turismo

Domingo, 9 de junio de 2013

BUENOS AIRES. ARQUEOLOGíA Y NATURALEZA EN MONTE HERMOSO

Huellas en la arena

En el sur de la provincia de Buenos Aires, Monte Hermoso –destino habitual de sol y playa en la costa atlántica– tiene otra cara para descubrir en los meses fríos. Estancias, museos, cabalgatas y excursiones para conocer la historia y la propuesta de esta ciudad donde el sol sale y se oculta en el mar.

 Por Wenceslao Bottaro

Fotos de Wenceslao Bottaro

Apenas llegamos vamos a ver el mar. Está calmo y asombrosamente turquesa. La playa, vacía y silenciosa. Sólo hay una mujer caminando. Cada tanto, se detiene y fotografía los ostreros y las gaviotas que descansan en la orilla. A lo lejos se recorta la silueta del faro y, lejos también, un barco se desliza sobre la línea del horizonte. ¡Qué distinto es esto a la postal veraniega de las playas estallando de turistas y de sombrillas! Pero esta vez no vinimos en plan de echarnos al sol y disfrutar del agua: por el contrario, el otoño nos moviliza y salimos en busca de historias y un poco de acción.

Lo primero que hacemos es dar una vuelta por la ciudad. Las calles son anchas y ondulantes. Todo luce limpio y ordenado. Hay una calle peatonal –repleta de comercios, bares y restaurantes– que desemboca en la Avenida Costanera; en esta parte “histórica” frente al mar la primera línea de playa está ocupada por una muralla de hoteles y edificios de departamentos. A uno y otro lado de este pequeño casco urbano se extienden, en un ámbito más agreste, entre pinos y eucaliptos, los barrios residenciales y las cabañas de alquiler. Luego, todo es médanos.

El casco de la estancia Dufaur, fundada por los pioneros que vieron un futuro turístico en los médanos.

HOTEL DE MADERA Desde su origen, Monte Hermoso nació como un destino turístico. Todo comenzó en 1917 con el naufragio del Lucinda Sutton, un velero que transportaba tablones de pino, y con la visión de Esteban Dufaur, hijo de Silvano Dufaur, pionero en la zona que había adquirido grandes extensiones de médanos hacia fines del siglo XIX. Provisto de los miles de tablones que el mar arrojaba a la orilla, Esteban construyó un hotel íntegramente de madera sobre la playa. Desde enero de 1918 y durante las décadas siguientes, el lujoso establecimiento se convirtió en el centro de peregrinación de la aristocracia bonaerense y porteña, siempre ávida de nuevas experiencias. Un anuncio publicado en un diario de la época de su inauguración lo promocionaba así: “Establecimiento de primer orden, confort moderno. Departamentos con especiales comodidades para las familias. Luz eléctrica, anexo frigorífico y fábrica de aguas gaseosas. Grandes salones de comedor y bar cinema y de baile. Salas para señoras y para caballeros. Billares. Gran orquesta. Servicio esmerado de hotel y bar. Lechería modelo. Diversos sports: pesca, náutica, breack y petisos para la playa”.

La historia de esta epopeya turística puede seguirse en las salas del Museo Histórico Municipal. Aquí se exhiben antiguas fotografías del balneario y del caserío primigenio y una colección de objetos que pertenecieron al hotel de madera y que, como un rompecabezas, nos permiten reconstruirlo con la imaginación: luminarias, vajilla, tocadiscos, una ruleta, teléfonos, trozos de puertas, máquinas registradoras y de escribir, herrajes, una letra del cartel del restaurante y hasta uno de los primeros televisores importados al país en la década del ’50. Todos los objetos que vemos fueron donados por los vecinos de la ciudad, según nos cuenta Juan Sorensen, director del museo. Durante nuestra visita, además, tenemos la suerte de poder apreciar una muestra especial dedicada a la pesca artesanal, una de las principales actividades económicas vinculadas con el origen del pueblo, aunque hoy casi extinguida debido a la depredación que produce la pesca a gran escala. Curiosamente, comparte esta sala una exhibición de afiches de películas que fueron proyectadas en el cine del hotel durante las décadas del ’40 y ’50. Viento salvaje, con Anthony Quinn; Dallas, con Gary Cooper; Huracán de emociones, con Burt Lancaster; Mercado de Abasto, con Tita Merello, entre muchos otros, son algunos de los títulos.

Vista de la franja de costa de Monte Hermoso desde las alturas del faro Recalada a Bahía Blanca.

