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Domingo, 21 de septiembre de 2008

HISTORIAS AUSTRALES > EL FARO DEL FIN DEL MUNDO

La linterna mítica

En 1884 se instaló en la Isla de los Estados el primer faro que iluminó las aguas en el extremo sur del país. Años después, el San Juan del Salvamento pasaría a la fama como El Faro del Fin del Mundo, porque en él se basó Julio Verne para escribir su célebre novela.

 Por Pablo Donadio

El sol iba a desaparecer detrás de las colinas que limitaban el horizonte hacia el oeste. El tiempo era hermoso. Por el lado opuesto, algunas nubecillas reflejaban los últimos rayos, que no tardarían en extinguirse en las sombras del crepúsculo de bastante duración en el grado 55 del hemisferio austral.

En el momento en que el disco solar mostraba solamente su parte superior, un cañonazo resonó a bordo del “aviso” Santa Fe, y el pabellón de la República Argentina flameó.

En el mismo instante resplandecía una vivísima luz en la cúspide del faro construido a un tiro de fusil de la bahía de Elgor, en la que el Santa Fe había fondeado.

Dos de los torreros del faro, los obreros agrupados en la playa, la tripulación reunida en la proa del barco, saludaron con grandes aclamaciones la primera luz encendida en aquella costa lejana.

(...) Aquí tienes la Isla de los Estados con su faro, que todos los huracanes no lograrían apagar. Los barcos lo verán a tiempo para rectificar su ruta, y guiándose por su claridad se librarán de caer en las rocas del cabo San Juan, de la punta Diegos o de la punta Fallows, aun en las noches más oscuras... Nosotros somos los encargados de mantener el fuego, y lo mantendremos...

Así comienza El Faro del Fin del Mundo, la célebre novela de Julio Verne que también llevó a la fama al San Juan del Salvamento, el primer faro que iluminó las aguas del extremo sur. Pero más allá de la notable ficción literaria, ¿cuál es la historia real?

ESTACION DE SALVATAJE La lámpara de aceite que proyectaba luz a través de una ventana-lupa emplazada en la Isla de los Estados se convirtió en 1884, en el único destello austral. Separado de Tierra del Fuego por un estrecho agitado y borrascoso, el San Juan de Salvamento tenía la nada despreciable función de “estación de salvataje”. Su brillo era el único indicio de tierra cercana que tenían los navegantes y la última referencia antes de lo desconocido: la Antártida.

Desde su pedestal guió barcos que vieron allanado el camino hacia el océano Pacífico y su regreso a salvo al continente. Algunos relatos hablan de la presencia en la zona del faro, de piratas que utilizaban a fines de 1800 unas señales falsas para guiar a los buques hasta sus propias manos cuando había tormenta. El encendido del Faro del Fin del Mundo cambió la seguridad en la navegación de la zona y puso fin a estos actos delictivos, aunque no pudo evitar todos los naufragios en una zona verdaderamente complicada para la navegación. Uno de los tesoros mejor guardados es el libro de guardia del faro, que registró, al poco tiempo de haber sido construido, 102 fragatas y 80 barcas en un año, lo que da cuenta de la enorme actividad del lugar. En materia de rescate, se cuenta que cuando alguna embarcación era víctima de las olas gigantescas o de alguna roca imprevista, los fareros y los marineros de la subprefectura naval cercana salían al auxilio de inmediato.

Pero hacia 1902 los fareros ya no fueron necesarios. Un grupo de expertos determinó que la ubicación del San Juan del Salvamento no era la ideal porque la proximidad de algunas islas entorpecía la visión de su linterna. Así fue que, después de 18 años de servicio, la luz del faro dejó de brillar. Sin mucha pena se lo mandó a retiro, y fue reemplazado rápidamente por el faro Año Nuevo, ubicado unos kilómetros más el norte en la isla Observatorio.

