turismo

Domingo, 24 de enero de 2010

BRASIL > VERANO 2010

Playas “da felicidade”

Un recorrido de norte a sur por las arenas de Fernando de Noronha, Natal, Praia da Pipa, Jericoacoara, Porto Seguro, Trancoso, Arraial D’Ajuda, Itacaré, Porto Galinhas y Praia do Rosa. Y para organizar el viaje, todos los precios que estarán vigentes en los meses de febrero y marzo.

 Por Julián Varsavsky

Son siete mil kilómetros de arena blanca con playas para todos los gustos: en una isla; al borde de una bahía con forma de medialuna al pie de unos médanos; en medio de aldeas de pescadores o junto a una hilera de rascacielos. Algunas son silenciosas e intimistas, y otras bullen de actividad con grupos musicales ao vivo y torres de altoparlantes. “Falar do amor no Itapuá...”, canta Veloso sobre una playa bahiana; “Olha que coisa mais linda...”, escribió Vinicius acerca de una carioca que caminaba sobre la arena de Ipanema y se convirtió en el imaginario colectivo, para siempre, de “la garota de todas las garotas”. Es Brasil en su máxima expresión, a terra da felicidade, y hacia allí van alrededor de un millón de argentinos por año en busca de ese shock de felicidad que se le promete a todo aquel que ponga un pie en sus arenas ardientes. A continuación, once destinos de playa muy variados a todo lo largo de Brasil, con la información para poder elegir según el gusto de cada lector.

FERNANDO DE NORONHA Sin grandes lujos pero con mucho confort, las playas del archipiélago de Fernando de Noronha son, para muchos, las más hermosas de Brasil. Ubicada en el nordestino estado de Pernambuco, la isla es parte de un Parque Nacional Marino con una exuberante vegetación y una variada fauna, donde se permite la entrada de apenas 420 turistas al mismo tiempo para preservar el hábitat. Esto garantiza un nivel de tranquilidad que contrasta con la tradicionalmente ruidosa playa brasileña.

Desde la ventanilla del avión, la isla de Fernando de Noronha aparece solitaria en medio del océano, como un punto de color esmeralda rodeado por un anillo de arena y un mar azulísimo, a 545 kilómetros de la costa de Recife. Allí nadie se encontrará con nada parecido siquiera a un shopping, sino que respirará un ambiente bohemio, intimista y sin grandes luces. Las calles empedradas del poblado, desiertas la mayor parte del día, bajan suavemente por una ladera y mueren en el mar. Tampoco hay grandes hoteles sino pequeñas posadas, muchas de ellas casas de pescadores que ellos mismos han transformado para brindar hospitalidad. Hay un total de dieciséis playas y sus dones principales son la transparencia casi caribeña de las aguas y una tranquilidad extrema.

Ilha Grande: verdes morros y encantadoras bahías bajo el intenso sol tropical.

EL SAHARA BRASILEÑO El estado de Ceará, en el nordeste del país, encierra una región de kilométricas dunas que conforman un desierto junto al mar. En sus costas hay pueblitos de pescadores como Jericoacoara, que por su difícil acceso ha mantenido el raro encanto de lo virgen e intocado. Se accede desde Fortaleza, capital del estado, a través de un cansador viaje por caminos que atraviesan dunas y pueblitos costeros que parecen calcados uno del otro. Pero es un justo precio para llegar a Jericoacoara, un oasis en medio del desierto que sigue siendo una auténtica aldea de pescadores nordestinos con calles de arena y modestas casas con tejas rojas. Por sus calles revolotean las gallinas, y el medio de transporte por excelencia son los tropicales buggies, que junto con las 4x4 son los únicos vehículos que pueden atravesar las dunas.

LAS PLAYAS DE ITACARE Unos 70 kilómetros al sur de la ciudad bahiana de Ilheus, hay un serie de playas paradisíacas que se visitan tomando como base el pueblo de Itacaré. Como ha ocurrido con la mayoría de las nuevas playas de la región, las de Itacaré fueron descubiertas por los surfistas. Ahora ya tiene numerosos alojamientos que incluyen un lujoso eco-resort llamado Itacaré Village, semiescondido entre la vegetación.

