turismo

Domingo, 10 de febrero de 2013

SANTA CRUZ. TURISMO HISTóRICO EN JARAMILLO Y FITZ ROY

Los pueblos rebeldes

Jaramillo y Fitz Roy, perdidos en la lejana estepa, fueron testigos de las tragedias de la “Patagonia rebelde”. Pero mucho más atrás en el tiempo vieron también el florecimiento de una naturaleza exuberante y animales gigantescos: hoy quedan como testimonio fósiles y bosques petrificados, que se pueden conocer en un viaje al corazón de la Patagonia profunda.

 Por Graciela Cutuli

Es una estación de servicio como hay otros cientos al borde de las rutas argentinas, una suerte de faro en medio de la nada donde se encienden las luces por la noche y hay vida, movimiento, autos que vienen y se van. Y un pequeño negocio que tiene un poco de todo, todo lo que hace falta en esa estepa donde no hay nada. Sería una estación como las demás si no se hubiera hecho famosa hace algunos unos años cuando apareció en Historias mínimas de Carlos Sorín. La estación El Griego queda en Fitz Roy, un pueblo tan mínimo como las historias de la película que la tuvo como protagonista, en medio de la meseta del norte de Santa Cruz. Fitz Roy y su vecino Jaramillo no son verdaderamente lugares turísticos: probablemente nadie cruzaría la Patagonia entera para conocerlos. Pero se convirtieron en lugares de paso, una etapa atractiva sobre la nueva ruta turística que forma la Ruta 3 para unir los tres parques marítimos y costeros de la Patagonia austral: la Ruta Azul. Entre Camarones, al norte de Comodoro Rivadavia, y Puerto Santa Cruz, donde está el Parque Nacional Monte León, son más de 840 kilómetros. ¿Hará falta decir que cualquier escala, por pequeña que sea, es bienvenida a lo largo de este camino?

El bosque petrificado, testigo milenario de los tiempos remotos en que la región estuvo cubierta de bosques.

LEJOS DE TODO, CERCA DEL PASADO Para dar más sensación de inmensidad y desolación a sus fotos, algunos no dudan en poner la cámara sobre el suelo. El primer plano es ocupado por el ripio, mientras la construcción parece aplastada por el cielo: pero además de sacar fotos, es preciso llenar el tanque. Las distancias hasta cualquier otro lugar son considerables: unos 100 kilómetros a Puerto Deseado o Caleta Olivia, casi 1000 a El Calafate, más de 600 a Río Gallegos y 2000 a Buenos Aires. Lo que sí está cerca es la historia, la naturaleza. El tiempo circula en remolinos en este lugar del país donde los bosques son de piedra y tienen millones de años, mientras en las calles resuena todavía el feroz clamor de los episodios de las revueltas de principios del siglo XX. Los dos pueblos vecinos y hermanos están lejos de todo, pero cerca del pasado, por más remoto que sea.

Fitz Roy y Jaramillo fueron creadas oficialmente en julio de 1921. Como en el resto del país fue el ferrocarril el que trajo la gente, el comercio y los hizo prosperar durante algunas décadas, hasta que la línea fue cerrada durante la última dictadura. El ramal que pasaba por Fitz Roy y Jaramillo (ambas conservan sus estaciones) llegaba hasta Puerto Deseado y había un proyecto de unirlo con Bariloche, para conectar el sur con el resto del país en una sola red. El proyecto nunca fue llevado a cabo y el tren que pasaba por Fitz Roy y Jaramillo sirvió sobre todo para despachar la lana de las estancias de la meseta y la Cordillera. Esas mismas estancias donde trabajaban en condiciones extremas peones que se rebelaron durante la gran huelga en 1921: la Patagonia rebelde relatada por Osvaldo Bayer y Héctor Olivera. La misma Patagonia rebelde que en Jaramillo sigue siendo un pasado doloroso. Aquí se conserva la casa donde fue encerrado, antes de su fusilamiento, el cabecilla del movimiento huelguista, Facón Grande.

La vieja estación de Fitz Roy, otro punto de partida para el “oro blanco”: la lana.

