turismo

Domingo, 23 de septiembre de 2012

CHUBUT. AVISTAJES DE FAUNA EN PENíNSULA VALDéS

Adorables criaturas marinas

Crónica de un viaje a Puerto Madryn, santuario natural donde se puede nadar con lobos marinos en su hábitat, disfrutar de las ballenas francas en acción y observar a los elefantes marinos apostados en las costas de la cercana Península Valdés. Una fauna extraordinaria concentrada en pocos kilómetros de la costa chubutense.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Rafael Yohai

El avión planea sobre las escarpadas costas de Chubut. Estamos por aterrizar en Puerto Madryn, la ciudad santuario, la porción de tierra que cada año, entre junio y diciembre, es testigo privilegiado de un desfile único de fauna marina en las aguas de los golfos Nuevo y San José, desde la ciudad costera hasta la indómita Península Valdés.

Por las ventanillas se puede contemplar, de un vistazo, la estela que dejan las ballenas que emergen a respirar, que agitan sus colas, que saltan. Una imperfecta circunferencia se dibuja y expande en el mar azul que recibe a este mamífero colosal, uno de los más grandes sobre la faz de la tierra.

Pero la franca austral no arriba aquí en soledad: hay otras especies que la acompañan en este eterno peregrinaje que llega año tras año desde las gélidas aguas antárticas. Como los elefantes marinos, que asoman por la Península a mediados de agosto, o los pingüinos de Magallanes que pueblan Punta Tombo, 150 kilómetros al sur de Madryn, desde septiembre/octubre. También sobrevuela un buen número de aves migratorias, como el llamativo flamenco chileno, que se acerca en bandadas desde el país transandino. Y las que están siempre, como los cormoranes, que anidan en el mismo lugar donde viven los lobos marinos, moradores permanentes de Punta Loma, una reserva cercana al centro madrynense donde se puede bucear con ellos.

Buceo con lobos, uno de los acercamientos más apasionantes a la fauna marina.

NADANDO CON LOBOS Son poco más de las ocho de la mañana y ya estamos listos, apretujados dentro de un traje de neoprene que ayudará a mitigar el frío durante la inmersión. Enseguida partimos mar adentro a bordo de la lancha pilo-teada por el buzo Matías Arenas, secundado por Raúl Passarotti, de Masterdivers, quienes nos instruyen acerca del comportamiento que debemos tener en el agua. “El lobo tiene tendencia a morder, no porque sea agresivo, sino porque es un juego para ellos. Hay que tocarlos cerca del hocico con el puño cerrado, para que no lastimen. Pero dejen que ellos se acerquen primero, así toman confianza”, recomiendan. En Punta Loma viven alrededor de 500 ejemplares, “una población que crece permanentemente”, apunta Raúl.

La embarcación ancla un rato después frente a la reserva. Está fresco pero no es para tanto, y el sol pugna por asomar. Desde la cima un guardafaunas, largavistas en mano, custodia todos los movimientos. No se permiten más de tres embarcaciones al mismo tiempo, y entre las tres no pueden sumar más de 18 personas buceando a la vez. Tampoco está permitido acercarse demasiado a la costa ni ponerse de pie en los arrecifes rocosos. Reglas necesarias para la conservación, para la buena convivencia entre lobos y hombres.

Raúl nos ayuda a calzarnos las aletas, el snorkel, los guantes, el gorro y la mascarilla, mientras dicta la últimas indicaciones acerca de cómo debemos respirar y nadar, qué hacer y qué no hacer. Matías se zambulle con nosotros, cámara en mano, dispuesto a registrar la aventura. Nos pide que nos mantengamos juntos. “Si están dispersos, los lobitos también se dispersan”, advierte.

Nadamos hasta acercarnos a una restinga, a distancia prudencial de la costa. De pronto tengo cinco, seis, siete lobos girando a mi alrededor. Se acercan, me miran fijo, nadan de panza, de frente y perfil. Estiro mis manos, intento tocarlos, pero se escabullen. Cuando uno los ve en tierra, parecen torpes y pesados, pero bajo el agua nadan con destreza y hasta parecen mofarse de nuestra torpeza. De pronto, uno me toma desprevenido y me mordisquea por la espalda, otro me clava los dientitos en el brazo mientras un tercero muerde las aletas. Pero no duele, son caricias, juegan como perros. Para cuando giré, ya se apartaron: somos lentos en su territorio. Enseguida viene otro, y logro acariciarle la cabeza. Matías, mientras tanto, registra todo. Los lobos son curiosos y pegan el hocico contra la cámara. Cuando llega la hora de volver a la lancha vienen detrás, como si supieran que nos vamos.

