turismo

Domingo, 26 de junio de 2011

COLOMBIA. JUNTO A LAS ORILLAS DEL CARIBE

Aguas claras, refugio perfecto

Pegadita a Santa Marta, en pleno Caribe colombiano, la villa pesquera de Taganga es refugio bien conocido de los habitantes de la zona y paraíso de mochileros por sus bajos costos. Snorkel y buceo en la increíble transparencia del mar y excursiones al Parque Nacional Natural Tayrona.

 Por Pablo Donadio

Minúscula bahía en el extenso peñón asociado a Santa Marta, Taganga es un respiro en esa meca turística que es la Colombia caribeña. Con la misma fuerza –arenas blancas y aguas transparentes, peces multicolores y sonidos de rumba– pero bien apacible y silenciosa. Desde su ubicación en el norte del continente funciona como un perfecto secreto a voces de la fenomenal ciudad-puerto, donde murió el libertador Simón Bolívar. De cara al océano y rodeada por montañas tapizadas de vegetación, su conexión con la urbe vecina se da a través de una carretera que nace cinco kilómetros al sur, en el centro mismo de Santa Marta. Popular por los arrecifes repletos de peces que encandilan a los buzos, y con playas tranquilas que enamoran más a los enamorados, es sinónimo de descanso y ecoturismo.

Panorámica de la Playa Grande desde uno de los pliegues montañosos de la región.

HERRADURAS En general, los visitantes que recorren Colombia llegan a Medellín, Bogotá o Cali, y desde allí parten hacia el Caribe. Toda la zona está dominada por formaciones montañosas, donde se arman bahías, ensenadas y herraduras naturales como la de Taganga, el escondite perfecto. Se trata de una playa-pueblo frente a las olas mansas del Caribe, con pocos habitantes y decorada por decenas de barcos, botes y barcazas pesqueras. La villa es un respiro en la geografía, un llano donde las casitas particulares y hospedajes, los negocios comerciales y restaurantes se levantan y ordenan a su manera. El resto está sometido a los desniveles montañosos, discretos algunos y verdaderos morros otros, que juegan de miradores sensacionales de toda la costa.

La vida aquí no dista mucho de la de cualquier pueblo pesquero, sin grandes espectáculos, y comiendo siempre delicioso, en especial pescado fresco y mariscos preparados con gracia y buen servicio en pequeños paradores y románticos restaurantes de los propios pescadores. La oferta turística podría resumirse en lo que ofrece el mar bajo sus aguas: “Acá no se viene precisamente a ver museos ni a escuchar ópera”, como dirá un viajante. El resto implica pasear por la calle peatonal paralela a la costa, donde están todos los locales comerciales y hospedajes. La armonía diurna se conserva hasta la tarde, cuando baja el sol y literalmente todo el mundo se toma su tiempo en la costanera para ver el momento mágico en que el astro se funde en el horizonte. Parados unos, sentados sobre rocas como meditando otros, admiran esa síntesis de lo perfecto. La escena de ese sol colosal y anaranjado hundiéndose en las aguas es, por más curioso que resulte, como una carrera por los 100 metros: dura unos pocos segundos, pero nadie puede dejar de prestarle atención. De sopetón, haciendo caso al guiño de la naturaleza, comienza la música sobre la playa, y la cosa cambia radicalmente, sobre todo enfocada a un público juvenil.

De a poco se forman los grupos, aparecen los tragos a base de ron y entran en acción bailarinas con trajes típicos para hacer de la rumba colombiana un arte bello y envidiable de pies a cabeza. Si bien el clima es amigable e invita a quedarse, “por las noches hay que cuidarse de la fresca de la brisa, pero te hará dormir bien profundo, como un niño”, según relata don Aurelio Aristiabal, personaje de playa insuperable que combina la simpatía de un largo bigote sin barba con su camiseta del Junior de Barranquilla, que aprieta y besa exageradas veces.

