turismo

Domingo, 4 de abril de 2010

FRANCIA TROYES, UNA CIUDAD CON LINAJE

Viaje a la Edad Media

Considerada como el conjunto medieval urbano más bello de Francia, Troyes conserva también un inigualable patrimonio arquitectónico del Renacimiento. De noble linaje, como la región de Champagne donde se levanta, fue cuna de novelas de caballerías y hoy es visitada, más prosaicamente, por sus grandes tiendas de ropa de marca con descuento.

 Por Graciela Cutuli

Una curiosa escalera caracol de madera en una mansión renacentista del centro de la ciudad.

Vista en el mapa, o desde el aire si se tiene el privilegio de sobrevolarla, Troyes tiene –por esas curiosidades de la topografía– exactamente la forma de un corcho de champagne. Esta silueta distintiva, muy acorde con la región de Champagne que rodea la ciudad, se explica por el trazado de la antigua urbe galorromana, las derivaciones sucesivas del curso del Sena, y los bulevares y jardines que se levantaron en el siglo XIX en reemplazo de las antiguas fortificaciones. Explicaciones aparte, lo que importa es lo que hay adentro de ese perímetro espirituoso: un patrimonio arquitectónico medieval y renacentista digno de los sueños más fantasiosos de un historiador deseoso de viajar en el tiempo. Gracias a las reconstrucciones y restauraciones que en Europa se hacen con maestría (el turismo, agradecido), la Troyes actual es como un decorado perfecto, sin los inconvenientes de aquellos tiempos en que las ciudades eran tan pintorescas... como aromáticas.

LA CIUDAD DE TRAJANO “Augustabona Trojanis Tricassium”, la calificaban en latín: la ciudad de los tricasios (un pueblo galo), querida por Trajano. Aunque francesa, y de pura cepa, el nombre le viene entonces de un emperador romano. Casi como predestinada a la gloria, se cree que fue en las cercanías de Troyes donde Atila fue derrotado y tuvo que volver sobre sus propios pasos; más tarde se convirtió en capital de condado y conoció la prosperidad gracias a las Ferias de Champagne. Y como se usaba en aquellos tiempos, se unió a Francia por medio de un matrimonio.

Toda esta historia, matizada de nombres nobles, de blasones de azur y plata con la muy real flor de lis, y de leyendas caballerescas, es la que hoy asoma durante una visita por las calles del centro histórico. En verdad hay muchas formas de recorrer Troyes: con guías especializados, si hay tiempo y paciencia para seguir un itinerario minucioso; manejando los propios recorridos por medio de audio-guías, si se prefiere el estilo turista solitario; o subiéndose a un anacrónico carruaje para estar más a tono con ese gusto por el pasado que brota a cada paso. Sobre todo si es en verano, porque en el invierno no ayuda el clima bastante inclemente del norte de Francia. Para salirse un poco de lo común –al fin y al cabo, en Francia no le faltan rivales medievales y renacentistas para acaparar a los sedientos de historia–, Troyes también intenta algunas iniciativas originales: aunque poco útil para el turista de ultramar, para los locales es popular el proyecto nacido aquí que busca recibir a los viajeros acompañados de sus perros, a quienes se da formal bienvenida en la Oficina de Turismo con un recipiente de agua para el turista de cuatro patas, un regalo sorpresa y una “guía de turismo con mascotas”.

TROYES MONUMENTAL No se puede negar que Troyes atrae también por sus numerosos locales de venta de vestimenta y zapatos a precios rebajados. Concentrados en tres centros comerciales (Marques City y MacArthur Glen, en Pont-Sainte-Marie, y Marques Avenue, en Saint-Julien-les-Villas), le valieron a la ciudad al apodo de “capital europea de los locales de fábrica”, entre ellas la muy famosa del cocodrilo que mira hacia la derecha con la boca abierta. Pero esta tentación está más bien alejada, euro mediante, para el viajero que llega a Troyes desde el sur del mundo en busca de sus tesoros medievales. Hay que concentrarse, entonces, en lo mejor de la ciudad: sus edificios públicos y monumentos, sus callecitas dignas de cuento y su historia ilustre.

