turismo

Domingo, 5 de septiembre de 2010

EN LA COSTA DE FLORIANóPOLIS

Reinas del mar abierto

Ubicadas en el extremo norte de “La isla” y sobre el mar abierto, Costa do Santinho e Ingleses son dos de las playas más atractivas de la capital catarinense. Tranquilas y acogedoras, combinan el surf y la naturaleza protegida con los mejores servicios hoteleros y gastronómicos del sur brasileño.

 Por Pablo Donadio

Atada al continente por unos metros de hierro y cemento, la península que forma Florianópolis tiene en su cabo norte, de cara al mar abierto, dos balnearios maravillosos. Costa do Santinho es un remanso donde el surf y las reservas naturales conviven con la playa del Atlántico como una misma cosa. Un poquito más al norte aún, justo en la punta, está Ingleses, una de las costas más desarrolladas del estado, cuya historia la remonta al navío británico que encalló aquí en el siglo XVIII. Ambas, ávidas de turismo nacional e internacional, mantienen las características de un lugar tranquilo y acogedor, pese al crecimiento sin pausa. Ritmo calmo, con servicios hoteleros y gastronómicos de renombre, es una combinación que justifica la escapada.

DESDE EL AIRE, EL MAR El comandante anuncia el descenso del vuelo. El día está feísimo, pero en pocos minutos la nada gris e insípida que ofrece la ventana va dando lugar a una isla jalonada de accidentes geográficos que parecen esculpidos a propósito: es Florianópolis, capital del estado de Santa Catarina y uno de los destinos siempre elegidos por argentinos. Tiene, a primera vista y desde bien arriba, la gracia de la naturaleza y un agua que parece abrazarla tibiamente en sus límites. Ya abajo, uno se da cuenta de cómo golpean las olas que llegan francas desde mar adentro, en las playas que son mecas del surf cada verano. Para los propios brasileños es un orgullo local y sus índices de calidad de vida y seguridad elevan los estándares de un país golpeado históricamente por la desigualdad. Así Floripa ha sabido convertirse, producto del trabajo pesquero (es la mayor exportadora de ostras y mariscos del Brasil) y su fuerte inversión en electrónica, en una de las ciudades con más participación de todos los sectores en su crecimiento.

La primera parada lleva entonces a la Costa de Santinho, cuya playa está ubicada a sólo 40 kilómetros de las calles céntricas. La recepción corre por cuenta del Costao do Santinho Resort & Spa, un complejo inserto dentro de un paraíso ecológico que ocupa un área de casi un millón de metros cuadrados, de los cuales 750 mil son bosque atlántico, dunas conservadas, peñascos costeros y la reserva Morro das Aranhas. Sobre sus costas desfilan visitantes de todo el mundo, en especial argentinos, que disfrutan de los servicios playeros, las actividades náuticas y las artesanías en hilo ofrecidas en el balneario.

Hasta los más chiquitos hacen equilibrio sobre las tablas de surf en el balneario de Ingleses.

SOBRE LA PIEDRA La playa no tiene comienzo en Santinho, sencillamente porque nunca acaba. Si bien hay un acceso directo a la calle, los caminos y senderos pegados a los peñascos unen la arena con el propio complejo hotelero y entonces de día todo es sol, arena y mar. Pero de noche, después de una cena con langostinos, camarones y ostras, sin que falte la tradicional caipirinha, la playa también es visitada en caminatas solitarias de cara a las olas.

De arenas blancas, sus casi tres kilómetros de extensión –que unen morro y morro– suelen mostrar un mar agitado, ideal para la práctica del surf y en ocasiones el windsurf, experimentado por los jóvenes de las escuelas náuticas cercanas. Por eso es muy frecuente ver a media playa grupos “leyendo el mar” y esperando el momento para entrar, además de permanentes competencias. Otro de los grandes atractivos ronda en torno de lo histórico y cultural: si bien casi toda Santa Catarina lleva la impronta azoriana, previa a la colonia portuguesa, los indios carijós han dejado su marca en varios petroglifos existentes sobre el costón. Son inscripciones en piedra realizada por estos pueblos originarios, hoy patrimonio local que se conserva con mucho respeto e interés. De igual modo, hacia el extremo norte que lleva a la capital departamental, el Morro de las Arañas aporta una exuberante vegetación y vista panorámica del pueblo, con especies autóctonas de flora y fauna. Pegadito al complejo hotelero nace un camino zigzagueante sobre el peñasco que da a un mirador fabuloso del mar y la isla. Los médanos de Santinho y el Parque Forestal de Río Vérmelo forman un área de cientos de miles de metros cuadrados, protegida desde hace veinte años. Allí, y hacia Moçambique, un poco antes de llegar a Ingleses, pueden disfrutarse una laguna y la soledad de las playas desiertas, perfectas para los enamorados.

Mango, piña, maracuyá y sandía. Las coloridas y preferidas frutas para el desayuno.

DESPUES DEL NAVIO Soberana del extremo norte y las olas directas que llegan del mar, Ingleses es la playa con la mayor población residente, lo que explica un poco aquello de ser una de las más desarrolladas. Pese a no ser una de las “grandes” playas locales como Bombinhas, por ejemplo, su infraestructura funciona el año entero y la ciudad puede recibir sin colapsar a una enorme cantidad de visitantes.

Como sucede con Santinho, pero en casi el doble de extensión playera, brillan las competencias de surf y vela, donde los más chicos muestran sus destrezas a diario. A veces ni se los ve, si no es por los camarógrafos y fotógrafos que en plena orilla explican que alguien está haciendo piruetas ente esas olas. El origen de su nombre es curioso: se le atribuye a un naufragio, que terminó con un barco inglés en plena costa a mitad del siglo XVIII. Hay varias versiones al respecto, pero la más fiel dice que algunos de los tripulantes que se salvaron –por agradecimiento o por el “mientras tanto”– optaron por quedarse a vivir en la región. En todos ellos, vale suponer, debió haber jugado un papel clave lo maravilloso del entorno, seguramente mucho más salvaje en esos tiempos. Aquí se autodefinen como un “pueblo receptivo, simpático y místico”. Y en ese aspecto Ingleses va acorde con la región, que rescata el pasado y declara su arraigo a la historia: hoy en día se atesoran objetos de gran valor cultural y la ciudad tiene un museo arqueológico submarino único en todo Brasil. Pero eso no es todo: bien al estilo de Villa Gesell, a no mucha distancia de las orillas se elevan grandes dunas que llegan hasta la vecina Santinho, y son las otras olas las que surfean los amantes de las tablas, en su versión de sandboard. Ese mismo lugar es propicio para las cabalgatas que se contratan con cualquier prestador de la ciudad y salen también de noche, bajo la blanca luz de luna. Excelente contexto para el ecoturismo; además se puede hacer snorkel y disfrutar de caminatas por la mata atlántica, esperando la visita de las ballenas, que llegan a la región también por estas fechas. Y el espectáculo de la pesca artesanal de la tainha (pescado nativo como aquí lo es el pejerrey) marca el comienzo de cada díaz

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Sol, verdes morros y reposeras de cara al mar. El irresistible encanto de la playa brasileña.
Imagen: Pablo Donadio
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