En total hay veinte playas, algunas de ellas con restaurantes y muy concurridas en verano, y otras más apartadas con aguas prístinas y arenas blancas a las que se llega con una caminata de media hora. Lo llamativo de estas playas es que, a diferencia de otras del nordeste, no están precedidas por desiertos de dunas sino por una densa selva atlántica que crece sin dejar claros sobre las ondulaciones de pequeños cerros. En medio de esa selva serpentean pequeños arroyos formando cascadas que a veces caen sobre la arena de una playa.

UN PUERTO SEGURO La playa de Porto Seguro es la más grande y masiva de la llamada Costa do Descubrimiento, en el estado de Bahía. Pero allí precisamente reside su encanto para quienes la eligen. Tiene varias barracas de playa que son como grandes discotecas al aire libre, con escenarios donde todo el tiempo hay música en vivo y mucho baile de axé. Además hay una agitadísima vida nocturna, con fiestas que se organizan en esas mismas barracas junto al mar. Y no es todo, porque antes de esa salida de fiesta todos pasan por la passarella do alcohol, una larga peatonal donde a partir del anochecer se da cita todo el mundo para beber tragos fuertes en coloridos puestos callejeros instalados entre casas coloniales donde funcionan también negocios de venta de ropa y artesanías.

ARRAIAL D’AJUDA Casi al lado de Porto Seguro, cruzando el río Buranhem en una balsa, otra aldea de pescadores –que comenzó a cambiar cuando a principios de los ‘70 unos 300 hippies la eligieron como morada– se propone como destino playero. Ahora, muchos ex hippies y también ex yuppies paulistas establecieron aquí hermosas posadas rodeadas de naturaleza, manteniendo un poco la tranquila bohemia perdida en la bullanguera Porto Seguro.

Arraial d’Ajuda está entre Porto Seguro y Trancoso, y no sólo en un sentido geográfico sino también por su perfil. No es tan masiva como la primera ni tan exclusiva y tranquila como la segunda. Por otro lado, es esencialmente cosmopolita, ya que en sus calles se oyen muchas lenguas europeas y toda clase de acentos brasileños.

El pueblo se caracteriza por los barcitos donde se toca en vivo mucho reggae, forró y algo de rock’n roll, en lugar del a veces reiterativo axé para adolescentes de Porto Seguro. A Arraial, por ejemplo, se dice que van los mayores de 25. Y a partir de esa edad ya no hay muchos límites.

En las piscinas naturales de Porto Galinhas, los coloridos veleros ya son parte del paisaje.

PAZ Y AMOR Trancoso es otro destino alcanzado por el “tsunami” turístico que se dio en Porto Seguro. El proceso fue semejante, pero finalmente este balneario adquirió un perfil propio: por un lado no dejó de ser un pueblo; por otro, se convirtió en reducto exclusivo de artistas y gente de dinero de las grandes ciudades brasileñas.

A lo largo de casi cuatro siglos, Trancoso fue un apacible pueblito colonial que todavía conserva una muestra de las viviendas originales de adobe, hoy pintadas con vivos colores. Las casas se despliegan en dos hileras paralelas formando parte del famoso “cuadrado de Trancoso”, una especie de plaza central sin cemento que es el eje turístico del lugar con negocios de ropa de marca y restaurantes de alta cocina bahiana. El valor arquitectónico de estas pintorescas casitas y de la antigua Iglesia de Sao Joao dos Indios le valió a este sector una declaración como Patrimonio de la Humanidad.

PRAIA DA PIPA En Praia da Pipa, en el estado de Rio Grande do Norte, la vida transcurre al ritmo de los pescadores que proveen pesca del día a los restaurantes. Hace unos 15 años era un pueblito desconocido que apenas figuraba en los mapas provinciales, hasta que llegó un surfer y descubrió la combinación perfecta de un paraíso perdido entre la vegetación con una playa de grandes olas. Detrás vinieron sus amigos; luego los amigos de los amigos; hasta que apareció la primera posada y otras le fueron siguiendo los pasos... y ahora Pipa es una de las playas más comentadas de Brasil, con lujosas posadas que no pierden el encanto de lo pequeño a la sombra de la mata atlántica.

Pipa está de moda y en constante cambio, con un público que va desde hippies chic hasta millonarios que llegan en helicóptero a los más refinados spa. A un paso, hay también hostels para mochileros y posadas sencillas más accesibles, siempre con la infaltable hamaca en el porche. Mientras tanto, en los sofisticados restaurantes de la Avenida Baia dos Golfinhos reina un ambiente informal, donde los comensales cenan vestidos con ínfimas soleras o bermudas y ojotas.

