistas de cada época. Y el resultado es una combinación perfecta entre un museo de arte e historia, ya que allí descansa un sinfín de personalidades que, en el caso de Recoleta, incluyen a la mayoría de los presidentes argentinos.

Un ángel triste decora los sofisticados panteones del Cementerio de Recoleta.

En la reina del plata

Cuando Buenos Aires era tan sólo una pequeña aldea colonial, los primeros enterratorios se ubicaban alrededor de la Plaza Mayor, en la Catedral y cuando el templo no alcanzaba se usaba el terreno contiguo o camposanto. Las inhumaciones seguían una rígida estratificación social, destinando lugares cercanos al altar a las clases pudientes, mientras que pobres, esclavos e indígenas iban a zanjones y baldíos. Con el correr del tiempo la urbe fue creciendo, los enterratorios escaseaban y en 1821 se hizo una gran reforma, inaugurando en 1822 el primer cementerio público de Buenos Aires: el Cementerio de Recoleta. En principio sólo aceptaba católicos, pero desde 1863 aceptó otros credos. Luego el cementerio cayó en estado de abandono hasta que, en 1881, el primer intendente de la ciudad, Torcuato de Alvear, encomendó al arquitecto Buschiazzo su remodelación, dándole su aspecto actual. Y el camposanto fue el elegido de la elite, ya que desde 1871 las clases altas habían migrado del sur al norte de la ciudad debido a la epidemia de fiebre amarilla.

Ocupa cuatro manzanas, cuenta con alrededor de 6 mil sepulcros a perpetuidad y más de 70 bóvedas: son el Monumento Histórico Nacional. Como una ciudad en miniatura y con aires de laberinto, las callejuelas se suceden y entremezclan con algunas arterias principales, más anchas y despejadas, por las que transitan cientos de turistas –en general extranjeros– que visitan el cementerio y se sorprenden con esta joyita artística en plena Sudamérica. Y lo que más les llama la atención son los féretros expuestos en el interior de las bóvedas, que en la mayoría de los otros países no suelen verse.

Entre los datos curiosos de este interesante sitio cabe destacar que la tumba más antigua, desde la remodelación de 1881, es la de Remedios de Escalada de San Martín, esposa del héroe patrio. Una de las más originales tiene forma de gruta y en ella descansaban los restos del Gral. Tomás Guido, hasta el centenario de su muerte, cuando fue trasladado a la Catedral junto al Gral. José de San Martín. La bóveda fue construida por uno de sus hijos, el poeta Carlos Guido Spano, con sus propias manos. Sin embargo, la que todos los turistas desean ver y, por ende, la más visitada es la de la familia Duarte. El personaje de Evita, mundialmente conocido, despierta la suficiente curiosidad para querer acudir al lugar donde su cuerpo encontró el descanso eterno, luego de algunos años de fallecida y de haber deambulado su cadáver por diferentes puntos del globo.

Tumbas al estilo griego, una constante en la arquitectura del Cementerio Père Lachaise.

En la ciudad luz

Los orígenes de Père Lachaise se remontan al siglo XII, cuando la colina donde está el célebre cementerio sólo era un vasto viñedo que pertenecía al obispo de París. En 1430, un adinerado comerciante compró la tierra y erigió una suntuosa residencia. Recién en 1626 los jesuitas adquirieron la propiedad y establecieron un lugar de retiro. De todos los sacerdotes el más famoso fue François d’Aix de La Chaise (conocido como “Père Lachaise”, padre Lachaise) por ser confesor, durante 34 años, de Luis XIV. Gracias a la generosidad del llamado “Rey Sol”, los jesuitas pudieron extender y embellecer sus dominios. Sin embargo, la bonanza duró poco y en 1763, al ser expulsados, sus dominios fueron cambiando de dueño hasta que en 1803 quedaron, finalmente, en manos de la ciudad. Poco tiempo después de la expulsión, se sancionó una ley que prohibía los cementerios dentro de la ciudad y comenzaron a cerrar los antiguos enterratorios, faltando de ese modo espacios para sepultura. Luego, Napoleón Bonaparte decretó que todo ciudadano tenía derecho a ser sepultado y a tal fin se crearon cuatro nuevas necrópolis fuera de los límites de la ciudad: Passy al oeste, Montmartre al norte, Montparnasse al sur y el cementerio del este, donde antes habían estado los jesuitas.

