turismo

Domingo, 16 de junio de 2013

FORMOSA. HUMEDALES Y OBSERVACIóN DE AVES

El arte del “pajareo”

Una gira de cinco días por lo profundo de la norteña provincia de Formosa, recorriendo bosques y humedales en el corazón del Gran Chaco Americano para observar su diversa avifauna en el Parque Nacional Río Pilcomayo, el bañado La Estrella y el riacho Pilagá.

Practicar birdwatching –según la denominación internacional– o pajareo en buen criollo, es lo que nos atrajo a la capital de Formosa. Esta modalidad de viaje, con millones de seguidores en el mundo, recurre a las mismas silenciosas técnicas de los cazadores, con la diferencia de que a las aves no se les toca una sola pluma. Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, 46 millones de personas practican birdwatching –o pajarean– en ese país. El objetivo principal es dispararle al ave... pero sólo con una cámara de fotos. Y finalmente subir las imágenes a esa suerte de álbumes posmodernos de figuritas que son los fotoblogs de estos fanáticos y detectivescos viajeros, que ostentan así a sus “presas”: cuanto más exóticas y difíciles, mejor.

La idea del viaje es compenetrarnos con el ambiente de la región fitogeográfica conocida como Gran Chaco Americano, esa planicie que mide 1.000.000 de kilómetros cuadrados con bosques subtropicales que tienen estación seca y conforman la segunda zona boscosa más extensa del mundo después de la Amazonía (abarca las provincias de Santiago del Estero, Chaco, norte de Santa Fe, Córdoba, partes de Salta, San Juan y La Rioja y Paraguay).

La provincia de Formosa está precisamente en el corazón geográfico del Chaco Americano, surcada por ríos y poblada por hombres de las culturas wichí y qom. Según datos de la Asociación Aves Argentinas, en Formosa viven 520 de las especies de aves de la Argentina (el 47 por ciento del total del país). Por eso en la provincia hay quince sitios AICA (Areas de Importancia para la Conservación de las Aves).

La pértiga es el “motor” de las piraguas para descubrir la diversidad biológica del Gran Chaco Americano.

A RODAR Partimos desde Formosa capital en la camioneta Defender de nuestro guía Puli, rumbo a las selvas en galería del riacho Pilagá, a 30 kilómetros de la ciudad. Llegamos a Mojón de Fierro, un pequeño poblado rural donde los pobladores se dedican a la agricultura y a la carpintería artesanal, y allí nos embarcamos en dos piraguas conducidas por Puli y Pablo Mensía, el otro guía especializado en descubrir aves que nos acompañaría en la gira.

Las piraguas avanzan entre bosques en galería donde distinguimos palos blancos, laureles, timbós, mataojos, lapachos rosados y ñandipas guazú. Un grupo de cuatro tucanes –una figurita que no es de las más fáciles– aparece comiendo frutitos entre las ramas de un ingá; son un buen presagio para la jornada. Más tarde vemos una familia de monos carayá –macho con tres hembras y dos crías– cruzando el riacho casi por encima nuestro, mientras usan como puente las ramas de los árboles entre una orilla y la otra.

Navegamos en silencio. Las aves cantan pero no se ven y Pablo las identifica a ciegas: “Un saí común, un espinero grande y un arañero picopálido”. Luego oye un tangará común y con su vista de lince lo divisa con su cuerpo amarillo y la cabeza violeta cantando sobre una rama. Sobre la costa, una figurita más fácil: un grupo de urracas bebe indiferente a nuestro paso. Un martín pescador nos cruza a vuelo rasante: “El chico”, aclara Puli, agregando que en la zona hay tres especies de esta ave colorida de pico agudo y notable habilidad para capturar sus presas.

Tras una curva del sinuoso riacho Pilagá nos espera una colonia de boyeros yapú con sus enormes nidos pendiendo de delgadas ramas, fuera del alcance de sus predadores sobre el cauce de agua. Un surucuá aurora con su hermoso plumaje se deja fotografiar a discreción: esta especie es pariente del quetzal de Guatemala y construye sus nidos dentro de los termiteros kupi-i en la copa de los árboles, en simbiótica relación con las termitas.

Con el atardecer aparece el estridente canto del muitú, una pava grande de monte y muy terrícola que vuela muy poco. Esta ave fue declarada Monumento Natural provincial, ya que está en peligro de extinción. Las oímos, pero no las vemos.

Con las últimas luces divisamos un ipequí o ave de sol nadando delante nuestro, pero se deja ver apenas unos segundos y se sumerge para desaparecer en el agua. Varios minutos después resurge, ahora 20 metros más adelante.

