turismo

Domingo, 8 de febrero de 2009

BARILOCHE > EXCURSIONES VERANIEGAS

Cuevas, cascadas y montañas

Todas las alternativas para el verano en los alrededores de Bariloche: la Isla Victoria, el Parque Nacional Bosque de Arrayanes, los cerros Otto, Tronador y Leones. Y un vertiginoso canopy en la Colonia Suiza.

 Por Julián Varsavsky

En enero y julio –está casi preestablecido– Bariloche se convierte en Brasiloche, literalmente copada por paulistas, cariocas, mineiros y bahianos. Por momentos uno parece transitar por las calles de alguna ciudad brasileña –la oportunidad es buena para practicar portugués–, aunque por supuesto queda espacio para los argentinos, quienes dejan de lado rivalidades futbolísticas y se integran muy bien con esos ruidosos vecinos a quienes se los reconoce de lejos ya por el colorido en el vestir.

Bariloche es el más clásico de los clásicos de la Patagonia exuberante y montañosa, al que nunca se deja de volver. Por eso, a continuación un informe con las principales excursiones en los alrededores de la ciudad que uno no se debería perder, o acaso repetir una y otra vez.

EN LA MONTAÑA TEHUELCHE a 15 kilómetros de Bariloche existe un antiguo volcán con tres cavernas que fueron hogar, taller y cementerio de comunidades tehuelches hasta hace 400 años. El lugar se llama Cerro Leones y se lo recorre con una sencilla caminata por la ladera de la montaña que permite ingresar en sus profundidades y observar el ambiente original que habitaron los aborígenes, tal como lo encontró el Perito Moreno en un legendario viaje de 1888:

“Continuamos al Sur el martes 10 de abril. Las morenas glaciarias rodean el lago por el oriente, dominado por el negro promontorio volcánico de Telque Malal, en cuyas cavernas descubrí en el viaje de 1880 un curioso cementerio indígena.” Aquel solitario viajero de la Patagonia armó un sector del Museo de Ciencias Naturales de La Plata con el contenido de las tumbas encontradas aquí. Y descubrió que en las cavernas solían dormir en aquel momento los “leones”, como se llamaba al puma americano.

La excursión al cerro comienza desde una agradable confitería con una vista panorámica de los cerros Catedral, Otto y Tronador, que rodean el lago Nahuel Huapi. Al comienzo un micro alcanza a los viajeros hasta un punto medio sobre la ladera, donde se sigue con un trekking seguro y tranquilo que recorre 500 metros hasta la primera caverna. Visto desde abajo, el Cerro Leones parece una fortaleza medieval con escarpadas paredes de piedra sobresaliendo en la planicie esteparia, con 325 metros de altura.

En su origen el cerro fue un volcán que estalló en un infierno de lava, pero no solamente a través de su cráter sino también por los costados, formando cavernas originadas de burbujas magmáticas que canalizaban los gases tóxicos. Hoy en día las paredes de la montaña parecen un hojaldre que se puede desarmar con la mano.

A los 15 minutos de caminata se llega a la primera de las cuevas que descubrió el Perito Moreno, “formada por dos salas oscuras, donde cavé a tientas y extraje un cráneo humano”, según documenta en los diarios de viaje. Los habitantes de estas cavernas pertenecieron a la etnia tehuelche, quienes por aquella época todavía eran nómadas –aun no utilizaban las tolderías– y llegaron a esta zona buscando su alimento principal que era el guanaco, el cual también les daba abrigo.

En esta caverna de 15 metros de profundidad sus habitantes tenían una temperatura más o menos estable durante todo el año, oscilando entre los 10 y 12 grados centígrados, por más que afuera estuviese todo nevado. En algún momento llegaron a vivir aquí entre 40 y 50 personas y el suelo estaba alfombrado con cuero de animales.