Brongniart, arquitecto del Palacio de la Bolsa, lideró las refacciones del Père Lachaise basándose en el diseño de los jardines ingleses, mientras que la entrada principal y la capilla fueron obra del arquitecto Etienne–Hippolyte Godde. La idea era hacer un parque funerario de espíritu romántico y abierto al paseo público.

A Oscar Wilde los fanáticos lo comen a besos en su tumba parisina.

La inauguración oficial fue el 21 de mayo de 1804; sin embargo, los parisinos no veían con buenos ojos ser sepultados en una colina, en las afueras de París y, para colmo de males, dentro de un barrio pobre. Para revertir la situación, el alcalde de París decidió cambiar la imagen de Père Lachaise y darle cierto glamour, transfiriendo allí los restos de algunos muertos queridos y respetados. Los elegidos fueron los célebres amantes Abelardo y Eloísa, además de Molière y La Fontaine. La estrategia fue un éxito y la suerte del cementerio cambió, pasando de las escasas 833 tumbas que había en 1812 a 33 mil en 1850, mientras su superficie pasaba de 17 a 43 hectáreas. En la actualidad cuenta con 70 mil sepulturas, 5300 árboles y miles de visitantes que lo convierten en la “atracción” más popular de la Ciudad Luz luego de la Torre Eiffel, el Louvre y Notre-Dame.

Entre los hechos históricos que se destacan en el cementerio están los de la Comuna de París cuando, entre el 21 y el 28 de mayo de 1871, algunos de los comuneros fueron fusilados en el actual Muro de los Federados dentro del mismo cementerio.

El museo es casi una ciudad dentro de otra, con cientos de calles y recovecos bendecidos por la sombra de sus árboles. Conviene ir con mapa en mano si la idea es visitar algunas tumbas imperdibles, o de lo contrario la sucesión de curvas y rincones hará inevitable perderse, lo cual tiene de todas formas el encanto de andar a la pesca de alguna sorpresa.

Frederic Chopin, un romántico de la música cubierto de flores.

Un Jardin-Panteon

Père Lachaise es una suerte de “jardín-panteón”, al punto tal de ser el espacio verde más importante de París, luego de los bosques de Boulogne y Vincennes. Allí moran cientos de pájaros que han hecho de las alamedas de castaños su hogar. Los sepulcros son más bien pequeños y discretos, y sólo la gran cantidad de cartas y flores de admiradores alertan que en cierto lugar está enterrada una celebridad. Sin embargo, cualquier protestante, judío, musulmán, budista, ortodoxo o ateo, puede ser enterrado en Père Lachaise y en la actualidad se han incrementado las tumbas de chinos debido al aumento de la población oriental. El cementerio es un verdadero paseo en el que la naturaleza se conjuga con un incesante desfile de obras de arte, transformándolo en un museo de arte al aire libre. Muchos artistas como Etex, David d’Angers, Bartholdi, Landowski, Dalou, Gallo, Leducq, han desplegado su talento en la escultura funeraria. La diversidad de tumbas es la esencia de este “cementerio-museo” en el que se pueden apreciar todos los estilos, corrientes, épocas, técnicas y materiales empleados desde hace más de cien años. Pocos son los lugares en el mundo donde se concentra tal cantidad de grandes artistas: Oscar Wilde, Edith Piaf, Honoré de Balzac, Apollinaire, Maria Callas, Marcel Proust, Frederic Chopin, Delacroix, Molière, Jim Morrison y muchos otros. En el caso de este último, se dice que “no es el más querido del cementerio” debido a que la tumba del líder de The Doors se convirtió en lugar de peregrinación de cientos de fanáticos que perturban la calma de un lugar que, a fin de cuentas, no deja de ser un cementerio. El sepulcro de Oscar Wilde se destaca no sólo por estar inspirado en toros alados asirios sino por los cientos de besos grabados de admiradoras y admiradores que lo recubren de un popularidad que no tuvo al momento de morir de meningitis en París, en la miseria, luego de pasar dos años de trabajos forzados por el “delito” de homosexualidad.

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