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Domingo, 25 de enero de 2009

ITALIA > LA LEGENDARIA CIUDAD SOBRE EL TIRRENO

O!, dolce Napoli

El Mediterráneo, el sol y un volcán. Música lírica y canzonette. Armonía y caos. Nápoles, la “ciudad partenopea” y la capital de la pizza es un mundo en ebullición asomado a una de las más bellas bahías de Europa.

 Por Graciela Cutuli

Un día de 1896, en la fría Odessa, el músico napolitano Eduardo Di Capua se levantó temprano después de una noche de concierto para asistir a la salida del sol sobre el Mar Negro. Eran los años en que los músicos más populares de Nápoles eran invitados a tocar en las principales cortes de Europa, en este caso la del joven zar Nicolás II. Di Capua, que sólo estaba de paso, llevaba en el bolsillo unos versos escritos por el letrista Giovanni Capurro; y quiso el capricho de la inspiración, sumado a la nostalgia, que fuera un alba en el Mar Negro quien diera origen a la más célebre canción napolitana, aquella cuyos acordes remiten de inmediato, en cualquier lugar del mundo, al diáfano brillo del sol de Nápoles: “Che bella cosa na jurnata ‘e sole, / n’aria serena doppo na tempesta! / Pe’ ll’aria fresca pare gia na festa... / Che bella cosa na jurnata ‘e sole” (“Qué bello es un día de sol / el aire sereno después de la tormenta / por el aire fresco parece ya una fiesta / qué bello es un día de sol). Algunos años después, Marcel Proust, al escuchar la canción en boca de un gondolero, durante un viaje a Venecia, recordaría que “cada nota que la voz del cantante lanzaba, con una fuerza casi muscular, me golpeaba directo en el corazón. Proclamaba mi soledad y mi desesperación”... Es que cada nota de “O sole mio”, cantada tanto por anónimos gondoleros como por Caruso, Pavarotti, Elvis Presley o Frank Sinatra, parece transmitir inmaterialmente la belleza conmovedora del golfo napolitano, dominado por la silueta del Vesubio, y querida por la leyenda como tumba de la sirena Parténope.

LA CIUDAD GENTIL Con Nápoles no hay medias tintas: se la ama o se la odia, pero, ¿cómo serle indiferente? “No nos une el amor sino el espanto”, dijo Borges de Buenos Aires, y muchos napolitanos podrían decir lo mismo de esta ciudad a la vez artística y caótica, luminosa y oscura, noble y popular. Ciudad de fútbol, donde aún se idolatra a Maradona, y de música, exportada a todo el mundo en las melodías de “O sole mio”, “Torna Surriento”, “Santa Lucia” o “Funiculí, Funiculá”, por recordar sólo algunas de aquellas canciones cuya melodía siempre se conoce, aunque no se pueda descubrir la letra, ni la procedencia. Ciudad de acento difícil, si los hay, y de ribetes novelescos y legendarios: no en vano se dice que la “ciudad nueva”, Neapolis, fue fundada sobre la “ciudad vieja”, Paleopolis, pero conservó durante siglos las usanzas griegas, reinventándose a sí misma durante los años del Imperio Romano, la dominación bizantina y la dinastía aragonesa. Para el Quattrocento, cuando Italia irradiaba cultura hacia toda Europa, Nápoles se había transformado en una capital “gentil”. No volvería a serlo plenamente hasta pasado el 1700, cuando Carlos de Borbón comenzó el reinado de su dinastía, hasta el fin en 1860 con el ingreso de Giuseppe Garibaldi.

Esta historia escasamente lineal dibuja un mapa en el que no siempre es fácil orientarse: en Nápoles, entonces, no está mal dejarse llevar un poco, estudiar las guías como buen turista, pero también cerrarlas para que sean simplemente las calles, con su tránsito desordenado y sus transeúntes locuaces, quienes vayan marcando el rumbo. Jalonado, aquí y allá, por aquellos lugares imperdibles que hacen a la historia y al alma de la ciudad.