EL FARO Mirando desde cualquier punto de la playa, unos cuatro kilómetros hacia el este, se ve una estructura de hierros cruzados impresa en el cielo. Es el Faro Recalada a Bahía Blanca que, desde 1906, guía a los barcos que arriban al cercano puerto bonaerense. La estructura provino de la firma parisina Barbier, Bénard y Turenne (con alguna vinculación en la construcción de la Torre Eiffel), según lo certifica una placa de bronce en la puerta que atravesamos para visitarlo. Fue la primera construcción que hubo en la zona, erigida a fuerza de mazazos sobre el hierro calentado al rojo blanco. Muchos de los obreros empleados en la obra se convirtieron luego en los primeros pobladores de Monte Hermoso. La vista que se ofrece desde la cima –con sus casi 70 metros es el faro más alto de Sudamérica en su tipo– bien vale el esfuerzo de subir los 331 escalones que separan el suelo de su luminaria. Hacia el norte se extiende una gran zona verde. Un rato antes habíamos recorrido esa zona a caballo, luego de comer un asado en la estancia de los Dufaur, pero muy distinta fue la impresión que nos dejó la vegetación. Desde acá arriba se aprecia en su total magnitud el resultado del esfuerzo de los pioneros que, durante décadas, se dedicaron a la forestación para poder fijar los médanos incontrolables. También se destaca una franja gris que cruza este paisaje creado por la intervención del hombre. Es el río Sauce Grande, que nace en Sierra de la Ventana y desagua en el mar varios kilómetros hacia el este. Este lugar, conocido como La Desembocadura, es el punto de pesca costera más codiciado por los pescadores pero también por fotógrafos y observadores de aves; cerca de la confluencia, una comunidad de flamencos rosados pone la nota de color en este marco agreste. A este punto se llega en vehículos 4x4 andando por la playa o, como haríamos luego nosotros, emprendiendo una vertiginosa y ondulante carrera por los médanos. En sentido contrario, hacia el oeste y algunos kilómetros más allá del límite de la ciudad, divisamos unos manchones oscuros sobre la arena. Son los restos sedimentarios de una laguna que guarda valiosa información sobre el pasado remoto. Más allá, las playas se extienden hasta juntarse con el cielo.

Huellas humanas de miles de años de antigüedad, grabadas en “el pisadero”.

LAS HUELLAS Atrás quedaron el faro y su interesante Museo Naval. Ahora vamos atravesando los barrios residenciales de la ciudad: Monte Hermoso del Este, Barrio Dufaur, Barrio Las Dunas. Son áreas arboladas, tranquilas, con calles de arena y casas distantes unas de otras. Nos dirigimos al “pisadero”, como llaman los vecinos a los yacimientos arqueológicos “Las Ollas” y “Monte Hermoso I” pertenecientes a la Reserva Geológica, Paleontológica y Arqueológica Provincial Pehuén-Co-Monte Hermoso. Allí nos espera Raúl, el guardaparque, con quien realizamos una caminata de descubrimiento. Avanzamos por la playa deteniéndonos a cada rato para examinar caracoles de todo tipo y color, diferentes tipos de conchas y los extraños huevos de raya y tiburón que el mar arroja sobre la arena. A nuestro paso, las gaviotas alzan el vuelo para volver a asentarse varios metros más allá, lejos de nuestra intromisión. Enseguida llegamos a la laguna. En realidad, lo que vemos es un borde, porque el resto está hundido en el mar. Son placas de sedimentos barrosos en las que puede verse impresa una gran cantidad de huellas humanas que datan, nos dice Raúl, de hace siete mil años. En este lugar se han hallado también restos fósiles y herramientas de piedra y madera. Como suele ocurrir con los guardaparques, Raúl es un apasionado. Nos indica las huellas más claras y visibles. “Miren ahí”, dice, señalando en el canto de una placa barrosa unos puntitos negros: “Son semillas de juncos, a partir de ellas y por el procedimiento del carbono 14 hemos datado la antigüedad del yacimiento”.

Los pedazos de lecho lagunar afloran sobre la playa de manera irregular. Depende del capricho de las mareas y la bajamar el que estén visibles. A diferencia de otros sitios arqueológicos, éste se encuentra en constante transformación. La erosión natural desgasta las capas sedimentarias, al tiempo que va dejando nuevas huellas al descubierto. “Es un lugar que está condenado a desaparecer, será dentro de mucho tiempo, pero va a desaparecer”, afirma Raúl desgranando un trozo de la placa barrosa entre sus dedos. Empieza a caer la tarde y la marea a subir cuando emprendemos el regreso. Cada tanto, nos damos vuelta para echarles una última mirada a esas formaciones que emergen, oscuras, al ras del suelo. Y es esa imagen la que persiste aún en mi cabeza cuando abandonamos la ciudad: la del mar cubriendo y descubriendo constantemente las placas, esculpiendo con su roce incesante ese aspecto de otro mundo, surrealista, que tiene la laguna.

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El bosque, sobre todo de pinos y eucaliptos, que brota en los sectores más agrestes de Monte Hermoso.
 
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