turismo

Domingo, 10 de julio de 2011

MINITURISMO. EN EL PORTEñO BARRIO DE BARRACAS

Solita y Sola

Emblemático enclave ferroviario de fines del siglo XIX, Colonia Sola es un claro ejemplo de la desprotección del patrimonio edilicio. Pero también es un alto para no dejar de lado durante un recorrido por Barracas, el histórico barrio que inspiró a pintores, cineastas, escritores y tangueros, entre otros personajes de la cultura porteña.

 Por Pablo Donadio

A unos mil metros del Tomás Adolfo Ducó, estadio del Club Atlético de Huracán, sobre Australia y la vía, una figura sombría sigue asolando a Barracas. No es ya la presencia fantasmagórica del descenso, sino la de los cuatro edificios de Colonia Sola: construidos con estilo inglés en 1889, ven pasar los días desgranando cuerpo de ladrillos, degradándose y cayéndose a pedazos, literalmente, ante la desidia de muchos. El lugar es apenas un botón de muestra de un distrito que supo atesorar el alma porteña, pensado nada menos que para honrar el esfuerzo obrero. Su instalación marcó una época y fue todo un símbolo de lo que podía entenderse como barrio de avanzada para los ingleses que daban vida al ferrocarril, la nueva joya del siglo naciente.

Largas fachadas de Colonia Sola, el complejo ferroviario nacido a fines del siglo XIX.

EMBLEMA DE UN EMBLEMA Lo que sucedía ya en otras capitales del mundo llegó finalmente a la Reina del Plata. La expansión del ferrocarril trajo consigo la construcción de fuertes y duraderos modelos edilicios para los trabajadores, que se replicaban aquí tal como en Liverpool, Manchester o Nueva Delhi. Todo nacía de un cambio rotundo en la vida y el transporte comercial, que realizaba en horas lo que antes llevaba días enteros. Se podía salir de Buenos Aires y llegar a un abanico de destinos provinciales, incluso con mal tiempo, cosa antes imposible si había que pensar en una larga travesía. A medida que cada tren avanzaba, como portador de un halo mágico y poderoso, se iban levantando barrios, encadenando trabajos y sembrando prosperidad.

En las estaciones nacientes esperaban familias que comenzaron a saber de sus parientes de modo palpable, y ya no sólo por cartas tardías; los talleres, galpones y depósitos se llenaban de expertos en mecánica, capataces y aprendices; la construcción de viviendas avanzaba como una avalancha sin tregua, y la producción de piezas nacionales dinamizaba la pequeña y creciente industria.

En ese contexto alentador, los cuatro edificios de Colonia Sola comenzaban a mostrar su planta baja y primer piso de ladrillos comunes y a la vista. Luego los techos a cuatro aguas, las galerías y un gran parque hacia las vías, como para dar cuenta de esa ligazón indestructible. Y el barrio donde esto ocurría no era un detalle casual: Barracas ya había instalado bajo su mirada portuaria el ir y venir, la conexión con otras ciudades y destinos. Emblemática comarca del siglo XIX, su movimiento supo ser inspiración de grandes plumas, como la de Leopoldo Marechal y su novela Adán Buenosayres, también la de Ernesto Sabato en Sobre héroes y tumbas. Asimismo iluminó a los famosos payadores César Cantón y Félix Hidalgo; a artistas de la talla de Benito Quinquela Martín, que la inmortalizó en su pintura “Viejo Puente Barracas”. Qué decir de tantos tangos en su nombre, o que al menos la mencionan, como “Silbando” y “La reja”, de José González Castillo, y el legendario bandoneonista Carlos Marcucci.

Todo un cúmulo de expresividad girando alrededor de un barrio donde la epopeya ferroviaria replicaba, como en otras capitales del mundo, un concepto de barrio obrero, generando identidad y pertenencia y haciendo real al mismo tiempo el sueño del ascenso social.

El colorido y levadizo Puente Pueyrredón viejo contrasta con el abandono de Colonia Sola.