A la salida de la caverna el guía le explica a los viajeros sorprendidos que en un área de grandes piedras se encontraron los restos de un taller indígena al aire libre, donde había todavía unos picadores de piedra que servían para afilar el sílice y la obsidiana, con los que hacían puntas de flecha y de lanza. Las otras actividades que se realizaban en ese taller al aire libre eran las de curtiembre, para las que usaban raspadores con que le quitaban la grasa a los cueros. Diversas de estas herramientas se encontraron en el lugar –junto con restos de cuero– y algunas se exhiben en una vitrina de la confitería del lugar, aunque la mayoría está en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

El paseo continúa por una segunda caverna ubicada unos metros más adelante. Por los restos encontrados allí se cree que la habitó una familia que podría estar integrada por los descendientes de los habitantes de la caverna vecina, quienes por falta de espacio habrían recalado en este lugar. Entre los restos encontrados había elementos de cocina, pipas de arcilla, cucharas de madera, morteros y unas pinturas rupestres bastante borrosas cuyas guardas geométricas todavía se pueden ver.

La tercera cueva que se visita es la mayor, que por tener una abertura muy grande no fue habitada porque era fría e insegura ante el ataque de las fieras. De todas formas, junto a unas rocas apareció el atuendo de una machi, quienes eran las curanderas y guías espirituales de la comunidad. Antes de ingresar en la cueva el guía advierte que la última parte del paseo no es apta para claustrofóbicos, ya que se caminarán 130 metros hacia las profundidades. El lugar más divertido es cuando se llega a una especie de boquete muy angosto con un túnel por donde apenas se puede pasar a gatas. En total son sólo tres metros y del otro lado se abre una nueva sala con oscuridad absoluta. Pero cada viajero tiene su correspondiente casco con un foco en la frente que permite avanzar. Aquí el guía propone un juego: apagar las linternas y guardar un absoluto silencio en medio de la oscuridad sepulcral. La experiencia causa cierto pavor y los latidos de corazón se aceleran un poco hasta escucharse con nitidez. Pero el guía rompe el silencio arrojando una piedrita hacia adelante y se oye un “gluck” cuando se hunde en el agua. Entonces enciende su linterna y sorprende a todos al apuntar una lagunita al final de la sala. Según explica, unos buzos se sumergieron en ella hasta el origen de ese manantial en las napas subterráneas. Y encontraron otro pequeño túnel sumergido en el cual se internaron para descubrir del otro lado una sala más, como si se tratara del Viaje al centro de la tierra soñado por Julio Verne.

ISLA VICTORIA Al visitar la isla Victoria en medio de las prisas adolescentes de un viaje de egresados, uno se divierte hasta morir con los compañeros y en lo que menos se fija es en la belleza del paisaje. Es por eso que la isla Victoria merece una segunda oportunidad con el correr de los años, no para ejercitar la nostalgia sino para llevarse una mirada más profunda de la imponencia de sus paisajes y la riqueza histórica del lugar.

La excursión parte desde Puerto Pañuelo, en el kilómetro 25 de la avenida Bustillo. Desde allí la embarcación ofrece una visita guiada de medio día –puede ser de día entero también– atravesando las aguas del Nahuel Huapi. El trayecto en barco dura una hora cuarenta minutos y bordea todo el tiempo gran parte de esa isla angosta y alargada que mide 20 kilómetros de un extremo al otro.

Al desembarcar el guía hace un raconto de la compleja historia de la isla, descubierta por el hombre blanco en 1620 cuando el capitán Juan Fernández llegó hasta aquí buscando la mítica Ciudad de los Césares. Pero estuvo deshabitada hasta 1902, cuando el terrateniente Aarón Anchorena permaneció unos días en ella, quedando tan deslumbrado que a su regreso solicitó al Estado Nacional su usufructo.

Al año siguiente Anchorena se instalaba como arrendatario y comenzó a levantar edificaciones, abrió picadas entre la vegetación y limpió sectores de bosque para sembrar especies exóticas como la secuoya y el pino Oregón, además de animales como jabalíes, faisanes, ciervos y hasta osos, que servían para aumentar el atractivo como coto de caza que tenía el lugar. Salvo los osos, las otras especies proliferaron hasta hoy en la isla, alcanzando en el caso de los ciervos una comunidad actual de mil ejemplares.

