turismo

Domingo, 27 de enero de 2013

BRASIL. NAVEGACIóN ENTRE SANTOS Y SALVADOR

El crucero de la fantasía

Crónica de siete días en crucero, entre Santos y Salvador de Bahía, recorriendo las costas brasileñas con paradas en Buzios e Ilha Grande, a bordo de una nave de 18 pisos. Entre ciudad flotante y mundo en miniatura, una manera diferente de descubrir algunos de los destinos más tradicionales de Brasil con un menú infinito de diversión, sazonada con sabor italiano.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Dieciocho puentes, tres escaleras de rutilante cristal Swarovski, más de 3200 pasajeros, 333 metros de eslora, 1637 camarotes, 130.000 toneladas, 1370 tripulantes, 27.000 metros cuadrados de espacios comunes, cinco restaurantes, cuatro piscinas, 12 jacuzzis, 65.000 puntos de luz, 1800 kilómetros de cableado eléctrico. Son los números, impresionantes, del MSC Fantasía, que este año llegó por primera vez a Sudamérica y está realizando durante esta temporada la ruta Santos-Buzios-Salvador-Ilha Grande-Santos. Sin conocer de números, dicen que la primera impresión es la que cuenta: y es difícil, parados junto al muelle del puerto paulista de Santos frente a semejante gigante, no sentirse empequeñecido al intentar en vano, levantando la vista, divisar hasta el último de los pisos de un crucero que excede cómodamente las tres cuadras de largo y se eleva varias decenas de metros sobre nuestras cabezas. Más que un barco, se diría un conjunto de edificios flotantes, tanto que en 2009 estuvo a punto de albergar la cumbre italiana del G8. El terremoto del Abruzzo provocó finalmente un cambio de sede: pero dados los estándares de seguridad, ecología y capacidad que requiere un evento internacional de ese tipo, está casi todo dicho sobre lo que el Fantasía tiene para ofrecer a sus pasajeros. “Es fantasía hecha realidad”, dice con un sencillo pero efectivo juego de palabras Adriana, una brasileña que está de vacaciones junto con un grupo de amigas de Curitiba, sin dejar de moverse al ritmo que contagian la música y las luces de la discoteca. Como ella, gran parte del pasaje es oriundo de Brasil, algo esperable teniendo en cuenta que es brasileño el puerto de partida. Pero también se oye con frecuencia el acento de Buenos Aires y hasta de Córdoba, paseando aquí y allá por los puentes a la hora del atardecer, cuando se vuelve de las excursiones en tierra o se descansa un rato, cóctel en mano, viendo el comienzo de la noche sobre el mar.

Saludo de adiós a Salvador, un rito que se realiza con los pasajeros al zarpar de cada ciudad.

DIAS UNO Y DOS La llovizna insistente que moja la tarde un sábado, el día fijado para la partida, no impide que miles de pasajeros se den cita en el Aqua Park –donde se encuentra la pileta central– para la ritual ceremonia de despedida del puerto. Casi imperceptiblemente, todo un logro para un gigante de este tamaño, los motores vibran con más fuerza y el puerto empieza a alejarse, saludado por una salva de flashes fotográficos, música y hasta baile en la discoteca. No falta mucho para que caiga la noche: cada uno se acomoda en su camarote, y comienzan las primeras exploraciones de la nave, destinadas a familiarizarse con sus distintos sectores, pisos, bares y restaurantes. Una semana más tarde, todavía hay quienes no han terminado de recorrer todos los rincones del barco, que tiene un atractivo adicional respecto de otros cruceros: en la parte superior de la proa, en los decks que van del 15 al 18, se creó un sector especial –el MSC Yacht Club– que ofrece 71 cabinas con más privacidad, piscina, restaurante y jacuzzis exclusivos, sin olvidar lo que muchos consideran el lujo de lujos: un servicio de mayordomos dispuestos a atender hasta las más pequeñas necesidades de sus mimados pasajeros. Algunos de ellos –como Darwin y Celso, que logran un servicio tan simpático como impecable– son centroamericanos: pero el personal del barco incluye nacionalidades tan variadas como las chicas de Macedonia que atienden en el free-shop, los italianos que son mayoría en el equipo de animación y la tripulación, los brasileños que por ley deben ser el 25 por ciento durante un viaje por estas costas, y los asiáticos que se entrevén atareados tras la puerta vaivén del multitudinario buffet. Todo un mundo que, apenas embarcar, participa en las explicaciones de seguridad y en un simulacro obligatorio de emergencia. A la mañana siguiente, será la hora de desembarcar en Buzios para la primera escala del viaje.

