turismo

Domingo, 25 de enero de 2009

MARRUECOS > VIAJE A MARRAKECH

La ciudad con cien mil palmeras

La milenaria Marrakech es uno de los destinos preferidos del tercer milenio. El contraste entre los colores ocres de la ciudad amurallada y los picos nevados del Monte Atlas conforma un paisaje único de calor ardiente y la ilusión del fresco de la nieve. Un itinerario por mezquitas, jardines y mercados que se inicia o concluye en la célebre plaza Djema El Fna.

 Por Felisa Pinto

Cuando se elige Marrakech como destino exótico, hay que saber que se está en lo cierto. Esta bella y singular ciudad nació al pie del Monte Atlas en el año 1070, como un oasis y en cuyo carácter permanece, al conservar cien mil palmeras, como rasgo de su personalidad. Fueron tribus guerreras africanas las que la fundaron y bautizaron, sin saber que en el siglo XXl se convertiría en uno de los más sofisticados lugares elegidos por ricos y famosos para pasar sus vacaciones lejos de la vida urbana y mundana de París, Nueva York, Berlín o Londres. Desembarcan en esta ciudad amurallada buscando el sol que se levanta por encima de esas paredes ocres, y la vista a los picos nevados del Monte Atlas, conformando un paisaje único de calor ardiente y la ilusión del fresco de la nieve.

Su privilegiada ubicación, su clima seco y soleado durante todo el año, atrae a los ingleses, suecos y alemanes en segundo lugar, ya que el primero está ocupado por los creadores del mundo de la costura francesa, que imitaron la ruta que abriera Yves Saint-Laurent hace 30 años, al fijar su residencia allí, durante su agitada vida, y después de su muerte, en 2008, cuando depositaron sus cenizas en los Jardines de Majorelle, en el corazón de la ciudad.

ARTES Y MERCADOS El propio Saint-Laurent solía decir que las diez puertas de la ciudad se abren como una invitación sublime a un itinerario que se inicia en la Koutoubia, una mezquita del siglo Xll que domina la ciudad desde sus 77 metros de altura. Desde allí se divisan los magníficos mausoleos saadianos donde reposan los restos de la dinastía saadiana y el palacio El Badia, edificado en el siglo XVl. También el edificio Dar Si Said, más moderno, convertido en museo de las artes marroquíes, que vale la pena visitar, antes de lanzarse a los mercados, plagados de tentaciones y réplicas de la sensibilidad islámica, realmente irresistible. Y antes de iniciar la búsqueda de trofeos y compras en los souks, una maravillosa aventura que no se agota, por suerte, en el constante y tedioso regateo de precios, tarea ímproba, que comienza siempre, cuando se confiesa la nacionalidad argentina y el dueño de la tienda perora sobre Maradona. A partir de entonces, hurgar en las pilas de ropas étnicas amontonadas en ese dédalo del consumo es parte del ritual del viaje. Entre los clásicos atuendos no se pueden resistir los sarouels, especie de bombachón masculino que las francesas usan como el máximo del chic, y las diversas versiones de djellabas y túnicas amplias y recatadas, pero sin llegar a propuestas fundamentalistas como la del chador. El blanco y el tono azul, “como el cielo protector” dicen ellos, son los preferidos por los viajeros. El complemento obligado y real alivio para los pies cansados son las babuches, suerte de chinela cerrada que deja casi medio talón afuera, realizada con telas de seda o algodones coloridos en tonos de naranja, rojo y amarillo. También existen en cueros repujados, o telas de lanas, elegidas para el frío de la noche marroquí, que se hace sentir en invierno cuando los vientos del Monte Atlas y sus nieves desplazan al sol implacable.

