turismo

Domingo, 21 de febrero de 2010

GERONA PASEO CATALáN

Ciudad de película

Pequeña pero suculenta, pletórica de historia y naturaleza, Gerona brilla unos cien kilómetros al norte de Barcelona y muy cerca de la frontera con Francia. La gastronomía de la ciudad también deslumbra gracias al exquisito paladar catalán, audaz en el arte de mezclar lo dulce, lo salado y alguna sorpresa más.

 Por Ana Benjamin

El Puente de Piedra, que fue construido en el siglo XIX, enlaza el casco antiguo con el área más nueva.

A pesar de la pertinaz presencia de la mosca y la insistente invitación de los gerundenses a besar el trasero de una leona, Gerona es una ciudad encantadora. Esta aparente contradicción desaparece en cuanto se conocen las principales leyendas urbanas. Una de ellas refiere que en agosto de 1285, durante un asedio del ejército francés, una legión de moscas atacó al enemigo y libró a los gerundenses de la ocupación gala. A 725 años de la leyenda, la mosca es por lo tanto el símbolo agradecido de la ciudad. La famosa leona, por su parte, plantea desde lo alto de una columna que “quien desee radicarse en Gerona o deba marchar pero quiera tener asegurado el regreso, debe besar su culo” (noticia de último momento: el Ayuntamiento quitó la escalerita que permitía besarlo... para evitar la propagación de la gripe A).

CIUDAD DE PUENTES Gerona tuvo antaño un problema que hoy es su bendición, la unión de las dos orillas en que se divide la ciudad. Los puentes trajeron la solución y una estética distintiva con ineluctables reminiscencias venecianas, pero al estilo catalán, es decir, con carácter propio. Uno de los más emblemáticos, el Puente de Piedra, fue construido en el siglo XIX durante el reinado de Isabel II y comunicó desde entonces ambas márgenes, el casco antiguo con el área más joven. Bajo el Pont de Pedra, el Onyar murmura con sus sucintas aguas que alguna vez fue río furioso; aun así, como un delineador de ojos, refuerza la mirada del puente y hace de zaguán a las casas. Gerona es una ciudad llena de “locaciones”, diría un productor cinematográfico. Esta es para la escena del abrazo.

El Puente de Hierro o Pont de Eiffel, en cambio, sugiere desamor. Sus hierros trenzados color bermellón infunden esa tensión dramática que provee el buen cine o demanda el viajero exigente. Debe su nombre a que Gustave Eiffel lo diseñó en 1876, diez años antes de su torre parisiense. El puente tiene, como el idioma catalán, un toque de acento francés.

El Puente de San Félix, el más contemporáneo, tiene la equívoca modestia de corredor que sabe que converge en salón monumental: es pequeño y calladito, pero cruza al transeúnte hacia la plaza de Sant Feliú, frente a la imponente iglesia homónima y junto a la leona de trasero pedigüeño. La Iglesia de San Félix, cual dama consciente de su edad tanto como de su belleza restaurada, estuvo varios años en obra y ahora obliga a mirarla a cara renovada: nariz gótica, su campanario; piel románica, su nave, y la fachada con sus escalinatas, largas piernas con vértigo barroco. La variedad de estilos no es capricho de un singular sino consecuencia del proceso de construcción, realizado en varias etapas y con diferentes ánimos arquitectónicos.

El río Onyar cruza la ciudad, fluyendo lentamente bajo los puentes que unen sus dos orillas.

En la misma plaza donde respira la dama y gime la leona nace una de las principales callecitas que conducen al casco viejo, la Ballesteries. Intima y angosta, rebosa vitalidad con sus muchas tiendas. Aunque sólo un viajero experimentado sabe ver lo sustancioso, cualquiera verá “La condonería”, un bazar dedicado al mundo del condón. Diseñado con humor y hedonismo, fuerza la entrada se tenga o no intención de comprar y hacer placentero uso de sus productos. Si se sale de la tienda con algún otro tipo de hambre, “Le crêperie”, sobre la misma calle, ofrece deliciosas crêpes en una simpática puesta en escena: la cocina en un autobús, los baños dentro de la carcasa de un coche viejo. En el mapa gerundense no hay paralelas en sentido estricto, pero de algún modo paralelo a Ballesteries, sobre la calle La Forca, está el Barrio Judío, uno de los núcleos medievales mejor conservados de Europa. Destacan sus propios suelos, que fueron ruta de remotos ejércitos, y el Museo de Historia de los Hebreos.