“Ya son cuatro temporadas que vienen interactuando con la gente y se acostumbraron. Todos quedan impresionados por el contacto, se dice que es el mejor lugar del mundo para hacer esta actividad”, asegura Raúl. Paula y Juan, dos abogados porteños que están de vacaciones, vuelven fascinados. “Me encantó la experiencia, son muy sociables, se te acercan y juegan. Al principio es una sensación rara, pero después te dejás llevar”, dice Paula. “La verdad –interviene Juan– es que una cosa es verlo desde un mirador y otra cosa poder acariciarlo. Es increíble, para mí es la mejor excursión de todas.”

La cola de la ballena franca, la foto más deseada por los pasajeros en un avistaje.

AL AVISTAJE “Las ballenas generan una conexión muy fuerte. La gente termina aplaudiendo, y algunos hasta lloran de la emoción”, dice Pablo Martin, capitán del Pinino VI, la embarcación en la que nos aprestamos a avistar ballenas en la Península Valdés. “Debe ser el tamaño o lo sociables que son –continúa–. Cuando uno llega a interpretarlas, se da cuenta de que hay una especie de sentimiento que no sabría cómo describir. El bicho es curioso, vienen a verte, a saludarte, eso es lo que me atrae.”

Es una agradable mañana para navegar, no hay viento en Puerto Pirámides y se ven varias ballenas en el horizonte. “Yo le explico a la gente que siempre es distinto, hasta cuando están descansando o durmiendo, porque de esa manera te permiten tenerlas a su lado –comenta el capitán–. Un día podés ver algo maravilloso y al otro día, también. Si no te mostró la cola, pegó un salto, te encontrás con un grupo de cópula, o un cachorro se rascó el lomo con la embarcación. Un simple roce es como una caricia.”

Es una día espléndido y el avistaje pinta espléndido también. Ernesto es el encargado de dar las instrucciones para una buena convivencia en el catamarán y no ahuyentar a las ballenas. “Hay que ser muy silenciosos”, advierte. Apenas salimos avistamos tres ejemplares muy activos. “Ballena a las nueve”, avisa Ernesto. “Atentos a la cola”, dice poco después. “Miren que puede saltar. El que no tiene la foto de la cola, que se dedique a otra cosa”, bromea. Más allá, en la delgada línea del horizonte, otro ejemplar sorprende con un salto espectacular.

Pablo lleva unos veinte años navegando. Cada tanto acomoda el barco, de modo de quedar siempre bien ubicados. “No hay ninguna universidad, ningún libro que te diga cómo tenés que comportarte en el momento de acercarte a una ballena. Es pura observación. Me considero un privilegiado, soy uno de pocos capitanes en toda Argentina que trabaja en esto.”

El imponente salto de una ballena, ágil a pesar de sus 40 toneladas.

SALVEN LAS BALLENAS Hacia mediados de la década del 80, un pequeño grupo de gaviotas comenzó a picotear el lomo de algunos ejemplares para alimentarse de su grasa. Con el correr de los años, y el aumento de la población de estas aves –que tiene relación directa con el basural a cielo abierto que hay en las afueras de la ciudad, ya que se alimentan de esos desechos–, aquel extraño comportamiento de unas pocas se extendió hacia un grupo más numeroso, hasta volverse un hábito corriente que produce daños e infecciones en las ballenas.

Desde 2002 se vienen realizando talleres y discutiendo qué medida adoptar frente a este problema, que parece no tener solución definitiva. Un mes atrás el gobierno de Chubut tomó la determinación de eliminar un número de gaviotas mediante el uso del “rifle sanitario”. La decisión, que levantó polvareda y generó controversias entre la población y en los medios de comunicación, fue sin embargo consensuada y apoyada por diversas ONG ambientalistas y la comunidad científica. El proyecto, en principio una experiencia piloto, forma parte de un plan de acción integral para cerrar basurales a cielo abierto, y reducir tanto los descartes pesqueros de la flota costera como los que se acumulan en tierra, dijeron a TurismoI12 fuentes del Centro Nacional Patagónico. Todas estas acciones tendrían efecto a largo plazo.

“El proyecto surgió en 2007, cuando se presentaron los resultados y conclusiones del estudio de la interacción gaviotas-ballenas y se recomendó intervenir en el problema” explica Gabriela Bellazzi, presidenta de la Fundación Tierra Salvaje. “La piel de las ballenas tiene muchas terminales nerviosas, es impermeable al agua de mar, lo que impide que se deshidraten por efecto de la sal, y también es la principal barrera contra enfermedades. El dolor que provocan las heridas en una zona tan sensible es difícil de soportar, especialmente para las crías. La gran superficie que abarcan estas heridas en los ballenatos los vuelve vulnerables a infecciones, provoca la pérdida de fluidos corporales y deshidratación. Como consecuencia, se debilitan rápidamente, pierden temperatura, y eso podría ocasionarles la muerte. Por otro lado, las gaviotas pueden –y está demostrado que lo hacen en algunos casos– transmitir virus, bacterias y hongos desde los basurales y contagiar enfermedades entre diferentes ballenas”, agrega.