AROMAS Y SABORES Para éstas y otras compras típicas hay que encaminarse hacia la Medina. A la entrada de los souks se encuentra la célebre plaza Djema El Fna, corazón de la ciudad. Hay que sortear con espíritu alerta los miles de bicicletas apuradas, y motos ruidosas, en talante decididamente urbano, que en esas callecitas angostas hacen temer por la integridad física si no se presta atención. Superados los escollos, allí se desarrolla un espectáculo permanente día y noche, a cargo de artistas espontáneos y mucha gente ávida por degustar las carnes de cordero grilladas y las músicas de tamboriles islámicos. O saborear el tajine, comida guisada típica basada en esa misma carne con vegetales que se cuece en un recipiente de barro de forma cónica y constituye el principal souvenir, aunque se vuelva fatal a la hora del viaje de regreso a casa en un avión. Los que saben de cocina recomiendan no olvidar de incluir entre las mil especias maravillosas que allí se exhiben y huelen las ya conocidas y una primordial de la comida marroquí: la harissa, parecida al pimentón dulce y picante. En cambio, si se quiere profundizar en la artesanía del cuero, se puede ir al Barrio de los Tintoreros (Quartier des Tanneurs), donde están los artesanos que trabajan y tiñen los cueros con técnicas milenarias y ya están acostumbrados a un aroma fuerte y poco soportable para los neófitos.

UN ELEGANTE CIRCUITO En todo caso, en plan de turista, inmediatamente después de allí (nada mejor como antídoto olfativo) pasear por los Jardines de Majorelle, y respirar el aroma de jazmines que tanto amaba Saint-Laurent, y adonde reposa para siempre, luego de haber contribuido a su reparación y mantenimiento en su carácter de ciudadano ilustre. El lugar contiene un museo de arte islámico. Al atardecer, se pueden admirar los reflejos del pabellón de la Menara, en las aguas de un inmenso estanque, al pie de un parque sembrado de olivares, digno de Las mil y una noches. Este es el circuito que siguieron y convencieron a otros famosos de la alta costura, luego de Saint-Laurent, y los indujo a comprarse sus casas de verano en el barrio de la Medina llamado Moaussine, donde eligieron vivir Kenzo, Jean Paul Gaultier y el estilista de interiores argentino Hugo Curletto, entre otros. Allí se instaló también la galería de arte y moda de Alexandra Lippini, personaje hoy emblemático de la cultura moderna y coleccionista de vintage de decoración y moda. Todos ellos son el público obligado de lugares como el Ministerio del Gusto, en la plaza Fna, donde se encuentran reales trofeos del buen gusto de todos los tiempos, y de paso se puede tomar un fragante café con pâtisserie marroquí, en la Pâtisserie de Princes, donde existe el mejor ejemplar dulce del corne de gazelle, una versión similar y emblemática de nuestra medialuna.

HOTELES Y PAISAJES El hotel La Mamounia, otra huella iniciática de Saint-Laurent, está actualmente en obras, pero trata todavía de revivir sus glorias del pasado dentro de la mezcla de estilo art déco e islámico que aún se mantiene. Madonna, otra famosa adicta a Marrakech, elige, mientras tanto, el hotel Amanjena en La Palmaraie, con ese paisaje increíble de palmeras elegantes. Le Mansour es otro alojamiento de lujo, o el Bel Di Club, saliendo de la ciudad, con sus grandes piscinas indispensables en estas latitudes, especialmente si se tiene la imprevisión de ir durante julio o agosto, cuando es mejor abstenerse. El termómetro sube entonces a 50 casi seguro, día y noche.

Las excursiones y diversos circuitos revelan la belleza exótica en su esplendor, a partir de 30 kilómetros de Marrakech. Hacia el Este, cuando se puede encontrar el océano o al oeste, descubriendo mil paisajes diferentes. En la planicie, se topa el viajero con poblados bereberes, que dejan ver a lo no tan lejos, los picos nevados del Monte Atlas. Como en Ourika, donde los miércoles hay pintorescas ferias de ventas de burros y mercados artesanales francamente tentadores. Agora, en el valle del Dráa, tiene un fuerte del siglo Xl que domina el valle y queda casi en el borde del Sahara, que ofrece la magia y el misterio que anuncia la entrada al gran desierto.

Si se quiere continuar más lejos y gozar un paisaje de mar y casas blancas se llega a Essaouira La Blanca, lugar fascinante y ventoso construido en una isla casi rocosa, a 170 kilómetros de Agadir. Este lugar, la antigua Mogador, sirvió de paso a corsarios y filibusteros que tuvieron ciertos prestigios, hoy enaltecidos por flores como las mimosas plantadas para fijar las dunas, salpicadas por árboles fragantes como limoneros y cedros que encantan el paisaje, totalmente distinto de Marrakech. Pero bien vale la pena visitarlo.

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Las cumbres nevadas contrastan con las palmeras y el árido ocre de las murallas, bajo el azul absoluto del cielo.
 
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