El romance de Anchorena con la isla duró apenas una década –hasta 1911–, cuando el escritor Paul Groussac se burló de él en un diario de Buenos Aires refiriéndose a la “grandeur de pionero-colono-estanciero” que el terrateniente porteño había plasmado en la isla. Ofendido, Anchorena devolvió de inmediato las tierras al Estado y abandonó sus seis confortables cabañas, el aserradero, el astillero y el coto de caza.

EN LOS CERROS A 5 kilómetros de Bariloche está el Cerro Otto, a donde se sube por un largo teleférico hasta una confitería giratoria que atrae a muchísimos viajeros por sus increíbles vistas panorámicas. Tras los 360 grados de ventanales se ven pasar en cámara lenta el brazo Blest del lago Nahuel Huapi, la cordillera andina a pleno con los cerros Tronador, Catedral y López; el macizo Huemul, las islas Victoria, Huemul y Gallina, y los lagos Gutiérrez y Moreno. El lugar es ideal para ir con chicos, quienes disfrutan de un puente colgante entablonado que se agita a 7 metros de altura sobre un frondoso bosque de lenga. Y se ha inaugurado también una pista con una lona de 300 metros de largo, que sirve para que los niños se deslicen a toda velocidad sobre las laderas encima de unos gomones inflables.

Una de las excursiones más singulares desde Bariloche lleva hasta la base del Cerro Tronador –3478 metros– donde se divisa un glaciar de altura de color oscuro resultado de una acumulación de arena sobre el hielo. El Cerro Tronador es en verdad un volcán inactivo cubierto por siete glaciares de altura cuyos ruidosos desprendimientos de hielo son constantes, de allí su nombre de Tronador.

El Cerro Tronador está a 90 kilómetros de Bariloche –50 de ripio y 30 de asfalto– y se llega en auto particular o excursión por la Ruta Provincial 258, bordeando el lago Gutiérrez para enfrentarse al imponente Cerro Catedral. Luego se avanza por la margen Este del Lago Mascardi hasta un desvío de ripio que lleva al puente sobre el Río Manso. Luego de cruzar otro puente sobre el Arroyo Los Césares se suele estacionar en el Hotel Tronador para caminar hasta una cascada de 70 metros de altura.

Retomando la ruta se sigue por el Valle del Río Manso unos 15 kilómetros hasta un puesto de Gendarmería Nacional en el área de Pampa Linda –que permite las mejores vistas del Tronador–, donde hay un camping, una hostería y un restaurante. Desde Pampa Linda lo normal es caminar por el bosque unos kilómetros hasta el pie del Cerro Tronador –en cuyas alturas está el famoso glaciar llamado Ventisquero Negro–, donde se siente a la montaña tronar.

DATOS UTILES

Cerro Otto: la subida en teleférico cuesta $50 para los adultos www.telefericobariloche.com.ar

Isla Victoria: La navegación a la isla y el Bosque de Arrayanes cuesta $ 110 más la entrada al parque. www.turisur.com.ar

Cerro Leones: La excursión cuesta $ 42 los adultos y $ 30 los menores de 10 años. El transporte ida y vuelta desde Bariloche cuesta $ 16 y también hay un colectivo que llega al lugar (Línea 71 ramales Dina Huapi y Ñirihuau, que pasa cada media hora y tarda 40 minutos hasta el cerro). Si se llega a ir a la cumbre, la excursión dura dos horas y media en total. www.cerroleones.com Tel.: 02944 529909

Canopy en Colonia Suiza: cuesta $ 120 por persona ($ 40 el traslado desde la ciudad). www.canopybariloche.com

Cerro Tronador: La excursión cuesta $ 94 más $ 8 la entrada al Parque Nacional Lanín. www.turisur.com.ar

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De color canela, los troncos de los arrayanes conforman el paisaje de un cuento.

Las cuevas del Cerro Leones fueron el hábitat de una tribu tehuelche.

Los contraluces de las enormes secuoyas en la Isla Victoria.

Un vertiginoso salto de canopy sobre la copa de los árboles en Colonia Suiza.

Llegar en velerito a una playa escondida en la Isla Victoria, un secreto barilochense.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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