EL REGRESO Pero todo grande sabe de regresos. Casi un siglo después, el contraalmirante Horacio Fisher, junto con Carlos Vairo, director del Museo Marítimo de Ushuaia y su colega del museo del Fin del Mundo, Oscar Zanola, decidieron rescatar los restos del San Juan del Salvamento y construir e instalar una réplica en la capital fueguina. En 1995, se firmó un convenio entre los museos y la Armada Argentina para realizar el relevamiento histórico del faro y los fareros, el muelle, la subprefectura y el personal asignado a ese destino, para rescatar también su memoria. A principios de 1997, el rompehielos Almirante Irízar atracó en el puerto de Ushuaia con los restos del faro a bordo y unos meses después se inauguró la réplica del Faro del Fin del Mundo.

Al año siguiente la sorpresa fue mayor: una donación de un grupo de franceses posibilitó que el Servicio de Hidrografía Naval lograra reencender el faro. Casi 96 años después de su retiro, una moderna luz alimentada con paneles solares volvió a brillar. Hoy el faro se encuentra remodelado y reubicado sobre los acantilados del monte Richardson, a 900 metros de altura, en la costa norte de la isla.

Como si hubiera cumplido con el mandato de Julio Verne “...el faro que todos los huracanes no lograrían apagar”, la caseta octogonal de madera del San Juan del Salvamento ilumina otra vez los mares del sur.

LA CONFUSION

“Muchos suelen confundir el Faro del Fin del Mundo con el faro Les Eclaireurs, pero el primero es el de la historia de Verne, al que hoy es muy difícil llegar. El faro Les Eclaireurs está en una isla rocosa muy visitada en las excursiones náuticas de la zona, pero no es lo mismo”, explica la Lic. Andrea Barrio, de la Dirección de Promoción y Difusión de Ushuaia.

El faro Les Eclaireurs (los exploradores) es el vigía de la bahía de Ushuaia, un icono inmóvil en las movidas aguas del canal de Beagle, que indica el abrupto corte con el mundo conocido y la entrada a los mares y hielos más vírgenes. Frecuentemente es promocionado como el Faro del Fin del Mundo por muchas excursiones que proponen la visita al canal desde Ushuaia, llegando con un catamarán a su esbelta estructura. Una gran diferencia es que este faro no se encuentra habitado, y su enorme torre pintada en rojo y blanco alcanza los 11 metros de altura, donde se ubica una pequeña garita. Su luz es proporcionada por paneles solares, y se emplaza en un islote peñascoso apenas 22 metros sobre el nivel del mar. Allí es posible observar cormoranes y lobos marinos que aprovechan la posta para descansar, y la típica danza grupal de aves sobrevolando el “otro faro”.

LA PLUMA PRODIGIOSA

Una de las dos únicas piezas de la primera edición francesa de Le phare du bout du monde (El Faro del Fin del Mundo) de Julio Verne que se conocen en el mundo se exhibe con orgullo en la biblioteca del Museo Marítimo de Ushuaia. El antiguo volumen editado en 1905, tras la muerte del francés, luce estelarmente dentro de una vitrina del hall de ingreso al recinto y se lleva todas las miradas de los visitantes locales e internacionales. En su portada reza el título en latín, escrito en óvalo y con letras doradas, y es lo único disponible a la vista tras los firmes vidrios que resguardan la obra. Hay quienes aseguran que el célebre novelista conocía la zona, aunque no habría llegado a visitarla en persona. Otros dicen que fue su lectura y la observación de los mapas de la época, sumados a los relatos de algunos viajeros, los que le dieron precisiones sobre el tema. En su texto menciona varias veces a la Isla de los Estados, incluso nombra “latitudes de cincuenta y cinco grados del hemisferio austral”, una ubicación muy cercana al lugar donde se emplazó realmente el faro.

El libro, que relata la historia de tres argentinos a cargo del Faro del Fin del Mundo y que deben luchar contra un puñado de piratas, fue donado por el Centro de Documentación Julio Verne, de la ciudad de París.

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La caseta octogonal de madera del faro sobre los acantilados de la Isla de los Estados.
Imagen: Facundo Santana
 
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