Nos recibe un día radiante. El crucero se aproxima a la bahía, pero se queda a unos 200 metros de la costa y desembarca a los pasajeros, con una organización digna de relojería suiza, mediante lanchas que durante todo el día aseguran el puente marítimo con el muelle de Buzios hasta que el Fantasía vuelva a zarpar, a las siete de la tarde. Cada viajero elige su opción: hay quien prefiere no dejar su hotel flotante, quien simplemente se pasea por el centro de la ciudad balnearia manejando libremente sus horarios, y también quien elige sumarse a algunas de las excursiones que propone el propio crucero, y que se pueden reservar a bordo, directamente desde el televisor interactivo de los camarotes o en la oficina de excursiones del lobby. En el caso de Buzios, las propuestas van desde navegaciones en goleta recorriendo las playas y anclando en algunas –como Joao Fernandes y Tartaruga– para nadar y bucear, hasta recorridos en camioneta, tranvía, catamarán con fondo de cristal o excursiones a Cabo Frío. Como sea, a las seis de la tarde, con la foto ritual junto a la estatua de Brigitte Bardot guardada en la tarjeta de memoria de la cámara, ya está todo el mundo a bordo nuevamente, algunos repartiéndose en las piscinas y otros preparándose para la función nocturna en el teatro L’Avanguardia.

Apenas llegar nos sorprendemos: unas 1500 personas asisten fascinadas a un show de música, danza, acrobacia y destreza que nos hace olvidar que estamos en un gigantesco crucero de piso oscilante según el ritmo de las olas. El rito se repetirá, desde entonces, cada noche: una velada para Michael Jackson, otra para la canción italiana –homenaje a los orígenes de la compañía–, otra para la música pop. Hay para todos los gustos, y la fiesta sigue luego con un revival de música disco en la discoteca y la desopilante elección de Mr. y Mrs. Fantasía, que termina por conquistar incluso a los más escépticos ante el notable despliegue de buen humor y desinhibidas ganas de divertirse que le ponen los pasajeros. Salvatore, un italiano de Milán radicado desde su ya bien lejana infancia en San Pablo, resulta ser el feliz ganador de la segunda noche, tras sortear con asombrosa energía varias proezas disparatadas.

Selva y mar, el paisaje que domina en Ilha Grande, donde se puede hacer snorkel y nadar.

DIAS TRES Y CUATRO A esta altura, la noción del tiempo se nos hace más difusa. Se dice que alta mar es el ambiente donde más rápido se pierde la necesidad de guiarse por el calendario arbitrario que divide la semana de lunes a domingo: ahora es más bien la propia naturaleza la que va marcando el ritmo del tiempo, de la mano de las salidas y puestas de sol, del avistaje de alguna isla o de una lluvia pasajera que sirve como nuevo mojón de medición temporal. “Lunes” significa poco y nada cuando el diario de navegación que cada pasajero encuentra en su camarote por la noche, con la tabla de actividades para el día siguiente, anuncia una jornada entera de navegación (y recuerda que esta noche habrá que retrasar una hora los relojes, para adecuarse al huso horario local). El Fantasía tiene proa hacia Salvador de Bahía, pero por los cuatro costados lo que hay es un mar que parece infinito, acompañado por el vuelo de gaviotas curiosas y hambrientas que parecen abrirle paso o indicarle la ruta.

Es el día perfecto para explorar el paquebote: de los puentes 6 y 7, donde se suceden negocios de caramelos, perfumes, recuerdos e indumentaria, pasamos a los bares, cada uno con su propio carácter. Están la tentadora Piazza San Giorgio, con helados y chocolates de sello italiano; el bar de vinos La Cantina Toscana; el café Il Cappuccino; el muy pop Manhattan Bar; el elegante piano bar Il Transatlantico con su piano transparente y un pianista que toca a pedido del público... a cada hora hay distintas propuestas de música, clases de baile, juegos y, por supuesto, tragos de todas las formas y colores. Más allá de la exclusividad del Yacht Club, cualquiera que se aloje en el resto del barco y busque alejarse de las áreas más musicalizadas o ruidosas puede encontrar refugio en estos sitios tranquilos y agradables: es la confirmación de que si el público de los cruceros está creciendo sostenidamente se debe en parte a su notable capacidad para adaptarse a casi todos los gustos.

Thais Naves, oriunda de Minas Gerais, la encargada de acompañarnos en una recorrida exhaustiva del Fantasía, lo confirma: desde los cruceros del Mediterráneo hasta las costas brasileñas y también Buenos Aires, en estos grandes barcos hay pasajeros de todas las nacionalidades, en busca de los más diversos tipos de vacaciones. Pero todos comparten el gusto por la navegación y por llegar a las ciudades costeras por vía marítima, regalándose una perspectiva diferente. Thais nos acompaña al sector para adolescentes, las guarderías para chicos (que tienen también sus propias propuestas de trasnoche) y el simulador 4D, que recrea con increíble verosimilitud un descenso en montaña rusa. Y de ahí, al simulador de Fórmula Uno, como para creer que no estamos sobre el agua sino bien aferrados a una pista de carrera de alta velocidad. El día, sin embargo, está lejos de terminar: aquí y allá hay un megabingo, un show de música brasileña en vivo, una clase de tarantella, un quiz de deportes y, en el teatro, el show Made in Italy.