ERA DE HIELO Y DINOSAURIOS Las casas de la época siguen en pie y las calles seguramente no han cambiado tampoco demasiado desde los años ’20. Una parada en Jaramillo y Fitz Roy es entonces un alto en los caminos del tiempo, para caminar las veredas de otras épocas. Tampoco cambió el aspecto de las estaciones de ambos pueblos, que fueron los dos pulmones de la región, en medio de la nada total. El petróleo no brotó en los suelos de las regiones vecinas: el oro de la Patagonia sur no era negro sino blanco, la lana que los grandes latifundios mandaban a Inglaterra. Algunos de los peones de esas estancias, huelguistas también, fueron fusilados junto a Facón Grande: un crimen cometido en nombre de la quimera del oro blanco, una tragedia que le dio a Jaramillo ese toque de resonancia que se traduce en su título de “pueblo histórico”. Mientras tanto, a escasos kilómetros de lo que se puede llamar el centro del pueblo, se levantó un monumento a la memoria de Facón Grande y sus compañeros. Un poco más lejos, en plena estepa, está el Cañadón de los Muertos, donde fueron fusilados unos cien huelguistas.

Pero Jaramillo y Fitz Roy no están vinculados al pasado solamente por la tragedia. También exhiben y tienen planes de recuperación para sus estaciones, y algunas casas emblemáticas como las que hizo el picapedrero italiano Antonio Tozzi: la comisaría, varias tumbas del cementerio y algunas viviendas. El paseo puede seguir remontando el tiempo más todavía, ya que en Fitz Roy se puede conocer una fosa donde fueron hallados los restos de mamíferos prehistóricos, una experiencia que para los chicos es casi un encuentro cara a cara con protagonistas de La era del hielo.

Se trata de restos fósiles de un gliptodonte y un perezoso terrestre, dos animales gigantescos que vivieron hace millones de años. Fueron encontrados tiempo atrás, cuando se realizaron obras para construir el gimnasio local. Los gliptodontes eran animales con un grueso caparazón dorsal, una especie de mulita de gigantescas proporciones que podía alcanzar los 4,20 metros de largo y pesar dos toneladas... El milodón, por su parte, era un perezoso terrestre podía medir hasta 2,50 metros de alto. Ambas especies vivieron en el Cono Sur del continente y de-saparecieron cuando llegaron los primeros hombres a esta parte del mundo.

El paseo termina más atrás todavía, remontándose nada menos que 150 millones de años para conocer el Monumento Natural Bosques Petrificados de Jaramillo. En realidad no está muy cerca y es una excursión de varias horas, que requiere transitar un largo camino hasta un empalme sobre la Ruta 3 (unos 100 kilómetros) y hacer 50 kilómetros más de ripio por un camino provincial. Hay que tomar en cuenta los tiempos, porque el lugar tiene horarios que se cumplen con total rigor administrativo y se puede caminar por los senderos del sitio solamente entre las 9 y las 19. Estos bosques se formaron hace 150 millones de años, cuando la región estaba cubierta por árboles gigantescos, los antepasados de los pehuenes y araucarias actuales. Los troncos petrificados que hoy día se pueden ver fueron contemporáneos de los dinosaurios. Esos bosques desaparecieron cuando se formaron los Andes e impidieron el paso de las nubes y las lluvias desde el Pacífico. La región se desertificó y los troncos se transformaron en piedra, formando a lo largo de millones de años un mundo mineral y extremadamente seco.

Los tiempos se arremolinan como el polvo sublevado por las corrientes de aire al borde de la ruta. Los dinosaurios, los grandes bosques, las mulitas descomunales y los primeros tehuelches desaparecen en ese remolino, que pronto engullirá también tiempos más recientes: la llegada del ferrocarril, los huelguistas y los fusilamientos. De vuelta en Jaramillo y Fitz Roy, frente a las estaciones vacías, el presente va borrando el pasado. Se pasa de nuevo por la estación de servicio, al borde de la Ruta 3. Un destello de déjà-vu que evoca otra vez la pantalla grande. Mientras tanto, el tiempo concluye sus vueltas y Fitz Roy y Jaramillo vuelven a cerrar la tapa del gigantesco libro de historia que es la estepa patagónica.

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Monumento al peón rural y su fiel compañero, el perro ovejero, inseparables de la estepa.
 
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