turismo

Domingo, 27 de febrero de 2011

BUENOS AIRES. PEQUEñOS BALNEARIOS DE LA COSTA ATLáNTICA

Mar de calma

Pacíficos, poco urbanizados, económicos. Muchos balnearios vecinos de grandes urbes costeras son la alternativa ideal para las familias numerosas y las parejas solitarias. De Mar de Cobo a Dunamar, pasando por Atlántica, Camet Norte, Marisol, Las Gaviotas y Mar Chiquita, donde las playas vírgenes y el descanso son el programa del verano.

 Por Pablo Donadio

“Fui a Pinamar hasta los 27 y no me perdía una: recitales en la playa, fiesta en los paradores hasta la noche y de ahí a los boliches. Ahora, por la beba sobre todo, empecé a conocer y disfrutar las mañanas en la playa, a caminar de punta a punta de los acantilados juntando caracoles, a hacer nada. Y está buenísimo”, dice Constanza en la primera playa –sin nombre– que delimita Mar de Cobo con Santa Clara del Mar. Son casi las 11 de la mañana pero parecen las 6: no hay un alma. En eso llega Rocío, de ocho meses y medio, cubierta de arena hasta la cabeza. “Bueno, ‘ta luego”, dice, y se van. Y es que aquí no importan los eventos destacados, las novedades, los grandes artistas ni los amenities hoteleros. Mientras otros balnearios desbordan de ofertas, servicios y espectáculos, algunos pueblos de la costa hacen de lo natural y poco desarrollado su nave insignia. Hay, sin embargo, una conveniencia mutua: estas localidades son ideales para disfrutar del agua y la tranquilidad, pero sus vecinas grandes ofrecen muchas y buenas alternativas a la hora de hacerse una escapada para comer, al teatro o a un recital.

PULMONES DE MARDEL Como Santa Clara durante muchos años, hoy Mar de Cobo es la opción alejada para los marplatenses en temporada, y también el lugar perfecto para quienes gustan del entorno campero, con el mar a unas cuadras. Dueña de una curiosa reserva forestal de pinos, álamos, olmos, cipreses y zarzamora, calles llenas de eucaliptos y costas con acantilados, rocas y soledad, Mar de Cobo crece en visitas conforme pasan los años. Ubicada en el kilómetro 487 de la Interbalnearia N11, a 20 kilómetros de Mar del Plata y 80 de Gesell, sus 300 hectáreas constituyen un desprendimiento de la vieja estancia San Manuel. Sólo la avenida central Manuel Cobo está asfaltada, y la mayoría de sus senderos semicirculares comienzan y terminan en ella, de cara al mar. La otra calle en importancia es la costera, de arena y conchillas, que viborea de una playa a otra. Su centro es un pequeño resumen de la vida pueblerina: plaza, escuela, sociedad de fomento. Por las noches, el plan es cenar en alguno de los restaurantes gourmet, atendidos por sus dueños y con platos bien caseros, aunque no muy económicos. También se puede alternar el descanso con algunas salidas de pesca embarcada a Santa Clara. Y cuando no se entra por la ruta, sino por este balneario vecino, se puede cruzar el arco de entrada y pasar justo enfrente al barrio residencial Atlántida, repleto de bosques de eucaliptos. Además de un mar abierto casi sin playa, allí se organizan cabalgatas temáticas con visitas a estancias o en noches de luna llena.

Volviendo atrás unas cuadras y retomando la ruta camino a Mar del Plata, la pequeña localidad de Camet Norte brinda sus 200 hectáreas, pocas casas y mucho campo para “caminar y correr”, como se la promociona. Además de la armonía zigzagueante de enormes acantilados en una franja costera de dos kilómetros, a los que se puede bajar con cuidado, aquí es frecuente ver estacionados los clásicos pescadores de caña larga, con el picnic instalado junto al auto y algunos camiones cercanos que ofrecen melones y sandías en la orilla de la ruta.

Estos balnearios despoblados son una garantía de tranquilidad para las familias con chicos.

AL NORTE Cabecera del partido, Mar Chiquita dista de Mar de Cobo apenas 9 kilómetros. Allí el punto fuerte es la pesca: múltiples opciones acompañan al pescador deportivo y amateur todo el año, especialmente en sus pozones y canaletas, en escolleras y espacios tradicionales como los pozos “Del Vidalero” y “Los Chuchos”, donde las corvinas negras, brótolas y panzones son las piezas más celebradas. Ni hablar de su laguna, estrella de la zona y cuna de grandes lenguados pescados artesanalmente y llevados de inmediato a la parrilla en los muchos puestos orilleros. Esta albufera, donde se juntan las aguas saladas del mar y las dulces que aportan varios arroyos, conforma un especial hábitat de fauna y flora. Allí el desafío es llegar a su isla mayor, donde suelen encontrarse algunos caracoles extraños, y ver las aves bien de cerca. Hacia la parte continental el brazo que viene del océano se ensancha y forma un verdadero mar interior, explicando su nombre y dando vida a pejerreyes y grandes lisas en meses más fríos. Si bien va creciendo, el pueblo sigue siendo chico (nueve manzanas por seis) y se desarrolla muy en torno del espejo de agua.

Siguiendo camino norte por la Interbalnearia llegan los pagos de Don Carlos Gesell. Allí Las Gaviotas es lo que Mar Azul hace unos años: reconocida por el sistema de médanos presente en todo el partido, y la valiosa reserva dunícola donde se aloja el faro Querandí, es la opción económica y tranquila de la zona por excelencia. Aquí también la conservación del ambiente natural es la premisa, por eso se caracteriza por la amplitud de sus playas, la abundancia de espacios verdes y caminos de arena. Las caminatas por calles arboladas, producto del estoico sistema de fijación de dunas, las cabalgatas en la arena y algunos paseos en jeep son las alternativas de “acción”. La incorporación de un minigolf de 12 hoyos (abierto todo el año) y un moderno spa suman alternativas para la recreación.

AL SUR Dunamar es una de las opciones más recomendables del sur. Se trata de un barrio de pocas manzanas y en pleno desarrollo, separado de Claromecó por el arroyo homónimo y conectado por la misma playa y un puente colgante. El lugar fue creado y forestado por Ernesto Gesell, hermano de Carlos, utilizando las mismas estrategias de fijación de dunas. Tal resultado dio aquella empresa comenzada a fines de 1940, que hoy Dunamar es apenas la punta de una variada y frondosa vegetación que sigue y sigue paralela al mar, haciendo gala de eucaliptos, álamos, pinos y tamariscos. Esta reserva, que alguna vez fue una suerte de gran médano desolado, genera una importante protección en días de viento playero, y entre sus árboles se pierden algunas casitas de madera. En los últimos días el balneario está viviendo un período de auge, y algunos comercios –especialmente gastronómicos, como El Campanil, Barlovento, La Galesa y Don Antonio– lo vuelven la opción ideal para los visitantes cercanos.

Casi en los albores de Bahía Blanca, el balneario de Oriente, Marisol, propone la cercanía con el caudaloso río Quequén-Salado como punto célebre natural. Apenas una villa de 200 casas y frondosa arboleda, es habitado en invierno por unas cien personas, y sus atractivos centrales son las bondades de la pesca deportiva (pocos lugares ofrecen tantas opciones de mar y río juntos) y la tranquilidad de sus playas. Desde ya, la cercana Bahía Blanca es la opción para contar con todos los servicios de una gran urbe, y tener un pantallazo de punta a punta de la magnífica costa argentina

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Un mirador de la playa Las Gaviotas, con el Faro Querandí a lo lejos, en plena reserva dunícola.
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