turismo

Domingo, 21 de abril de 2013

RíO NEGRO. AVES MIGRATORIAS EN LA COSTA DE LAS GRUTAS

La aventura del playero rojizo

El Area Natural Protegida Bahía de San Antonio asiste en estos días al regreso anual del playero rojizo y otras aves migratorias, que hacen escala en la costa de Río Negro durante su viaje desde Tierra del Fuego hacia el Hemisferio Norte. Cerca de Las Grutas, donde existe un centro de interpretación y observación, se pueden conocer los detalles de esta increíble aventura alada.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Pesa menos de 150 gramos y mide unos 25 centímetros, pero es capaz de recorrer cada año más de 30.000 kilómetros en un largo periplo que lo lleva desde América del Norte hasta Tierra del Fuego, durante el invierno boreal, para luego regresar hacia el Norte desde fines de febrero en adelante. Llevado por ese misterioso timón que guía a las aves migratorias, la protagonista de este milagro de la naturaleza es un ave pequeña y de plumaje grisáceo que va mutando al rojo a medida que avanza en su vuelo hacia el Norte: el playero rojizo, que en estos días está en plena “escala de reaprovisionamiento” en las costas del Area Natural Protegida Bahía de San Antonio, en Río Negro. Verlo no es nada difícil, ni siquiera a simple vista, aunque bien vale la ayuda de unos buenos binoculares para conocer más detalladamente su comportamiento: desde la restinga que la marea deja descubierta varias horas al día, se advierte su picoteo incesante, una alimentación frenética en busca de ganar peso para emprender el exigente viaje hacia sus sitios de cría. Son decenas, cientos, pero también son cada vez menos, como advierten con inevitable desazón los biólogos que dedican sus vidas a estudiarlo, y que lamentan las numerosas amenazas que pesan sobre el playero rojizo y muchas otras aves migratorias que están sobrevolando en estos momentos los cielos argentinos.

Un chorlito de doble collar, que vive en la playa pero no migra, en el área protegida de Vuelo Latitud 40.

AVE PLAYERA Mauricio Failla, biólogo y colaborador de varios proyectos de estudio de fauna en la región del balneario El Cóndor, es nuestro guía y nexo con los responsables de la Fundación Inalafquen, que desde el centro de interpretación Latitud Vuelo 40, en Las Grutas, vienen llevando a cabo un minucioso trabajo de concientización sobre la importancia de preservar el ambiente de los playeros y otras aves migratorias.

En el café del parador contiguo, El Jahuel –un emprendimiento privado administrado por Horacio y Anahí García, que tiene un pequeño museo propio con hallazgos históricos de la zona–, la presidenta de Inalafquen, Mirta Carbajal, y la coordinadora del Proyecto Humedales, Patricia González, están a punto de iniciar el primer intento de captura de playeros para anillado e identificación, apenas un par de días después de nuestra visita. En sus laptops llevan registradas planillas de cálculo con las cifras de presencia del playero desde hace años, pero no necesitan consultar ningún apunte para contar, con pasión y precisión científica, la aventura de una migración cuyo estudio –como explica Patricia– “sirve como termómetro ambiental”. Como otros miembros de Inalafquen, Patricia González no puede ocultar su preocupación: “La población de playeros rojizos viene declinando, y éste es el año con menor presencia”. Los motivos, que se están estudiando, tienen uno a la cabeza: la sobrepesca del cangrejo de herradura en la bahía de Delaware, en Estados Unidos, una escala muy importante de estas aves antes de llegar al Artico. El cangrejo es un componente esencial de la alimentación de los playeros, de modo que la progresiva desaparición de una especie puede poner en peligro el eslabón siguiente de la cadena. “Además –agrega Patricia–, los playeros rojizos son especialmente sensibles a la presencia de predadores. En los años en que estas rapaces se pueden alimentar con animales del monte, hay menos predación de aves playeras.” A este panorama hay que sumarle la presión de la gente sobre las áreas protegidas, difíciles de cuidar por su extensión, soledad, falta de suficientes guardias ambientales y desconocimiento de la importancia de preservar la playa intacta para permitir la alimentación de las aves: cabe recordar que estamos a apenas tres kilómetros de Las Grutas, uno de los balnearios patagónicos más concurridos de la temporada veraniega. Lograr la convivencia entre turistas de playa y zonas de protección es un desafío difícil, aunque no imposible: de hecho, el fuerte trabajo de Inalafquen entre la población local da frutos –concientizando a los chicos, visitando las escuelas, creando un simpático pájaro-personaje llamado Fabien Rojizo e inspirado en el Vuelo nocturno de Saint-Exupéry– y ya son muchos los que reconocen y protegen a los playeros y otras aves, conscientes de que el avistaje de aves también es una actividad turística prometedora y conservacionista.