BAHIA DE MARAVILLAS El golfo de Nápoles cierra sus brazos sobre el Tirreno como si quisiera abrazar lo más azul del mar. Allá a lo lejos, las islas de Ischia, Capri y Procida completan el panorama y generan en el puerto de la ciudad –donde antiguamente amarraban los transatlánticos– un intenso tráfico turístico. No menos intenso es el tráfico de Castel Nuovo, que es a la vez el corazón de la capital antigua y el centro administrativo de la Nápoles moderna. Aquí levanta su silueta regia el Palazzo Reale, con su espectacular fachada de 169 metros de largo sobre la Piazza Plebiscito: en una de sus alas funciona la Biblioteca Nazionale Vittorio Emmanuelle II, la más importante del sur de Italia, guardiana de unos dos millones de volúmenes, entre ellos papiros de la destruida Ercolano y valiosos incunables. Muy cerca, el Teatro San Carlo –uno de los escenarios líricos más antiguos del mundo– es uno de los principales de Europa, dominado por un espléndido palco real donde campea el emblema del Reino de las Dos Sicilias. Nombres de privilegio como Rossini y Donizetti, que estrenó aquí Lucia di Lammermoor, fueron sus directores artísticos. Desde el teatro se divisa la cúpula de la elegante Galleria Umberto I, construida a fines del siglo XIX con una imponente cúpula vidriada, que se convirtió rápidamente en el punto de reunión favorito de los músicos napolitanos. Se entra o sale de la Galleria por la Via Toledo, tan animada hoy como siglos atrás, cuando sorprendía a los viajeros recién desembarcados en Nápoles: ¿qué mejor lugar que sus confiterías para probar la célebre sfogliatella con sello DOC?

En el centro de Nápoles no hay que perderse el célebre Café Gambrinus, por donde pasaron Guy de Maupassant y Oscar Wilde, entre los extranjeros ilustres; alguna vez punto de reunión de los opositores al fascismo, hoy recuperó el esplendor de la belle époque que caracteriza a los más atractivos cafés de Italia. Luego, a pasos del Palazzo Reale surge la silueta inconfundible de Castel Nuovo, iniciado por Carlos I en 1279, pero modificado completamente por Alfonso de Aragón a partir de su ingreso a Nápoles en 1443. En la fachada se destaca el blanco mármol del Arco del Triunfo, y en el interior la Capilla Palatina y la Sala de los Barones, aunque sin duda lo más espléndido es lo que pone sin saberlo la propia naturaleza: una espléndida vista sobre el Golfo de Nápoles y el legendario Vesubio.

LA VERA PIZZA Entre las muchas tentaciones de Nápoles, sus dulzuras –como la sfogliatella– no son las menores: desde siempre, la ciudad cultiva con maestría el arte de la buena mesa. Y no sólo para lo dulce: no hay que olvidar que Nápoles es la cuna de la vera pizza napoletana, aquella que tiene requisitos estrictos de elaboración y que se convirtió en la exitosa embajadora de la ciudad, y por extensión de Italia toda, en cualquier lugar del mundo. ¿Cómo es esta “auténtica pizza”? Sí o sí, amasada solamente a mano, de no más de 35 centímetros de diámetro, y no más de cuatro milímetros de ancho (y hasta dos centímetros en los bordes). Por supuesto, debe estar cocida en horno a leña, y preparada con tomates de San Marzano, que crecen a los pies del Vesubio, con aceite de oliva napolitano y blanca mozzarella de búfala. Los más puristas aseguran, además, que el aceite sólo debe verterse en el sentido en que giran las agujas del reloj... Por otra parte, hay que olvidarse de innovaciones poco adecuadas; sólo hay dos versiones verdaderas y certificadas por la asociación Verace Pizza Napoletana: la Margherita –donde la mozzarella, la albahaca y el tomate forman los colores de la bandera de Italia– y la marinara (que se elabora con tomate, orégano, ajo, aceite de oliva y albahaca).