Todo es amplitud y silencio en el mirador de la laguna Blanca, en el Parque Nacional Río Pilcomayo.

HACIA EL PARQUE NACIONAL Ya sin luz partimos hacia el Parque Nacional Río Pilcomayo. A la hora y media de viaje llegamos a la localidad de Laguna Blanca, donde está previsto pasar la noche en un hotel. Los birdwatchers –o “pajarólogos”– son necesariamente madrugadores: en caso contrario, no verán gran cosa hasta llegado el atardecer. Con el sol saliendo en la planicie tras las palmas de caranday ingresamos al Parque Nacional. Así como las aves en la selva son coloridas y esquivas, en la sabana de pastos bajos su aspecto es más sobrio y menos llamativo, ya que en el plano abierto no deben llamar mucho la atención porque corren el riesgo de atraer a los predadores. Entonces la atracción del sexo opuesto se hace con bailes y trinos, como es el caso del jilguero y el hornero.

Las primeras aves en mostrarse son de la familia de los Tyranidos o “papamoscas”, porque cazan insectos en vuelo realizando un característico “vuelo elástico”. Con esta precisa técnica capturan un insecto velozmente y vuelven a posarse en la misma rama de la que partieron. La primera especie en mostrarnos sus habilidades es una monjita blanca, luego una monjita gris y por último un churrinche macho con su fulgurante rojo escarlata.

Claro que no todas las aves vuelan en la sabana. Frente a la camioneta pasa corriendo una enorme perdiz colorada que salta unos metros –lo que le permiten sus cortas alas– alertada por nuestra presencia. Luego nos cruzan a veloz carrera dos chuñas de patas rojas con sus largas patas, la versión sudamericana del correcaminos. Una familia de ñandúes anda en la lejanía: es un macho con sus cuatro hembras.

El Parque Nacional Río Pilcomayo protege una valiosa muestra de los distintos ambientes del Chaco húmedo u oriental. Luego del almuerzo recorremos un sendero que se interna en el “monte fuerte”, dominado por quebrachos colorados chaqueños, lapachos y urunday. Estos bosques de maderas duras son el hogar de numerosas aves como el pájaro carpintero (hay aquí más de diez especies), cuyos toc-toc fuertes y secos se oyen a la distancia. El carpintero negro de dorso blanco está entre los más frecuentes y divisamos uno con los binoculares. Mientras tanto el estridente trino de la ratona grande –un ave pequeña de potentes pulmones– nos indica que una anda cerca entre las palmas caranday, ya que su vida depende de estas plantas.

Camino a la Laguna Blanca, dentro del Parque Nacional, se cruza delante del vehículo un grupo de pecaríes de collar. Esta laguna es el paisaje más bonito del parque, un espejo de agua de 800 hectáreas con una gran diversidad de aves, que forma parte de la red Ramsar de humedales de importancia internacional.

Al avanzar por las pasarelas que bordean la laguna nos flanquea un alto pajonal de huajó y totora de hasta cuatro metros de altura, el hogar propicio para aves como el federal, el angú y la pollona azul. Una infinidad de aves acuáticas parecen jugar a las escondidas asomándose entre la vegetación. Nuestro guía Puli anota cada uno de los avistajes en su libreta de campo y, si tiene dudas, chequea comparando con las fotos su guía de aves.

Puli descubre el singular gorjeo de la choca listada y utiliza un reproductor mp3 de sonidos para engañar al ave, que responde al llamado como si dialogara, desafiante y marcando su territorio. Pero el guía aclara que este truco debe utilizarse con máxima precaución, ya que puede alterar el comportamiento de las aves.

El atardecer enrojece al cielo mientras dos yacarés overos nadan culebreando en la superficie, cerca de la orilla. A esa hora salen de su letargo estos reptiles de hábitos nocturnos, que durante el día acumulan calor tomando sol en la orilla. Con el crepúsculo comienzan la caza, principalmente de peces. Para ver el globo incandescente del sol hundirse en el horizonte subimos a un mangrullo sobre la costa.

El bañado La Estrella, el tercer humedal de Sudamérica y refugio de vida silvestre.

LA ESTRELLA DE FORMOSA A la mañana siguiente partimos hacia la ciudad de Las Lomitas, la puerta de ingreso al bañado La Estrella, un humedal de 400.000 hectáreas que es el plato fuerte de la provincia. Después del Pantanal de Brasil y los Esteros de Iberá, es el tercer humedal en importancia de Sudamérica. Nutrido por los desbordes del río Pilcomayo, el bañado La Estrella es un oasis húmedo dentro del paisaje semiárido del Chaco Americano.