Cerca de Las Grutas, Vuelo Latitud 40 reúne el centro de interpretación de Inalafquen y el parador turístico El Jahuel.

A LA RESTINGA En Latitud Vuelo 40, la visita comienza por el Centro de Interpretación, que con originalidad y concisión resulta la mejor “puesta en tema” que se pueda desear antes del contacto directo con el ambiente. Aquí se aprende por qué las aves pueden volar, cómo es el proceso de cortejo, apareamiento y cría de los pichones, cuáles son los meses que permanecen en Tierra del Fuego y cuándo vuelven a volar hacia el Norte. Y, sobre todo, cómo funciona San Antonio –donde los playeros rojizos se quedan durante dos meses– para “cargar combustible antes de emprender su largo vuelo”. Uno de estos pajaritos se hizo famoso: es B95, que viene siendo observado desde hace unos 20 años y ya lleva recorridos a lo largo de su vida tantos kilómetros como los que separan la Tierra de la Luna. Curiosamente, el célebre B95 –que la propia Patricia avistó en las costas de Estados Unidos– nunca ha sido registrado en San Antonio. Pero nadie pierde las esperanzas.

En el Centro de Interpretación hay también una serie de maquetas que muestran la diferencia entre las diferentes aves de esta porción de la costa, tanto las que migran como las que no (entre ellas el ostrero de plumaje blanco y negro, distinguido por su pico rojo y también por su escasa discreción cuando se acerca algún visitante). Para los chicos hay un sector especial donde se les enseña con muñecos de peluche cómo se realiza la captura de aves cada año para estudiar la evolución de la población, y cómo se los anilla (con dos tipos de anillos diferentes, uno metálico y otra banderilla plástica de color –naranja en el caso de la Argentina– que lleva un código único de identificación). Peluche en mano, los chicos juegan a anillar aves, pero no es raro que con el tiempo terminen siendo colaboradores de los científicos en las campañas anuales.

Después de una primera exploración a la distancia con los telescopios del observatorio situado en el primer piso, llega la hora de bajar a la playa. Mauricio encabeza la delegación junto con Anabel, una de las encargadas de guiar a los visitantes de Latitud Vuelo 40: ambos avanzan telescopio terrestre en mano, con paso firme por los médanos primero y por la restinga después, lamentando que junto a las huellas de las aves playeras también se vean, impresas en la arena, las huellas de los cuatriciclos que más de un desaprensivo hace rodar por la playa, provocando contaminación sonora e interrumpiendo el proceso de alimentación de las aves.

“Con los playeros –explica Mauricio– no es tan importante el mantenerse en silencio, cosa que sí pasa con otras aves, como ser cauto en los movimientos. Hay que avanzar en fila india, paso a paso, haciendo paradas periódicas para dar tiempo a las aves a acostumbrarse a esa presencia lejana de los seres humanos.” Como hace el ornitólogo Allan Baker, jefe del departamento de Historia Natural del Royal Ontario Museum, que está absolutamente concentrado en la orilla del mar, registrando los códigos en las patas de los playeros con unos poderosos binoculares Swarovski. Una marca famosa entre los científicos no por el brillo de sus cristales ornamentales, sino por la nitidez de sus ópticas, lo mismo que los Leica que lleva Mauricio, que acercan con precisión poderosa las aves situadas varias decenas de metros más lejos.