CAPRI LA BELLA Más que unas horas o unos días, podría llevar una vida conocer y apreciar toda la complejidad de Nápoles. Pero el panorama jamás estaría completo si no se sale del populoso y bullicioso casco urbano para descubrir la belleza de sus islas: de ellas, la más emblemática es Capri, antiguamente favorita de Tiberio y Augusto, y hoy meca de miles de turistas que buscan descubrir con sus propios ojos el encanto increíble de esta roca enclavada en un mar de ensueño. En Capri se desembarca en la Marina Grande, conectada con las embarcaciones que van a Nápoles y otros lugares del golfo, y luego se llega rápidamente al centro de la ciudad a través de un funicular. Ni siquiera la cantidad de gente y el vaivén continuo de la famosa Piazzetta céntrica pueden quitarle encanto: las casitas medievales, las calles escondidas, la cúpula de Santo Stefano, y el aire fresco del mar que alivia las jornadas intensamente calurosas del verano, dibujan un panorama en el que no se sabe dónde termina el sueño y dónde empieza la realidad. En Capri quedan las ruinas de Villa Jovis, donde gustaba retirarse Tiberio, y la Villa del escritor Curzio Malaparte; la Certosa di San Giacomo y la bellísima Anacapri, otra ciudad situada sobre el Monte Solaro. Sin embargo, su imagen más bella y emblemática es la de los farallones que asoman sobre el azul y turquesa de las aguas del Tirreno, y desde luego la Grotta Azzurra. Se cuenta que la gruta fue “descubierta” por dos viajeros alemanes que viajaron a Capri en 1826, el escritor August Kopisch y el pintor Ernst Fries. Pero este descubrimiento no es exactamente tal: los pobladores ya la conocían –la llamaban Grotta di Gradola– y sobre todo le temían por las leyendas que la imaginaban poblada de seres fantásticos. Y fantástico es, sin duda, este agujero en la montaña que sólo recibe luz a través de una estrecha abertura a pocas decenas de centímetros sobre el nivel del mar: la misma por la cual tienen que entrar los turistas, en barquitas a remo que desafían el vaivén de las aguas para introducirse en un mundo mágico de luz y color. La belleza de la Grotta Azzurra no está en la cavidad en sí, ni en las extrañas formaciones que pudieran pender de sus paredes: está en el fascinante color del agua, que gracias a un curioso fenómeno de refracción brilla con un azul eléctrico indescriptible, imposible de reproducir en las fotos y postales que promocionan la famosa gruta. Claro que entrar no siempre es fácil: tienen que estar dadas todas las condiciones del clima, y a veces hay que esperar días para que esté todo a punto. Sin embargo, la espera lo vale. Ingresar en la Grotta Azzurra es como ingresar en un templo, cuidado celosamente por el Mediterráneo como un secreto tesoro entre la increíble belleza de los farallones y la costa. Un motivo más para creer en aquel célebre refrán según el cual “ver Nápoles... y después morir”.

DATOS UTILES

Se puede llegar a Nápoles rápidamente desde Roma, gracias a las numerosas vías de conexión (existen incluso visitas en el día desde Roma a Pompeya).

Por tren, la principal estación es la Stazione Centrale de Piazza Garibaldi, que permite llegar al resto de la ciudad a través del metro (de todos modos, es mejor evitar la zona al anochecer).

Si se quiere visitar directamente Capri u otra isla, conviene llegar a la estación de Napoli Mergellina, muy cerca de los embarcaderos.

Nápoles también está conectada con Roma y las principales ciudades de Italia por autobuses, a veces la mejor alternativa por precio y rapidez para llegar a las localidades más pequeñas. CTP y SITA son dos de las principales empresas.

Si se llega en avión al aeropuerto de Napoli Capodichino, muy céntrico, se pueden tomar luego buses que salen de la entrada de la aeroestación hasta los principales puntos de interés.

Para visitar la Grotta Azzurra, todos los días salen cada hora embarcaciones a motor desde la Marina Grande de Capri. Luego se pasa a botes más pequeños para ingresar en la gruta.

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La “ciudad partenopea”, donde se dice que estaba la tumba de la sirena Parténope. Al fondo, el Vesubio.

La isla de Capri, uno de los destinos más preciados de Europa, célebre por la Gruta Azul.
Imagen: ENIT. AGENZIA NAZIONALE ITALIANA PER IL TURISMO
 
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