En lo alto del casco antiguo, están los fantásticos “Jardines de la Francesa”.

90 PELDAÑOS PARA SANTA MARIA Como un gigante bueno que de improviso sale al cruce en una esquina, la Catedral de Santa María de Gerona se alza en la desembocadura de callecitas mínimas. Erguida sobre una escalinata de 90 peldaños, fue construida entre los siglos XIV y XV. Su estilo gótico con fachada barroca impone muda contemplación. Pero luego de 180 peldaños recorridos, amerita bañito en el hotel o actividad símil, como visitar los Baños Arabes, aunque sus tentadores detalles de diseño permiten sólo chapuzón visual. Por lo que, si el cansancio persiste, es buena idea tomar algo en alguna cervecería de la Rambla de La Libertad, una peatonal que tiene al mismo tiempo aire provinciano y vorágine comercial: es concurrida, expresiva y bohemia. Se podría haber ido antes, porque allí está la Oficina de Turismo, pero al fin y al cabo todo conduce a todo a quien se deja llevar. Hay un crescendo indomable en esta ciudad de talante arrollador.

El Puente de San Agustín, desde la Rambla, cruza hacia la Plaza de la Independencia, cuyo nombre evoca la Guerra de Independencia Española (1808-1814). Constituye escenario de ferias en épocas festivas y de buena oferta gastronómica todo el año. A pocos metros, el edificio neoclásico de la Oficina de Correos convierte el simple envío de una carta en una fiesta estética.

En lo alto del casco antiguo, como extraídos de una película de hadas, están los fantásticos “Jardines de la Francesa”. Son la locación para lo extremo: el encuentro amoroso esperado cien años o el desenlace fatal que nunca se imaginó vivir. Su flora vehemente diseña laberintos y escolta puentecitos, pequeñas torres medievales, rutas de eucaliptos, fuentes, patios interiores, vergeles. Hay piedra pero el verde impera.

El Parque de La Devesa, declarado bien cultural desde 1943, es encantador de día, pero de noche puede mutar a locación del misterio: el viento de la Tramontana, que desde el norte llega a veces con sus puños cerrados, puede intimidar al viajero. Sus 40 hectáreas con casi tres mil plátanos centenarios son el sitio elegido de recreo. Dos días a la semana se monta allí un mercadillo de frutas, zapatos y chucherías con vendedores de todos los colores. El momento delicioso de comedia cosmopolita.

Además, Gerona se ha dedicado mucho a fortificarse: su posición estratégica la ha forzado a nacer defendiéndose. Su Muralla revela la historia de los episodios bélicos sufridos desde la Edad Media, pero también cuenta el progreso con la llegada del ferrocarril, el establecimiento de diferentes industrias y el crecimiento del torrente turístico. Levantada entre los siglos IX y XV, ofrece desde sus corredores la postal más precisa de la ciudad.

El paseo podría terminar sin la mano del hombre; la naturaleza también hace historia y crea sus catedrales. A sólo 40 kilómetros del centro, la costa gerundense ofrece un monumento natural: Gola de Ter, el punto exacto en donde convergen río y mar. El río Ter nace a dos mil metros de altura en los Pirineos Orientales y desemboca en el Mediterráneo. La confluencia de ambos se parece a un eclipse de luna, el fenómeno de la fusión pero sin hacer sombra. A diferencia del estelar, este eclipse terráqueo está aquí para dejarse ver siempre, en cualquier momento que un regreso sea posible. Porque lo reclame un abrazo, lo evoque un desamor... o buenamente haya prometido la Leonaz

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