turismo

Domingo, 16 de enero de 2011

NEUQUEN. VILLA TRAFUL

El paisaje idílico

Entre Villa La Angostura y San Martín de los Andes, en el corazón del Parque Nacional Nahuel Huapi, está Villa Traful. Crónica de una visita a este bellísimo rincón del sur de Neuquén, con picos nevados alrededor de un lago, bosques de lenga y ciprés y un pueblito de 500 habitantes con calles de tierra.

 Por Julián Varsavsky

Un desvío de ripio que nace en la Ruta de los Siete Lagos nos lleva a un poblado de casas de madera desperdigadas sobre una ladera frente al lago Traful. Al atravesar los bosques en galería que cubren el camino la sensación es la de haber descubierto un pueblito secreto escondido entre las montañas. “¿Qué sentido tiene viajar a Suiza, si tenemos un lugar como éste en la Patagonia?”, me dijo el dueño de unas cabañas al pie de los picos nevados en Villa Traful, y no encontré argumentos para decirle que era un exagerado.

El centro de todo en Villa Traful es el lago, que ocupa la parte baja de un gran anfiteatro natural de cumbres nevadas, donde pacen vaquitas y ovejas en los prados y faltan rigurosamente las muchedumbres, los restaurantes de alta cocina, los hoteles cinco estrellas, los cibercafés, los bancos, el gas natural, el ruido y la contaminación. Un generador provee la luz eléctrica al pueblo y hay un negocio donde se prepara el chocolate artesanal más rico del universo, que aquí se cierra en sí mismo.

Lo que abunda en Villa Traful son los arroyos de deshielo que bajan por la montaña para alimentar lagos transparentes y un aire purísimo con aroma a verde como pocos. También hay añejos ñires y retamas florecidas de amarillo furioso, y hasta un bosque de cipreses sumergido, cuyos troncos se mantienen en pie en el fondo del lago Traful.

En verano, las amarillas retamas iluminan el magnífico paisaje de cerros, bosques y lagos.

MUNDO VIRGINAL La razón principal de que Villa Traful y su entorno sean un santuario natural en excelente estado de conservación es que el pueblo está rodeado en todos sus límites por la zona norte del Parque Nacional Nahuel Huapi. La villa surgió en 1936, cuando las autoridades del primer Parque Nacional del país cedieron el terreno a la provincia para que hiciera un loteo y organizara a su mínima población, ahora compuesta por una curiosa mezcla de mapuches, criollos mestizados, inmigrantes del resto del país y algunos norteamericanos instalados en el paraje desde comienzos del siglo XIX.

El perfil turístico de esta villa se configuró a raíz de su excelente pesca de salmón encerrado. Pero cuando los pescadores aficionados a la soledad y a los paisajes de extrema belleza comenzaron a contarles a los amigos cómo era el lugar donde pescaban, comenzó el flujo de viajeros. Así fue que tuvieron que compartir su paraíso perdido... y no son pocos los que se arrepienten de haber revelado el secreto. Algunos de esos visitantes se quedaron a vivir, y como de lo único que aquí se puede vivir es del turismo –la caza está prohibida y la pesca es con devolución– surgieron en cuentagotas algunas hosterías y restaurantes administrados por gente que optó por un cambio radical, ya que los inviernos son duros y bastante solitarios. De todos modos, el lugar no ha perdido su encanto virginal. Los complejos de alojamiento son nueve y los restaurantes apenas ocho, que además no funcionan todo el año, ya que en invierno casi no llegan visitantes.

Villa Traful ha sido en general un circuito alternativo para recorrer en el día desde Bariloche, Villa La Angostura o San Martín. Pero ahora lo que se proponen los locales es que sea al revés: que la gente se instale en Villa Traful y, si apremia la abstinencia de modernidad, en un promedio de dos horas de viaje se puede llegar a alguna de esas tres ciudades para ir a bailar, hacer compras o ir al casino. Aunque eso en verdad no ocurre nunca, porque el que elige Villa Traful en general no quiere saber nada con todo eso.

Bucear en el bosque sumergido equivale a volar en cámara lenta por un extraño mundo.

