turismo

Domingo, 20 de febrero de 2011

BRASIL LA COSTA DEL CACAO Y LAS PLAYAS DE BAHIA

Una tierra de novela

Viaje a los rincones menos explorados del estado de Bahía, en el nordeste de Brasil. Desde Ilheus, punto de partida de la Costa del Cacao, hasta las playas paradisíacas de la península de Maraú, pasando por Itacaré, meca del surf y destino esencial para los amantes del ecoturismo.

 Por Guido Piotrkowski

Viajar a Bahía es siempre una buena noticia. Tierra exuberante y soleada, de almas con sonrisa fácil y amena, días sin prisa y playas de ensueño. De cocos y caipirinhas, feijoadas y moquecas. De la animada melodía del forró, la sensualidad del axé y la energía de la capoeira. De los libros de Jorge Amado y la musicalidad eterna de Caetano Veloso y Gilberto Gil.

La aeronave se ladea de un lado al otro, baja el tren de aterrizaje y el piloto acelera haciendo fuerza para llegar a destino, maniobrando para acertarle a la efímera pista de Ilheus. A través de las ventanillas del avión se revela un tapiz verde trópico que desemboca en la arena y se entierra en el mar.

Esta ciudad es conocida en el mundo entero gracias al pintoresquismo de Jorge Amado, quien la inmortalizó en su novela Gabriela, clavo y canela. Dos mujeres parecen festejar nuestro descenso, mientras observan de pie en la avenida costera que separa la pista del mar. Las veo saludar desde mi asiento, el 22F, e imagino que sonríen dulcemente. El calor me asesta un golpe al poner un pie en tierra firme, en esta ciudad donde Amado es rey y Gabriela, princesa.

En el casco histórico de Ilheus, la Catedral de Sao Sebastiao, de espaldas al mar.

HISTORIAS CON SABOR A CACAO Mucho más grande de lo que había imaginado, la pintoresca Ilheus tiene unos 250 mil habitantes que alguna vez supieron disfrutar de las mieles del cacao, industria pujante que se hundió en la década del ’80 tras la repentina aparición de una plaga conocida como la “vassoura da bruxa” (escoba de la bruja), que hasta el día de hoy obsesiona a los moradores del lugar. También contribuyeron a la debacle la caída del dólar y la feroz competencia de mercados emergentes como Indonesia, Ecuador y diversos países africanos, que acabaron con la hegemonía bahiana de este cultivo. Hoy en día el turismo, la informática y el comercio son los principales sostenes de esta cálida ciudad, que tiene todo el año 25 grados de temperatura promedio.

Pero mientras duró, el fruto dio sus frutos. Y vaya si los dio. Una breve caminata por el casco histórico sirve para entender lo que significó aquí el cultivo del cacao. Las construcciones más importantes, como el Teatro de Ilheus y el Palacio de la Prefectura, o los caserones de los hacendados –que por estas latitudes y por una buena cantidad de reales ostentan el titulo de coroneles– se han levantado gracias al bendito cacao, traído desde Pará, en Amazonas, a mediados del siglo XVIII. Hacia 1920, Ilheus era una ciudad pequeña, pero rica y ostentosa, que tuvo que construir puerto propio especialmente para exportar el fruto de la riqueza.

El paseo desemboca en la Catedral de Sao Sebastiao, de espaldas al mar y frente al renombrado bar Vesúvio, uno de los tres más famosos del mundo, según el guía que nos acompaña. Cae simpática la acotación: en todo lugar que uno visite en Brasil, hay algo del tipo “o mais grande do mundo”. El bar se volvió famoso gracias a la pluma de Amado: en el imaginario del escritor, Gabriela era la cocinera del local y protagonista de un romance furtivo con el dueño, el árabe Nasib. En el Vesubio –siempre según la novela– se reunían los coroneles del cacao a beber y “trocar ideas” (conversar) mientras mandaban a sus mujeres a misas eternas en complicidad con el cura, para internarse en un túnel secreto que desembocaba en el burdel donde los esperaban las meretrices.