El martes, el diario de viaje anuncia para las ocho de la mañana la llegada a Salvador de Bahía. Curiosamente –cuenta el capitán Giuliano Bossi, con 35 años de experiencia en navegación y casi una década en la compañía– la permanencia será de dos días, no muy habitual en estos cruceros que suelen hacer escalas de sólo un día en cada puerto. Pero funciona: bien temprano, cientos de pasajeros se vuelcan a la ciudad para conocer sobre todo el Pelourinho y la iglesia de Nosso Senhor do Bonfim, con sus miles de cintitas votivas de todos los colores. Muchos eligen –invocando cuestiones de seguridad– sumarse a algunas de las excursiones propuestas a bordo, pero también hay quienes eligen entre la numerosa oferta al llegar, o directamente por cuenta propia, ya que el centro histórico no es realmente demasiado lejos del puerto. Si en lugar de la historia urbana se prefiere la playa, otra opción es irse hasta Praia do Forte para conocer el proyecto Tamar de conservación de tortugas marinas. O bien hasta Itaparica y sus playas, la opción que otros eligen para el segundo día, disfrutando de los pequeños paradores con sus jugos tropicales, las cazuelas de frutos de mar, las frutas tentadoramente frescas. Hasta Itaparica hay unos 45 minutos de navegación en las embarcaciones más rápidas; llegar en cambio hasta Morro de San Pablo –otra opción posible solo en el primer día, ya que hace falta más tiempo– requiere más de una hora. A esta altura, cuando sea la hora de regresar a bordo la tarde del martes, para poner rumbo nuevamente hacia el sur y desandar lentamente la ruta recorrida de regreso a Santos, los pasajeros ya son expertos en los procedimientos de embarque y desembarque, que resultan notablemente ágiles dada la cantidad de gente. En parte gracias a que, dado que el crucero permanece siempre en aguas brasileñas, no hay procedimientos migratorios en cada puerto. Una vez más, esta noche habrá que cambiar los relojes, esta vez para adelantarlos una hora.

El centro de la nave, con sus brillantes escaleras de cristal, concentra bares, negocios y servicios.

DIAS CINCO Y SEIS Jueves, quinto día, navegación total. El parte meteorológico sigue asombrosamente bueno y el cielo de Brasil se está portando magníficamente, con días de sol y noches estrelladas. Esta tarde hay tiempo de compartir una charla con el capitán Bossi, que resulta ser oriundo de la bellísima Cinqueterre pero también un amante de Buenos Aires que se promete, algún día, llevar al gigante Fantasía hasta las orillas del Río de la Plata. Mientras tanto evoca desde el Top Sail Lounge –una deliciosa sala de estar, desayunador y cafetería reservada al Yacht Club– sus travesías por la Patagonia, incluyendo el difícil estrecho de Magallanes y un lejano desembarco en las Malvinas y en la Antártida. La charla se prolonga, rica en anécdotas y en curiosidades de la vida del mar, hasta que se hace la hora de prepararse para la segunda noche de gala: salen entonces a relucir los brillos, los vestidos de cóctel, los peinados y los arreglos, con la cara de descanso que le da a más de uno el haber pasado varias horas en el spa. ¿Un rito? Las fotos en las escaleras tapizadas de cristal Swarovski, dos de cristales plateados en el puente 6 y 7, y una de cristales dorados en el Yacht Club, sobre el puente 15. Sin embargo el ambiente es informal, porque Brasil le pone un toque más descontracturado a esta ruta que las del Mediterráneo. Y también hay pasajeros que, como cada noche, eligen cenar en el buffet sin cambiar su ropa veraniega, privilegiando por sobre todo el ambiente de vacaciones y obligaciones cero.

Tarde de pesca en las tranquilas playas de Ilha Grande, ya sobre la ruta de regreso a Santos.

ULTIMO DIA En el séptimo día Dios descansó, pero al pasajero del Fantasía le toca su última escala, prevista en Ilha Grande. Ya desde el amanecer hay cierto ambiente mágico en la navegación costera, entre islas y morros aún sumergidos en la neblina del alba: fue en el Mediterráneo, pero Ulises bien podría haber andado también por estas costas donde de vez en cuando parece oírse el delicioso canto de las sirenas.

Una vez más, en Ilha Grande el descenso será a bordo de lanchas. Una vez desembarcados es posible tomar una goleta a la Laguna Azul, a la Laguna Verde, al Saco de Céu –que refleja por las noches el cielo estrellado– o a la playa de Lopes Mendes, que los conocedores califican por unanimidad como la mejor. En la Laguna Azul, las lanchas que realizan los recorridos permiten detenerse unos 40 minutos para zambullirse y observar el fondo con máscaras de snorkel. Un poco más adelante, la parada es en Japariz, para una pequeña caminata y un baño de mar junto a la playa de arena. Y finalmente, el paseo termina con un almuerzo algo bañado por las gotas de una lluvia pasajera, que deja una brisa fresca y luego se disipa rápidamente. Alrededor de las cuatro de la tarde, la mayoría de los pasajeros ya están embarcando de nuevo: a esta altura, volver al Fantasía es como volver a casa. Para el verdadero regreso a casa en realidad falta poco: a la mañana siguiente, el barco anclará en el puerto de Santos y marcará, esta vez sí, el fin del recorrido. Al menos hasta el próximo crucero....

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El Pelourinho, corazón histórico de Salvador de Bahía, durante la parada en el puerto nordestino.
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