EL BOSQUE SUMERGIDO Desde el puerto de Villa Traful partimos navegando en un gomón con motor fuera de borda para visitar la rareza de un bosque de cipreses semisumergido en el lago. Se trata de alrededor de sesenta árboles de hasta 35 metros de altura que permanecen erguidos, con sus troncos y ramas deshojadas dentro del agua. Las copas se elevan junto a la embarcación, pero la transparencia de las aguas permite ver completos los troncos de estos cipreses que murieron de pie y no se pudren por las bajas temperaturas del agua. La explicación de este extraño fenómeno es que un sector de la ladera de la montaña se desplazó hacia abajo, adentrándose en el agua a raíz de una falla en la elevación de la cordillera. En total hay 60 cipreses sumergidos en pie y muchos coihues caídos en el fondo, ya que sus raíces no tienen igual resistencia.

El lago inmóvil como un espejo se quiebra al paso de la embarcación. Estamos en el centro de un valle de origen glaciario alimentado por vertientes cristalinas de deshielo. Y de repente el guía se emociona porque aparece nadando a babor un falaropo, un ave pequeña y estilizada que parece un patito pero, por lo visto, es una “figurita difícil” casi imposible de avistar en este lugar, probablemente perdida por alguna tormenta. Pero también vemos muchos cádices, unos insectos que nacen en el agua y abandonan su estado larvario mientras flotan en la superficie hasta que se le secan las alas y vuelan a completar el proceso reproductivo antes de morir. Algunos, sin embargo, no lo logran: antes se los comen las truchas que vemos pasar como un rayo debajo de la embarcación.

Desde la lancha es posible zambullirse en el lago para hacer snorkeling. Otra alternativa es contratar una excursión de buceo –se exige ser buzo certificado– para vivir la experiencia alucinante de nadar entre los cipreses sumergidos, que en la práctica es como volar en cámara lenta entre los vericuetos de un bosque fantasmal.

El mirador sobre el lago Traful, a pocos kilómetros de la pequeña villa.

ESTANCIA CRIOLLA En los alrededores de Villa Traful hay varias estancias, entre ellas La Primavera, del fundador de la CNN Ted Turner, quien cada tanto se acerca por aquí de incógnito. Pero la única estancia que recibe turismo en Villa Traful es Río Minero, perteneciente a una familia criolla con varias generaciones en el lugar. La estancia tiene cuatro cabañas de ensueño junto al río donde la consigna es simplemente descansar contemplando la montaña tras los ventanales. En general los viajeros se quedan varios días, ideales para los chicos porque los miembros de la familia Lagos suelen llevarlos a juntar y ordeñar las vacas, amansar potros, cosechar frutillas, hacer pan y darles de comer a los chanchitos. Para amenizar la estadía se organizan salidas de pesca de truchas, unas cabalgatas increíbles con avistaje de ciervos y cóndores, y hasta una travesía a caballo de cuatro días durmiendo en carpa.

La estancia Río Minero tiene una compleja historia. Los abuelos de nuestro anfitrión, Osvaldo Lagos, se instalaron en estas tierras en 1911. El pionero fue Feliciano Lagos, quien llegó de España y se dedicaba a comerciar con los mapuches, hasta que en una oportunidad lo tomaron cautivo en Zapala y se lo llevaron a Chile. Allí permaneció apresado por cuatro años y conoció a Margarita Quesada, una mestiza con sangre negra y tehuelche que vivió hasta los 100 años. Margarita era nada menos que la hija del cacique local. Según recuerda el señor Lagos, su abuela era alta –como los tehuelches– y le contaba que los mapuches le cortaban la carne de los talones con un cuchillo a su futuro marido para que no pudiera escapar. El hecho es que se negoció una liberación y Margarita se vino con Feliciano a instalarse en las tierras de Río Minero.

“En ese galpón de madera nací yo, y mi esposa Leonilda nació en Traful”, cuenta Lagos, quien siempre se dedicó a la cría de hacienda hasta que en 1984 una gran nevada le mató casi todos los animales. “De 700 ovejas que tenía me quedaron 40 y una veintena de vacas, estábamos en la ruina y ahí fue que decidí abrir un restaurante en la estancia. Luego comenzamos a construir unas cabañas para recibir viajeros y ahora nos dedicamos sólo a esto... nos autoabastecemos de comida y nos va mucho mejor que antes, con menos trabajo”, asegura Don Osvaldo, quien de estanciero tradicional tiene muy poco, porque es un simple campesino y pastor que nunca tuvo un empleado, a quien en los últimos años le han ofrecido varios millones para comprarle sus tierras y ni siquiera dudó un instante en decir que no. Allí está su única vida posible y la comparte cotidianamente con gente de todo el país y del extranjero que se aloja en su estancia en las cuatro estaciones del año

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Las cabañas del complejo Aikén están inmersas en este bellísimo rincón neuquino.
Imagen: Julian Varsavsky
 
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