En el centro de Troyes, el Hotel de Ville –sede del municipio– es un edificio del siglo XVII que ostenta una auténtica curiosidad: es uno de los pocos en Francia que conservó en el frente la divisa revolucionaria completa, en su forma inicial. Es decir: “Unidad, Indivisibilidad de la República, Libertad, Igualdad, Fraternidad, o la Muerte”. Calmados los ardores de los primeros tiempos republicanos, quedó reducida al esencial y emblemático “Liberté, Egalité, Fraternité”. Otro edificio notable es el Hotel du Lion Noir, del siglo XVI, de fachada renacentista y conocido por una rara escalera helicoidal en madera, cuando la mayoría de las realizadas en esa época se construían en piedra. En los alrededores, numerosas casas “à colombages” ofrecen una imagen típica de la Francia medieval y renacentista, como en la rue Passerat. Se trata de las típicas viviendas construidas sobre un armazón de madera relleno de argamasa, y a veces techadas con tejas de madera de castaño.

Cafés al aire libre en una calle del centro de Troyes, medieval y renacentista.

En la estrecha Ruelle des Chats –así llamada porque es tan angosta que un gato podría cruzar la calle por los techos–, basta levantar la vista para comprobar que no es una ilusión óptica: las casas se ensanchan a medida que aumentan en altura. Y, como todo, tiene una explicación, ya que antiguamente los impuestos se calculaban sobre la superficie en el suelo, de modo que se buscaba aumentar el espacio disponible impulsando el avance de la casa sobre la calle... pero siempre en altura. También hay que visitar el Hotel de Marisy, que tuvo varias funciones hasta que fue comprado por la ciudad de Troyes y entregado a una cuidadosa restauración a manos de los “Compagnons”, esa antiquísima institución de aprendizaje itinerante de un oficio que resguarda los saberes tradicionales. Ahora funciona aquí el Museo de la Herramienta y el Pensamiento Obrero.

La ciudad es rica además en patrimonio religioso, y tuvo la suerte de no ser dañada por las guerras del siglo XX. Entre otras, se destacan la catedral de St. Pierre et St. Paul; la notable iglesia St. Nizier, gótica y renacentista; la basílica St. Urbain, del siglo XIII; la iglesia Sainte-Madeleine, las de St. Jean y St. Nicolas. En todas hay un motivo para la visita: una capilla, un portal, esculturas, escudos, vitrales o escaleras monumentales, que forman parte de la inigualable riqueza arquitectónica de Troyes.

CABALLEROS... Y BUENA MESA El nombre de Troyes está asociado también al de uno de los grandes poetas de la Francia medieval: Chrétien de Troyes, oriundo de la ciudad, nacido en 1135 y muerto en 1185. Poco se sabe de su vida, sino a través de sus obras: en total, cinco novelas caballerescas escritas en versos octosilábicos e inspiradas en las leyendas celtas en torno del rey Arturo y la búsqueda del Grial. Historias corteses de caballeros andantes, de héroes confrontados a la decisión entre el amor y el deber caballeresco, de gestas imposibles y personajes sobredimensionados: así nacieron, entre otros, los inmortales Lancelot o el caballero de la Carreta, Yvain o el Caballero del León, y Perceval o el Cuento del Grial.

Un viaje a Francia, además, siempre implica una experiencia gastronómica. Troyes no es la excepción: y no sólo por el champagne, el producto estrella de la región que la rodea, la bebida burbujeante asociada con todos los festejos, sino también por los más populares embutidos que desde hace siglos son elaborados artesanalmente en toda la zona. Uno en particular lleva nombre y apellido: es la “andouillette de Troyes”, un producto preparado a partir de tripa gorda y estómago de cerdo, cortados en tiritas a lo largo y condimentados con cebolla, sal y pimienta. Con esta masa se rellena una tripa y se hierve en caldo durante cinco horas: así, ya estará lista para consumir en brochette, en salsa, a la parrilla o fría y cortada en rodajas para el aperitivo. Como especialidad local, se la puede probar prácticamente en cualquier brasserie, pero conviene tener claro que sólo es apta para paladares aficionados a los gustos fuertes. Para los otros, mejor quedarse con el vino y el champagne, compañeros siempre seguros de un viaje a la Francia tradicional.

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