Las historias de Amado no cayeron nada bien en la sociedad local, tanto que el escritor tuvo que abandonar su amada ciudad. Pero hoy en día el viejo y querido Jorge, fallecido en 2001, lo es todo por aquí. Es posible incluso sentarse a las mesas del Vesúvio y hacer de cuenta que dialoga con él, aunque más no sólo sea su colorida estatua; la calle peatonal lleva su nombre y la casa donde creció es un museo que atesora sus objetos más preciados, como la vieja Olivetti, donde pintó este lugar como ningún otro.

En la playa de Engenhoca unos muchachitos juegan y arriesgan cabriolas de capoeira.

LAS CUATRO PLAYAS DE ITACARE Los surfers, siempre los surfers y su obsesión por la ola perfecta. Llegaron hace unos quince años a la playa de Tiririca y cambiaron el destino de esta villa de pescadores y campesinos para siempre. Así es como nació Itacaré, o al menos la Itacaré que hoy conocemos: típica playita regada de palmeras, chicos con tabla en mano, senderos en la selva, atardeceres con soles que se hunden en el horizonte y lunas que se reflejan en el mar, noches de barcitos y romances tropicales, caipirinhas, reggae, rock y forró, el ritmo nordestino por excelencia. El lugar común de las vacaciones soñadas.

Tomamos la carretera estadual BA 001 rumbo norte para recorrer los 65 kilómetros que separan Ilheus de Itacaré. Esta ruta es conocida por ser una “estrada ecológica”, debido al compromiso con el medio ambiente durante su construcción y por la curiosa innovación de tener redes colgadas de los árboles para facilitar el paso de los monos y demás animales. “La naturaleza es todo en mi vida. Cuando me quedo en casa me desespero. No sé qué hacer, prendo y apago la tele, pongo música, pero no hay nada como estar aquí, en medio del mato”, dice José Antonio, o Zé a secas, con su cadencia bahiana y recién bajado, literalmente, de una palmera. Zé, que acaba de treparse como si nada a un cocotero de más de ocho metros para bajar los cocos más ricos que haya probado en mi vida, es quien nos conduce por la “trilha das quatro prais”, un sendero en medio de la exuberante Mata Atlántica (ecosistema que se extiende a lo largo de la costa brasileña) que conecta las más bellas playas del lugar.

La caminata lleva unas tres horas a paso rápido hasta el destino final, la playa de Itacarezinho. Pero estamos en Bahía y acá el apuro hay que dejarlo de lado si uno quiere estar en sintonía con el lugar. O como bien dice Zé: “En Bahía no tenemos prisa. La prisa es enemiga de la perfección”.

A Zé todo le resulta fácil. Nacido y criado en estas tierras, se desplaza por la selva como si fuera un mono. Cada tanto detiene la marcha para enseñarnos algún árbol autóctono, en medio de la tupida vegetación donde sobresalen algunas plantas de tonos flúo y unos hongos anaranjados. Nos enseña el palmito jussara –una delicia en extinción que está prohibido comer– y algunos plantíos de palmera dendé. De esta planta se extrae el aceite más usado en Bahía, que les da el inconfundible toque de sabor a las delicias locales como el acarajé (bollo de porotos relleno de camarones frito en dendé) o la moqueca (guiso a base de tomates, cebolla, leche de coco, cilantro, pimientos y dendé).

Resulta imposible divisar alguno de los bichos que pululan por aquí, aunque se los puede oír constantemente, sobre todo a las aves, que no paran de cantar. “Hay que tener suerte para verlos, quizás muy temprano en la mañana”, apunta Zé, y enumera algunos de los habitantes de esta selva: el coatí, el bicho preguiça (perezoso), el tamanduá (oso hormiguero), la jandaia (una especie de lorito), el tucán, el gato do mato (gato montés), el mono sagüi o el mono estrella.