TELEFONO DESCOMPUESTO Si vale una sinécdoque, Colonia Sola podría tomarse como la parte del todo que da cuenta de un eje común a muchas necesidades básicas insatisfechas. Su historia reciente cuenta que hace poco más de 10 años, después de mucha insistencia por parte de las familias y agrupados en una mutual, se sancionó una ley creando un programa para rehabilitar el conjunto edilicio. El mismo año la colonia se transformaba en el Area de Protección Histórica 9, con catalogación estructural de los edificios. La cosa se encaminaba, pero no pasó mucho y aún hoy no se ha resuelto su situación de manera definitiva. Tal vez algún día las cosas cambien: restaurar el predio significa salvar una pieza patrimonial irreemplazable, pero sobre todo darles vivienda digna a cientos de personas, revitalizando al mismo tiempo parte de un barrio que supo ser ejemplo de trabajo y prosperidad.

LAS BARRACAS Hay que remontarse a fines del 1600 para marcar un mojón en la historia de Barracas. Allí, a orillas del Riachuelo, comenzaron a instalarse construcciones precarias para almacenar cueros y otros productos que salían o llegaban a la ciudad. Según algunos historiadores, a esas “barracas” también llegaban esclavos negros, aunque por aquellos años la zona estaba casi deshabitada, y sólo se destacaba por su ubicación estratégica, en la que funcionaban un puerto y un Arsenal de Marina, atento a posibles invasiones extranjeras.

Con férreo espíritu portuario, los productos debían embarcarse entre las barrancas del Parque Lezama y la Vuelta de Rocha, con una actividad y diligencia difíciles de imaginar en estas épocas, cuando la zona sigue –pese a los recientes trabajos de saneamiento del Riachuelo– en un estado marginal. Según los acuerdos del Cabildo de Buenos Aires, Barracas se convirtió en Partido a principios del siglo XIX, y don Juan Manuel de Collantes fue nombrado en diciembre de 1805 comisionado del Superior Gobierno de Barracas y sus inmediaciones.

Con el paso de los años pasó a ser un barrio de quintas, repleto de familias de gran influencia política y social, que residían en lujosas casonas al borde de la calle Larga, actual Avenida Montes de Oca. El Palacio Díaz Vélez, que fue propiedad del estanciero don Eustoquio Díaz Vélez (h), ubicado en la Avenida Montes de Oca al 100, es el más importante ejemplo de estas mansiones y sus parques, aún en pie. La antiguas fábricas Piccaluga (textil), y El Aguila (chocolate y café); la Iglesia de Santa Felicitas; el parque Herrera y el puente levadizo de hierro; los terrenos de la familia Guerrero –padres de Felicitas–, donde se construyeron verdaderos palacios rodeados de imponentes jardines (uno de ellos la actual plaza Colombia, inaugurada en 1937), son porciones de ese patrimonio arquitectónico sorprendente.

Asimismo la legendaria Avenida Montes de Oca, que corre paralela a la actual autopista 9 de Julio, aún atesora los ecos de ardientes valses, tangos y milongas de las pulperías “La Paloma” y “Santa Lucía”: “Era rubia y sus ojos celestes / reflejaban la gloria del día / y cantaba como una calandria / la pulpera de Santa Lucía. Era flor de la vieja parroquia / ¿Quién fue el gaucho que no la quería? / Los soldados de cuatro cuarteles / suspiraban en la pulpería”, recuerda el viejo temón de Enrique Maciel.

Corazón religioso del sur, la parroquia de Santa Lucía lleva cada 13 de diciembre el recuerdo de éste y otros tiempos en su tradicional peregrinación dedicada a la patrona del barrio. Un barrio que cambió para siempre ya hacia fines de siglo XIX, al desatarse la epidemia de fiebre amarilla, cuando las familias acaudaladas se trasladaron hacia el norte de la ciudad y Barracas se pobló de gente trabajadora, en su mayoría inmigrantes italianos. Más cerca en el tiempo, el despliegue de autopistas a partir de la década de 1980 obligó a la demolición de más de veinte edificios residenciales y dos parques públicos, acentuando el deterioro edilicio que continúa hasta hoy

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Símbolo de una época, el complejo habitacional de Colonia Sola marcó un avance en la vida de los obreros ferroviarios.
 
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