turismo

Domingo, 26 de septiembre de 2010

ESCAPADAS. EN EL DELTA DE ESCOBAR

Primavera en flor

El laberinto de islas, canales y bosques del Delta de Escobar florece con todos los colores de la estación. A orillas de sus ríos tranquilos se cuentan historias de piratas, se puede descubrir un variado mundo de fauna y flora, y conocer lugares que desarrollan un turismo sustentable a las puertas de Buenos Aires.

 Por Graciela Cutuli

La altura del sol ya indica el mediodía de un día radiante en el comienzo de la primavera. Una brisa suave mueve apenas las aguas del Paraná mientras la lancha, que acaba de partir del puerto de Escobar, se encamina hacia el cercano río Carabelas, donde tenemos prevista una parada en la Isla Margarita. Todo es tranquilidad: alguna que otra lancha se hace oír a lo lejos, superada por el sonido de una naturaleza que aquí todo lo invade. Pocos minutos después llegamos al amarradero de la isla, y hacemos pie en los dominios de María Teresa Brindza, que nos recibe con una sonrisa tan ancha como el paisaje isleño.

María Teresa, que venía de trabajar en una estancia bonaerense, se estableció hace diez años en el Delta de Escobar, encantada con el atractivo aún salvaje del lugar y sus posibilidades de desarrollo sustentable. Los años le dieron la razón: hoy su restaurante, acompañado de dos habitaciones en suite, es una parada gourmet y casera que vale la pena conocer en este laberinto de agua fresca y bosques frondosos. Paneles solares para recoger energía y alimentar, entre otras cosas, un purificador de agua, hablan del esfuerzo ecológico de la isla, acompañado –junto con otros emprendimientos de la zona, como el Vivero Hisaki, la Reserva La Juana y Pequeña Holanda– por un plan de cambio rural del Inta.

TIERRAS Y AGUAS La tierra de Isla Margarita todavía muestra las huellas de la última marea, que a principios de septiembre hizo subir el nivel del agua hasta cubrir todo el terreno. La casa, construida en altura, no tuvo problemas para afrontar un fenómeno natural que se produce con tanta fuerza sólo esporádicamente, ya que está preparada para convivir con este mundo de aguas que le da precisamente su carácter y encanto. “Siempre hay crecientes –explica María Teresa– que sólo cubren los lugares más bajos. Aquí se ve el declive del terreno, que se va inclinando hacia el Paraná de las Palmas. La ventaja de estar sobre el Carabelas, un río ancho que enseguida desemboca en el Paraná, es que el agua baja tan rápido como sube.”

Esta zona del Delta de Escobar fue colonizada por ingleses, holandeses, portugueses y, sobre todo, vascos, dedicados al trabajo agrícola en las fincas. “Quedan restos de los álamos que se plantaban aquí, y ahora también se hace ganadería. La carne que consumimos es de la isla, lo mismo que el pan, para aprovechar los recursos locales. También hago las mermeladas aprovechando nuestros árboles... es toda una tradición del Delta, que siempre fue fructícola”, agrega María Teresa mientras muestra sus frutales y su huerta, donde las plantaciones de perejil, chauchas, cebollas de verdeo, y habas están rodeados por campos de un aromático cebollín silvestre. En diciembre aparecerán los campos de botón de oro, una preciosa flor que termina de completar los colores del jardín salvaje que brota sobre la isla. A pocos metros, una playita de arena, donde espera una solitaria canoa, invita al descanso a orillas del agua.

Entre tanto, en la parte posterior de la isla un sendero invita a la caminata entre una vegetación espesa que brinda sombra y buenas ocasiones para el avistaje de aves. Nos guía Tamara, que es isleña de corazón y adopción, y los perros de María Teresa nos siguen con entusiasmo; así paso a paso vamos desandando el camino que a lo largo de media hora nos permite cruzar puentes y arroyitos, acercándonos al lugar donde pasta un grupo de caballos con una envidiable parsimonia. A la vuelta nos espera una mesa servida con sabores y colores tentadores que combinan el saber itálico heredado familiarmente por las manos hábiles de María Teresa con los productos propios del Delta.