epigrafe

COSTUMBRES PLAYERAS Los playeros rojizos llegan a Las Grutas en febrero, cuando aún está vigente la temporada turística. Toda una paradoja, porque las playas forman parte del área natural protegida, pero no la ciudad en sí misma... La especie vive y depende exclusivamente de la playa: allí vive, duerme, se alimenta y se reproduce. Por eso, si se construye sobre la playa o se excavan piletas recreativas no tienen dónde vivir. Además estas aves –cuyas largas patas revelan hábitos caminadores– dependen de las mareas: cuando el agua se retira, deja al descubierto en la restinga gran cantidad de mejillines, cangrejitos y moluscos que les sirven de alimento. Un alimento esencial: aquí deben engordar para cumplir procesos fisiológicos como el cambio de pluma –que va mutando del grisáceo al rojizo a medida que avanza su viaje– y la ovulación, además de un vuelo que es uno de los más largos que existen entre las aves migratorias de todo el globo: 16.000 kilómetros en cada uno de sus tramos. “Aquí, en la bahía de San Antonio, cargan el tanque para volar”, resume Anabel. Y Mauricio recuerda que, si bien San Antonio es el mayor polo de concentración de playeros rojizos después de Río Grande (Tierra del Fuego), esta ruta migratoria (la del Atlántico, una de las tres que hay junto con la del Pacífico y la continental) pasa también por Río Gallegos, Península de Valdés y la bahía de Samborombón, un área protegida de la provincia de Buenos Aires donde en estos días también se empiezan a posar las aves antes de emprender la última etapa de su migración.

En todo caso, la voracidad de los playeros asombra: comen rápidamente, en el corto lapso que les deja la marea, hasta 14 veces su propio peso. Cuando llegue la marea alta será, en cambio, la hora del descanso, en esa acotada porción de arena que se extiende entre la playa y los médanos. Los responsables de Inalafquen no se cansan de recordar que si la gente se acerca las aves se asustan y vuelan repentinamente, un ejercicio que les representa un gasto de energía inútil. Por eso en las áreas que se consideran críticas hay guardias ambientales encargados de preservar su tranquilidad. Que también puede verse perturbada, porque así lo indica el juego de la naturaleza, por la presencia de aves rapaces: para defenderse, se mantienen grupo, levantan vuelo y sorprendentemente se camuflan en el aire.

A esta altura, los playeros rojizos –que andan mezclados entre los ostreros y los chorlitos de doble collar, otra especie que no migra– ya parecen conocidos de toda la vida. Más adelante –explica Mauricio– llegará el chorlito ceniciento, protagonista de una migración solamente patagónica y que tiene fecha de arribo sólo cuando se hayan ido las otras especies. Pero, entretanto, aquí están listos todos los preparativos para el intento de captura que comenzará horas más tarde de nuestra visita: en promedio, subraya Anabel, se anillan unos 100 ejemplares cada año, aunque ese número es muy variable en función del tamaño de las bandadas y de otros factores como las circunstancias climáticas. Estas aves –nos dirá más tarde Patricia González, en el parador El Jahuel– “dependen de lo que les pasa en la ruta migratoria... a lo largo de su ruta paran en sitios con distintas cargas de patógenos, aunque la población de larga distancia no muestra, por ejemplo, problemas de gripe aviar. Por su parte, las aves que migran una distancia menor corren con alguna ventaja, porque tienen más tiempo para repartir a lo largo del año las actividades –como la reproducción y la muda– que les requieren el máximo de energía”.

Casi sin darse cuenta, más de dos horas pasaron sobre la restinga. Es la hora de volver al parador, de imitar a las aves y alimentarse –esta vez con los tentadores platos caseros de El Jahuel– antes de despedirse de los científicos que siguen enfrascados en su trabajo de campo, mientras en la sala adyacente un grupo de entusiasmados estudiantes, que ya han estado otros años aquí, se preparan para colaborar en el trabajo y convertirse a su vez en transmisores de una cultura que invita a cuidar el ambiente y sus frágiles equilibrios. Por nuestra parte, es la hora de sacarse la pulsera naranja que –metáfora del anillado de las aves– nos han puesto al llegar, para despedirnos de los playeros rojizos hasta la próxima migración.

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Samuel es pescador artesanal y acaba de recoger sus redes en una de las bajadas de la Ruta de los Acantilados.
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