EL AGUA, PROTAGONISTA El agua es protagonista, y también testigo de lo mucho o poco que aquí ocurre. Sobre ella descansan los barcos, que son numerosos y adornan gran parte de la playa. Con ellos ocurre algo similar a lo que se vive en el litoral brasileño: desde lo alto en la carretera se los ve anclados como parte “inmóvil” del paisaje, y quien no visita la playa temprano no los verá moverse jamás, debido a que zarpan de madrugada y cuando la pesca es buena el trabajo concluye temprano, sin las exigencias de otros “mercados” que demandan acopios. Desde varios miradores se puede observar bien el pueblo y esa postal, incluso en la entrada de la carretera que llega de Santa Marta. El bus que viene de allí pasa por esas explanadas y al comenzar el descenso muestra la bahía hacia la Playa Grande, donde el agua es protagonista también bajo nivel. Nadar en el mar es como hacerlo en una pileta transparente e infinita. Y qué decir si a eso se suma la práctica del snorkel y el buceo en arrecifes cercanos. Casi siempre tranquilas y perfectamente transparentes, estas aguas son ideales para los bautismos náuticos, pero además Taganga es uno de los sitios más baratos de toda Sudamérica para iniciarse en los misterios del mundo subacuático.

Para hacer snorkel sólo hay que usar una máscara que puede comprarse en el pueblo, asegurándose la cercanía con varios cardúmenes, corales y otras especies submarinas. Para los entusiasmados con el buceo hay un viaje muy económico, pasando el balneario central hasta playas más solitarias y con destino de arrecifes chéveres. Los pescadores suelen ser grandes guías y buenos taxis costeros, utilizando sus lanchas y botes para llevar a los visitantes hacia los mejores manglares y playas. La lancha desde la bahía de Taganga cuesta unos 5000 pesos colombianos (2,50 dólares), pero quien gusta caminar puede probar ir a pie hacia Punta Aguja, un filo montañoso al norte, descubriendo playas desoladas de singular riqueza. Eso hace, entre tantos otros visitantes europeos y estadounidenses, María Florencia Iribas, una argentina de San Cristóbal que está de visita y no se resigna a volver al cemento porteño. Habrá que ver, a su regreso, las fotos conseguidas con siete estrellas de mar enormes y anaranjadas... En cuanto a la sensación de estar bajo el agua, hay que reconocer que es una experiencia tan sorprendente como indescriptible, donde todo sucede en cámara lenta.

DE PASEO Hacia el sur, una carretera zigzagueante conecta en pocos kilómetros con Santa Marta, pero hacia el norte todo parece salvaje. Allí una herradura aún más pequeña y que replica esta idea de apéndices interminables es conocida como Bahía Tatanga, donde sobresalen todavía más el silencio, los paseos solitarios y pocas construcciones.

Si se sigue en ese sentido, casi donde el peñón central comienza a girar sobre el mar hacia el oeste, surge el Parque Nacional Natural Tayrona. Hacia allí parten excursiones desde Santa Marta y desde la propia Taganga, con varias operadoras turísticas que ofrecen buenos precios. Ubicado en las derivaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, el parque es una de las montañas costeras más altas del mundo y una maravilla de escenarios de flora y fauna. Sus “dedos” salidos de una mano continental se hunden en el mar, y entre ellos nacen bahías y ensenadas como Chengue, Gayraca, Cinto, Neguanje, Concha o Guachaquita, con playas delimitadas por islotes rocosos, lagos y bosques. Además de encontrar costas de película, una paz soñada y otros contextos geniales para el buceo, el lugar puede visitarse a caballo, dando un poco de aventura a la jornada. Un recorrido a pie propone también la visita a vestigios arqueológicos de la antigua civilización del pueblo tayrona, conocida como la “Ciudad perdida”z

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Snorkel en la transparencia turquesa de las aguas caribeñas.
Imagen: Adrian Esnay Cardozo
 
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