turismo

Domingo, 18 de noviembre de 2012

MALASIA BUCEO Y PLAYAS EN EL MAR DE ANDAMAN

La isla del tesoro

Un periplo por las costas de Malasia. Buceo en Sipadan, una isla de ensueño que emerge frente a las costas de la enigmática Borneo, y paseos por las aguas del mar de Andamán, en las playas de Langkawi: bellezas naturales, aproximación a otra cultura y el descubrimiento del espectacular fondo marino.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

“Sipadan es una joya, una obra de arte intacta”, dijo alguna vez Jacques Cousteau, el legendario oceanógrafo francés, sobre esta isla de aguas cristalinas y riquísimo fondo marino. Por aquí nadan más de tres mil especies de peces multicolores, y habitan otras cien variedades de corales, lo que convirtió a este lugar en uno de los cinco mejores destinos del mundo para bucear. Esta minúscula isla flota sobre el mar de las Célebes, al sudeste de la porción malaya de Borneo, cuyo territorio está repartido entre Malasia, Indonesia y Brunei. Desde Kuala Lumpur, capital del país, parten vuelos regulares hasta Kota Kinabalu, la capital del estado borneano de Sabah. Una vez allí hay que conectar con otro vuelo interno hasta Tawaw, y de ahí vía terrestre hasta Samporna, donde finalmente se embarca rumbo al paraíso.

El largo camino vale la pena, porque una vez en esta islita de pescadores regada de palmeras y poblada de ranchitos, que a lo lejos parecen flotar, sólo resta relajarse. Y bucear. Todo aquí gira alrededor de esta actividad que, según afirman sus adeptos, genera verdadera “adicción”. Si no, basta charlar un rato con Bjorgen, un pibe noruego que se “envició” y llegó a bucear cuatro veces por día durante una semana, hasta que los mismos instructores le recomendaron bajar un poco los decibeles. Otra alternativa es al menos animarse al snorkel: de otra manera, nunca se comprenderá la magia de Sipadan.

Sipadan. Aguas cristalinas que fascinaron ayer a Cousteau y hoy a los buceadores de todo el mundo.

BAJO EL AGUA En 2004 el gobierno malayo resolvió trasladar a los operadores de buceo hacia Mabul, otro islote cercano, con el objetivo de mantener el equilibrio entre los ecosistemas marino y terrestre de la zona. Desde entonces, los viajeros se hospedan aquí y no en la mismísima Sipadan.

El Mabul Water Village es un exclusivo alojamiento con cabañas de madera construidas en pilotes sobre el agua. Este hotel forma parte del Sipadan-Mabul Resort (Smart), un complejo que se extiende hasta el otro lado de isla, con el que se conecta por medio de un puente de madera.

El fondo del mar, los peces y corales fantásticos que habitan esta porción del planeta concentran todas las charlas y la energía de los visitantes. Como Charlotte, una sueca enérgica que se está iniciando en esto de andar bajo el agua y no puede dejar de estudiar las reglas básicas del buceo submarino, con el fin de rendir un examen que la habilite a sumergirse en cualquier mar del planeta.

La excursión para bucear en Sipadan parte al amanecer y se extiende durante toda la jornada. Al llegar hay que registrarse en la oficina del muelle y pagar la tasa correspondiente. Luego un desayuno, un paseíto por las playa y, al fin, la alegría de bucear. En total, son cuatro inmersiones a lo largo de la jornada. Entre una y otra hay recesos para reponer energías con la vianda que llevan los instructores, dormitar bajo una sombrita, darse un baño de mar o simplemente caminar por la playa.

De vuelta en Mabul, para coronar una gran día nada mejor que contemplar un idílico atardecer sobre el mar de Célebes. Una buena alternativa resulta caminar hasta el famoso bar de Uncle Chang para disfrutar de una cerveza helada y contemplar la puesta del sol recostado en un deck con vista al horizonte.

En Mabul hay cuatro aldeas de pescadores y no existen sitios donde comer fuera de los pocos alojamientos que cuentan con su propio restaurante. Tampoco hay tiendas para ir de shopping, salvo un par de nativos que venden artesanías en improvisados negocios montados en sus casas. Pero aquí, a diferencia de otros rincones de Asia, nadie los persigue a los visitantes para que compren algo. Y los niños, en vez de pedir dinero, piden fotos y posan desinteresadamente. Se conforman con verlas al instante y parecen quedar eternamente agradecidos.

Deambulando por ahí, sorprende encontrarse con un alborotado grupo de argentinos. Daniel Gutiérrez es instructor Padi (Asociación Profesional de Instructores de Buceo por sus siglas en inglés). El hombre se dedica a viajar llevando grupos por los destinos más exclusivos del planeta. “Sipadan es un lugar privilegiado, rico en corales y paredes que se pierden en la profundidad”, describe mientras enumera algunas de las especies que pudieron ver. Tiburones de punta negra, tortugas “enormes”, caballitos de mar y “la majestuosa entrada de la Cueva de las Tortugas”. “Como premio a una paciente observación, descubrimos una increíble fauna macro. Y como broche de oro –concluye– tuvimos la experiencia incomparable de entrar en los cardúmenes compactos de barracudas amenazantes.”