Un aire de relax, a orillas del río Carabelas.

RESERVA LA JUANA A la hora de dejar la mesa se acerca al embarcadero para buscarnos la lancha de Laura Vaquero, responsable de la Reserva La Juana, un eco-lodge que se encuentra a unos minutos de navegación, también sobre el río Carabelas. Durante el trayecto, completa algo de la historia local: “En esta zona, que siempre fue fructícola, las cosas cambiaron después de una gran inundación varias décadas atrás. Eso impulsó a los productores de cítricos a irse a Entre Ríos, y a los de manzanas a Río Negro. Ahora es el turismo el que ayuda a la gente a arraigarse en el lugar”. Entre esos emprendimientos que generan nueva vida entre las islas, La Juana se levanta al borde de una isla que tiene, como todas las del Delta, la forma de un “plato de sopa”: el borde, o bardón, es la parte más elevada y donde se ubican las casas. El centro de la isla, en cambio, es como el fondo del plato, conectado con canales para que el agua pueda salir.

El río Carabelas tiene un nombre con historia: en la época colonial, donde empieza este río –en el Guazú, limítrofe entre Buenos Aires y Entre Ríos– esperaban las carabelas hasta tener viento para subir a Paraguay. Claro que su presencia también atraía a otros visitantes, seguramente menos deseables: los piratas, que atacaban las embarcaciones en busca de seda y oro, para luego refugiarse en el interior de las islas. Donde era, claro está, casi imposible encontrarlos. Se cuenta, además, que había entre ellos algunas damas de armas tomar. Fue así que las autoridades de la zona quisieron dar tierras a los colonos, y poco a poco comenzó la llegada de numerosos inmigrantes que adoptaron como propio este mundo laberíntico y fértil de tierra y agua.

Donde hoy se levanta Reserva La Juana existía a principios del siglo XX una quinta de monjes benedictinos especializados en la elaboración de sidra. Aún queda, en el ingreso del complejo, una suerte de trapiche que los monjes usaban para prensar las manzanas: ellos mismos levantaron las primeras cabañas de adobe, que con el tiempo fueron abandonadas y cambiaron de manos, hasta llegar a la familia que hoy se encarga de la Reserva y los servicios turísticos del lugar. Entre sauces llorones cuyas primaverales hojas verde claro se inclinan hasta tocar el agua, exóticas ligustrinas, autóctonos ceibos y una vegetación que por momentos recuerda a Iguazú –por obra del río, que trae del norte semillas bien adaptadas gracias al suelo y el clima– se levantan cabañas que pueden albergar en total a unas 15 personas. Junto a ellas se encuentra un pequeño lago de fondo arenoso que pronto se convertirá en hábitat de peces y objetivo de pescadores; entre tanto, los huéspedes salen en canoa a recorrer el río, florecido de camalotes, realizan safaris fotográficos o simplemente descansan en medio de un silencio sin perturbaciones. También aquí hay un sendero que se puede recorrer a pie entre los árboles y la espesa vegetación, eligiendo un trayecto de tres kilómetros o bien otro que tiene el doble: avanzando hacia el interior de la isla, Laura va contando historias y leyendas, como la de aquel príncipe guaraní que se creía tan bello que un día, mirando su reflejo, cayó al agua y se transformó en camalote, la planta que hoy adorna de punta a punta la ancha superficie del Paraná.

Así, paso a paso va quedando atrás el aroma de los alcanfores, las huellas de carpinchos que siempre están pero hoy no se dejan ver, y el canto de los pájaros que avisan de rama en rama la presencia humana. Así se va haciendo la hora de regresar; sobre el río la luz baja lentamente y nuevamente abordamos la lancha de La Juana, esta vez para volver al puerto de Escobar, punto de partida y fin de este safari de un día por un mundo distinto que respira pureza, a las puertas de Buenos Airesz

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Un senderito de madera sobreelevado conecta el restaurante con las habitaciones en la Isla Margarita.
 
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