En un principio los investigadores pensaban que se trataba de “gaviotas especialistas”, y que sólo algunas atacaban a las ballenas. Sin embargo, Bellazzi indica que ahora creen que el fenómeno se extendió a otras por imitación. “Ya no podemos asegurar que hay un grupo de especialistas cuya eliminación solucionaría el problema. El continuo hostigamiento afecta seriamente la calidad de vida de la población de ballenas en el área de reproducción y cría. Tenemos que recordar que la ballena franca austral es una especie amenazada, que fue llevada al borde del exterminio por la caza comercial indiscriminada y que hoy se encuentra a sólo el 10 por ciento de su número original. Las gaviotas, en cambio, se convirtieron en una especie problemática en la zona, no sólo porque las atacan, sino que además predan sobre nidos de otras especies de aves.”

Una pareja de elefantes marinos en Península Valdés. El macho se distingue por la probóscide.

TIERRA DE ELEFANTES Por la tarde, luego del avistaje, vamos a dar la vuelta a la Península Valdés, Patrimonio Natural de la Humanidad desde 1999. Esta porción de tierra de unos 4000 kilómetros cuadrados está dominada por la estepa infinita, con bahías, golfos y acantilados que se hunden en la playa, un puñado de estancias que se dedican al ganado lanar y el pequeño pueblo de Puerto Pirámides.

Carlos Solva, guía de Flamenco Tour, conduce por el largo y solitario camino de ripio que surca la Península de punta a punta. Mira para todos lados, atento a cualquier bicho que se cruce. Por aquí deambulan guanacos y zorros grises, ñandúes y maras. “Las maras se pueden ver ahora que empieza la primavera, aunque se pierden en la estepa. Fijate dónde hay sombra, que siempre están ahí”, alerta. Los animales parecen estar bien escondidos y lo único que se ve, y en cantidades, son ovejas. Más adelante nos sorprende un cauquén, que vuela espantado apenas detenemos el auto. Carlos se detiene en la cueva de una lechuza vizcachera, pero está vacía. Hay gran cantidad de aves en Valdés, sobre todo costeras, como el ostrero, el cormorán, el biguá o los pingüinos de Magallanes. Aunque el foco de atracción en esta época del año son los elefantes marinos, que llegan en agosto y se quedan hasta marzo.

El Faro de Punta Delgada es un hotel de campo situado en una porción privilegiada de la península, no sólo por su ubicación sobre un acantilado que desemboca en una playa solitaria, sino porque es la misma playa elegida por los elefantes para copular, tener sus crías y hasta mudar su piel. Allí nos recibe Irene, la encargada, quien luego de un exquisito almuerzo –vieyras y ragú de cordero– nos guía hasta el Arenal, el mejor lugar para observar los elefantes.

Desde allí, en medio de un montón de hembras y crías, distinguimos a los machos con su característica proboscis. Rugen como verdaderas bestias, mientras las hembras emiten un sonido que se asemeja al de un perrito faldero. Pasamos allí un buen rato observándolos en silencio absoluto. Uno de los machos persigue al otro, que al parecer tiene intención de arrebatarle sus hembras. Es que los machos alfa forman harenes de hasta 70 hembras, que se defienden ferozmente de los machos “periféricos”. “¿Alguna vez viste una pelea? –pregunta Jorge Martin, guardafauna provincial, que vive en caleta Valdés, a unos 20 kilómetros de Punta Norte, donde hay otro apostadero de elefantes–. Los tenés que ver, se sacan pedazos de la proboscis. Lo hacen para dominar el harén.”

El guardafauna cuenta que las hembras son las primeras en llegar. “Buscan al macho dominante, que tiene el trabajito de copular unas 16 hembras por día. Se cree que eligen este lugar por las playas de canto rodado, y porque no tienen depredador, que es la foca leopardo, de su misma especie.” Jorge explica que no se alimentan aquí sino en la Antártida. “Vienen con el ciento por ciento del peso y se van con un sesenta por ciento. Tienen sus crías en tierra, a las que amamantan por 21 días, y a la cuarta semana entran en celo nuevamente.” Un macho pesa casi tres toneladas y una hembra 700 kilos. Viven unos 25 años y son capaces de descender hasta los 1500 metros de profundidad, en busca de su alimento predilecto: el calamar gigante. Lo hacen, según Jorge, por “ecolocalización”, siguiendo las ondas sonoras.

La charla se pone interesante, pero hay que partir para llegar a ver el atardecer en Punta Pirámides, que –según dicen– es soberbio. Tanto como la increíble fauna de este lugar, un verdadero santuario natural.

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La ballena franca austral se distingue por su chorro en V y las callosidades de la cabeza.
 
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