Unos kilómetros antes de llegar al bañado nos detenemos en un establecimiento rural ganadero de la zona que los guías llaman “el campo de Don Mario Rodríguez”. Allí Don Mario nos invita a recorrer un sendero por el bosque de quebrachos y palo santo donde hay también árboles autóctonos como el guayacán, el itín y el mistol. Estos bosques son el hogar de aves como el esquivo matico –con el cuerpo negro y la cabeza naranja– y los loros habladores a los que vemos en sus nidos. Además habitan entre los espartillares la corzuela o guazuncho (un pequeño cérvido) y osos hormigueros gigantes.

Al mediodía Mario nos espera con sopa paraguaya –un soufflé de harina de maíz con cebolla, queso y choclo– y un crepitante asado de cordero. De postre: mamón en almíbar con queso criollo. Después de una siesta de lujo en hamacas al aire libre, partimos hacia el bañado La Estrella.

Al atardecer todas las aves del mundo parecen darse cita en este inabarcable humedal. Los champales –arboledas secas de pie en las aguas, cubiertas por enredaderas– son bullangueros y llenos de vida. En una tarde vemos centenares de aves, acaso miles. Unas 300 especies habitan los bañados alborotándose cada amanecer y atardecer, con ensordecedores conciertos de graznidos como el chillido histérico del tero, el grito vigilante del chajá –siempre en pareja– y el silbido agudo y estridente del caracolero. También se oye a veces como un golpeteo de madera –es el pico de las cigüeñas jabirú– e incluso su aleteo, como el de aquellas dos que nos sorprenden a diez metros sobre nuestra cabeza, provocándose en el aire como buscando pelea. Bajo las transparentes aguas también se ven sábalos y pirañas, que en la costa son pescadas a picotazos por el jabirú. Otras especies comunes son el pato real y los tres siriris: el de vientre negro, el pampa y el colorado. Las espátulas rosadas y los negros biguás comparten los árboles secos. En otros hay garzas blancas mezcladas con garzas moras y brujas.

EN FORTIN SOLEDAD Desde Las Lomitas retomamos viaje por 70 kilómetros hasta la localidad de Fortín Soledad. De manera sutil pero permanente, los paisajes van cambiando y ahora dominan la escena el quebracho colorado santiagueño y el blanco, el algarrobo y el palo santo. También hay muchas cactáceas como el cardón, que alcanza los seis metros, el ucle y el quimil. El paisaje cambia otra vez y el ambiente se transforma en un interminable oasis verde de palmares y champales inundados. Nuevamente nos embarcamos, ahora conducidos por el guía baqueano Carlos Maldonado, quien impulsa el bote con una pértiga. Ya de entrada estamos rodeados de aves y los largavistas son innecesarios. Centenares de aves acuáticas se alimentan caminando por las aguas o vuelan de un lugar a otro, desde patos y cigüeñas como el jabirú hasta las pequeñas jacanas que caminan ruidosamente en grupo sobre la vegetación flotante.

Carlos detiene la marcha y exclama: “¡Una curiyú!”. La divisa entre unos arbustos que sobresalen del agua. Se trata de una anaconda amarilla, una boa pariente menor de la verde famosa gracias al cine que habita en Venezuela. Las anacondas criollas son más modestas, pero llegan a superar los tres metros de longitud y los días de sol se enroscan sobre los champales, aprovechando el calorcito.

Luego de una navegación de varias horas desembarcamos en un islote dentro del bañado a disfrutar la sombra de unos añosos algarrobos blancos. El almuerzo es un picnic de empanadas de charqui y un budín de pan con dulce de leche. El guía nos muestra una imponente águila negra y más lejos un aguilucho pampa con su característica cabeza blanca.

De regreso merendamos sobre la embarcación un bizcochuelo muy proteico de harina de algarroba producida por una comunidad wichí. Frente a nosotros revolotean miles de aves.

Durante cuatro días, Carlos ha venido anotando cada uno de los avistajes de las distintas especies de aves. Hacemos la check-list final, según dicen los expertos, o “la cuenta” en buen criollo, y Puli lee los resultados en voz alta: “Habiendo recorrido 985 kilómetros hemos visto 139 especies y una cantidad total de aves incontable, una cifra nada despreciable para ustedes, que es su primera salida en viajes de birdwatching. Hemos pajareado de lo lindo. Bienvenidos sean al extraño y ecológico mundo de los pajarólogos”.

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Una figurita difícil, al alcance de la vista en lo profundo de Formosa: el surucuá aurora.
Imagen: Norberto Bolzón
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