Atardecer en Mabul, el islote donde se concentran los operadores de buceo de Sipadan.

SUEÑOS EMBARCADOS Playas de ensueño, aguas cristalinas, ríos, manglares. Así es Langkawi, un archipiélago de islas preciosas que emergen en el fabuloso mar de Andamán, ubicado en el estado de Kedah, en el noroeste de Malasia y a unos 30 kilómetros de la frontera con Tailandia. Cien mil habitantes viven en las únicas cuatro islas habitadas; Pulau Langkawi es la más grande y Kuah su capital. La exuberancia de Langkawi constituye el atractivo de este paraíso –también puerto libre de impuestos– que vive en gran medida del turismo.

El primer día amaga con ser un fiasco. Un tremendo aguacero tropical cae súbitamente y obliga a una siesta reparadora. Cuando la lluvia amaina, salimos a caminar por la playa de Pantai Cenang. Atardece. Un bellísimo arco iris irrumpe de espaldas al mar. Al otro lado, el sol se esconde lentamente bajo el agua y la playa se tiñe de un extraño y tenue anaranjado. Mientras tanto, algunos turistas occidentales aprovechan la hora mágica para hacer ejercicio. Las extranjeras salen a correr en bikini y ajustados shorts, y las mujeres locales se bañan en el mar sin quitarse ni sus coloridas túnicas ni los pañuelos que cubren su cabellera. Mientras tanto las señoras de las potencias petroleras de Medio Oriente se pasean ataviadas con el niqab, el velo negro que les cubre el rostro y sólo deja una profunda mirada al descubierto.

John es descendiente de hindúes. Es un hombre moreno, calvo y de sonrisa fácil. Será nuestro guía en esta isla de ensueño. Llega temprano a la mañana para ir hacia una playa más alejada, llamada Pantai Datai, a la que sólo se accede navegando. Pero para llegar al muelle hay que hacer unos kilómetros en auto. En la ruta se ven cartelones del sultán con mensajes de bienvenida en inglés. Sus fotos están por doquier. Hoteles, restaurantes, casas de familia, en todas partes se exhiben fotografías de la familia real. Porque en Malasia nueve de los trece estados son regidos por sultanes, quienes se turnan en el poder cada cinco años, compartiendo responsabilidades con el primer ministro.

Embarcamos primero rumbo al Tasik Dayang Bunting o lago de la Mujer Embarazada, conocido así porque el contorno de la montaña que se erige enfrente se asemeja, según la imaginación popular, al de una mujer encinta acostada. En el muelle pululan varios monitos poco amistosos, que sólo buscan comida. No hay que descuidarse, los macacos son rápidos.

Para llegar al lago hay que atravesar un pequeño sendero en medio de la espesa jungla. Luego del minitrekking, llegamos por fin al bellísimo espejo de agua, ideal para el chapuzón. John recomienda no adentrarse demasiado, dice que es peligroso para nadar. Los malayos, en tanto, pasean en botes de agua a pedal.

Poco después nos embarcamos nuevamente hacia Pantai Datai, donde nos aguardan con el almuerzo. Una familia local cocina cangrejos y camarones grillados, mientras otro grupo de monos, más grandotes, temibles y agresivos aún, nos acechan: están decididos a robarnos descaradamente la comida. Un descuido equivale a un manotazo de mono, que es lo que finalmente ocurre. El primate se sale con la suyas y se va corriendo, camarón grillado en mano, escapando de la lluvia de piedras que le lanza, furioso, el cocinero.

Al día siguiente recorremos los manglares, dentro de los límites del Parque Nacional Kilim, sitio reconocido por la Unesco como Geoparque debido a las características formaciones rocosas de piedra caliza que emergen, imponentes, de las aguas turquesas del mar de Andamán.

Uno de los atractivos principales y más difundidos de este paseo consiste en darles de comer a las águilas que sobrevuelan por aquí. Pero John no está de acuerdo: argumenta que las aves se malacostumbraron a ser alimentadas y ya no saben buscar comida por sus propios medios. El tour continúa entonces por criaderos de pescado y camarones flotantes y una cueva de murciélagos. Más tarde nos detenemos a almorzar en un sitio donde los turistas pueden alimentar mantarrayas. Poco después del suculento y picante almuerzo, embarcamos nuevamente. Nos detenemos en uno de los tantos criaderos, y concluimos la vuelta con un baño de mar en una pequeña isla solitaria. Nos recuerda al lugar de ensueño de la película La playa, aquella de Leonardo DiCaprio. Nos pellizcamos: llegamos al paraíso.

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En las playas de Langkawi, una mujer vestida con el velo negro de las musulmanas.
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