NATAL A Praia da Pipa se llega desde la capital de Río Grande do Norte, bautizada Natal porque los portugueses la fundaron precisamente el día de Navidad en 1599. En esa ciudad está el aeropuerto, y por lo tanto hay quienes se quedan unos días en Natal antes de ir a Praia da Pipa. Aunque el perfil es muy diferente: en Natal, antes que pequeñas posadas como las de Pipa, hay grandes hoteles alineados junto a la playa.

Natal ofrece un acercamiento a una capital de estado nordestina, con rarezas como edificios art déco, una verdadera columna del Coliseo romano regalada por Benito Mussolini y un extrañísimo árbol de castañas de cajú que figura en el Guinness de los Records como “o maior cajueiro do mundo”. El árbol en cuestión crece de manera semi-rastrera ocupando 8500 metros cuadrados, y produce 80.000 castañas por año. Aunque las playas en la costa de Natal no son tan vistosas, hay otras más alejadas de la ciudad que equivalen a la típica playa paradisíaca brasileña.

¡Sorpresa! En las playas de Natal hay dromedarios que pasean a los turistas por las dunas.

PORTO DE GALINHAS Sesenta kilómetros al sur de Recife, en el estado de Pernambuco, en otro pueblito costero llamado Porto de Galinhas, se encuentran algunas de las playas más famosas de Brasil. Lo singular son las aguas increíblemente calmas, igual que en el Caribe, con piscinas naturales donde se puede hacer snorkel entre peces de colores a unos 100 metros de la costa. Hasta allí se puede llegar nadando, ya que la profundidad máxima no supera el metro y medio. Sin embargo, la mayoría llega en jangadas, una suerte de balsas con una vela esencialmente decorativa, ya que en realidad avanzan gracias a los remos que se apoyan en el fondo del mar como una pértiga.

PRAIA DO ROSA Quienes deseen ir a Brasil en auto pueden optar por Praia do Rosa, en el sur del país, a unas 17 horas de viaje desde Buenos Aires. Praia do Rosa queda en el estado de Santa Catarina, 70 kilómetros al sur de Florianópolis, semiescondida en una bahía de dos kilómetros que traza una extensa “U” de arena al pie de una cadena de morros. El balneario permanece ajeno a las grandes multitudes y hasta hace pocos años era también una aldea de pescadores y campesinos perdida en el mapa de Brasil. Allí surgieron unas 40 posadas, escondidas entre la vegetación de las montañas. Pero a diferencia de algunos otros destinos de playa en Brasil que crecieron perjudicando el entorno y la estética del lugar, aquí se han resguardado por ley las cualidades naturales de la playa, donde no hay un solo parador o barcito. Una particularidad de Praia do Rosa es que las mejores posadas están sobre la ladera de los morros, a 30 metros de la playa. En general lo que se ofrece son bungalows muy separados uno del otro, con una hamaca al frente para que el huésped repose a placer observando el mar. Y cuando dan ganas de ir a la playa, basta con descender por un senderito entre la vegetación.

CERCA DE RIO DE JANEIRO En Ilha Grande no se permiten autos ni hay veredas porque las calles, la mayoría de arena y algunas de adoquines, son peatonales. Y al no haber discotecas ni centros comerciales, y menos aun bancos o edificios, el encanto principal de Ilha Grande es la ausencia del ruido moderno. La dimensión auditiva de este microuniverso tropical de 192 kilómetros cuadrados se limita a la rompiente de las olas, los susurros del viento entre el follaje, el canto de los pájaros y la voz humana. La excepción son los tres autos que circulan por la isla: una ambulancia y un patrullero, que envejecen sin pena ni gloria, y un inevitable camión para la basura.

En Ilha Grande tampoco hay grandes hoteles sino agradables posadas de una o dos plantas a metros del mar, donde siempre atiende el dueño de casa. Quien desee un poco de movimiento dispone de algunos barcitos bailables con música ao vivo y ambiente informal. Unos 15 mil argentinos visitan Ilha Grande cada año, atraídos por el encanto de sus playas y también porque para llegar se vuela directamente a Río de Janeiro, sin necesidad de más combinaciones aéreas. Desde la cidade maravilhosa hay que recorrer 180 kilómetros por tierra, y luego abordar un barco hasta la isla

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La transparencia de las aguas permite practicar snorkel a pocos metros de la costa.
 
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