El pibe es un guía entusiasta y aplicado. Se notan su amor por el lugar y sus ansias de progreso. “Hasta los 18 años nunca había estudiado, siempre trabajé en el campo con mi familia –explica–. Luego, comencé a estudiar y trabajar con turismo al mismo tiempo.”

En media hora llegamos a Engenhoca, la primera de las playas. El clima no acompaña y comienza a lloviznar. La playa que imaginé celeste y soleada me recibe gris y nublada. Tres pequeños y simpáticos hermanitos chapotean en una especie de piscina natural formada por el agua que baja del río. Corren y arriesgan unas figuras de capoeira. Disfrutan el hecho de ser retratados. Encaramos el resto del trayecto hasta Itacarezinho, pasando por Camboinhas y Hawaizinho, pequeñas y hermosas playitas donde casi no nos detenemos. La llovizna tropical es persistente y andamos directo hacia el destino final: sin embargo la panorámica de Itacarezinho, la más grande de las cuatro playas a pesar de su diminutivo, no podía ser mejor. La lluvia amainó y apuro el paso para entrar a la carrera en el mar.

Una imagen de Camamu, punto de partida para llegar a la paradisíaca playa de Marau.

LA PLAYA SOÑADA Si hay un paraíso en la Tierra, debe ser aquí, pienso mientras el barco amarra en el muelle de Barra Grande, en la fantástica península de Maraú. El soñado mar turquesa y la típica playa de arenas blancas coronada con palmeras que regalan un poco de sombra encuentran en este recóndito vergel nordestino el resumen perfecto de lo que puede llegar a ser un edén terrenal.

Acceder al paraíso, en este caso, es muy simple. Basta con una hora de navegación desde la brasileñísima Camamu, entre manglares e islas de ensueño donde habitan pescadores que aún practican el viejo oficio de manera artesanal. Pescan en precarias y rústicas embarcaciones de madera utilizando enormes redes que atrapan algunas de las tres especias de cangrejos que se esconden en los manglares.

Durante el periplo pasamos por la Ilha Grande, que tiene unos 18 mil habitantes y ningún comercio: todas las provisiones llegan desde el continente. Rozamos la pequeña Ilha da Pedra Furada (Isla de piedra agujereada), cuyo dueño –sí, tiene dueño– es un médico de Salvador que cobra dos reales a aquellos que quieran poner un pie en su pedazo de paraíso privado cuyo atractivo principal es, justamente, una gran piedra con un agujero enorme.

El sol bahiano finalmente les gana la batalla a las nubes, justo a la hora en que descendemos del Cristina, la embarcación que nos trae hasta Barra Grande. Ahora sí. La luz ideal. El agua transparente. La playa perfecta. Es momento de un chapuzón, cerveza y pescado frito con los pies en la arena.

En Maraú hay otra playa tan perfecta como la principal. Se llama Taipus de Fora y queda a unos veinte minutos en auto desde Barra Grande. Su mayor atractivo son las piscinas naturales que se forman cuando baja la marea. También ostenta manglares, cocotales, lagunas de agua dulce y arrecifes de coral. Es casi una obligación llevar el snorkel y sumergirse en sus aguas cristalinas, ideales para bucear.

En Maraú hay que empalagarse de placeres terrenales sin ningún tipo de culpa. Hay que beber una caipirinha, un coco o un jugo de frutas tropicales. Hay que sumergirse durante horas en sus mares de aguas turquesas y rendirse en una hamaca. Hay que aprender a disfrutar de los tiempos bahianos, de los días sin prisa que tanto hacen falta. Esos que tan bien apuntaba el entrañable Zé.

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Itacaré: una típica playita regada de palmeras con senderos que se abren en la selva.
Imagen: Guido Piotrkowski
 
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