turismo

Domingo, 30 de junio de 2013

SANTA FE. LA AGENDA INVERNAL ROSARINA

Lectura, fotos y diversión

La agenda cultural rosarina para las vacaciones de invierno incluye una exposición de fotografías sobre el perfil lector del Che Guevara y una serie de espectáculos en el original espacio lúdico del Tríptico de la Infancia y el centro cultural Plataforma Lavardén, donde se abren las puertas para ingresar en extraños mundos de fantasía.

 Por Julián Varsavsky

Hace ya varios años, Rosario renovó su cara al río y se pulieron sus atractivos turísticos hasta convertirla en una alternativa natural de fin de semana para los porteños, sobre todo aquellos en busca de combinar un poco de aire libre con una gran urbe que no pierde su aura de tranquilidad. Con una nutrida agenda cultural, la ciudad también tiene una serie de actividades muy originales orientadas a los niños, sobre todo en los días de vacaciones de invierno.

El Che lector, caminando por la calle libro en mano, tal como se lo ve en la muestra rosarina.

EL CHE LECTOR INTERMINABLE “Esa foto del Che leyendo sentado en la copa de un árbol fue tomada en Bolivia y la verdad es que yo no se por qué mi hermano estaba allí arriba”, dice Ramiro Guevara, nacido en Cuba del mismo padre del Che y director del Centro de Estudios Latinoamericanos Ernesto Che Guevara (Celche) en Rosario. La foto es parte de una impactante muestra fotográfica donde se ve al legendario guerrillero en una de sus facetas: la de lector voraz. Se lo ve incluso caminando con otros combatientes por una vereda cubana, fusil al hombro y habano entre los labios, leyendo sin miedo a tropezar. También hay una foto en el catre de un bohío en la Sierra Maestra, leyendo a Goethe y con habano, y en cueros en un sillón devorándose Días y flores.

“En plena selva boliviana Ernesto dirigía las lecturas de los combatientes; por aquí tenemos la listas de esas lecturas –que iban de Mao a Lezama Lima, y de Shakespeare a Freud– y contaba él que lo que más pesaba en su mochila de campaña eran los libros”, agrega Ramiro Guevara al recorrer la exposición. Sobre cada foto hay un pequeño estante con ejemplares de la biblioteca, en ediciones de la época, que marcaron a fuego las lecturas del guerrillero desde su temprana infancia.

El Che nació en una familia donde la lectura ocupaba un papel fundamental y los libros fueron parte de su vida desde muy pequeño. Debido al asma, pasó largas temporadas sin poder asistir a la escuela: los libros eran entonces su refugio. Metódico, desde muy joven comenzó a sistematizar sus lecturas y a crear un plan anotando todos los libros que leía y los que deseaba leer. Transcribía los fragmentos que más le interesaban, anotaba comentarios a modo de viñetas en los márgenes, escribía reflexiones sobre los autores, que fichaba y archivaba meticulosamente.

“Leía a todas horas, en cada momento que tuviera libre, entre una reunión y otra, cuando iba de un lugar a otro”, dice su viuda Aleida March desde una cita en la exposición. Vicente de la O Gutiérrez –otro médico del ejército rebelde– también es citado en un panel: “Cuando hacíamos un descanso se ponía a leer, mientras los demás, agotados como estábamos, procurábamos dormir”. Y Harry Villegas Tamayo “Pombo”, que combatió a su lado, documenta que en el tiempo que estuvieron clandestinos en Bolivia habían adquirido entre 500 y 600 libros. Y por supuesto, el comandante Guevara habla en primera persona: “Mis dos debilidades fundamentales estaban satisfechas en el Congo: el tabaco, que me faltó muy poco, y la lectura, que siempre fue abundante”.

Una onírica lluvia de paraguas cae del techo en el edificio de la Plataforma Lavardén.

SUEÑOS EN EL ROPERO Plataforma Lavardén es un centro lúdico y cultural ubicado en la esquina céntrica de Sarmiento y Mendoza, en un fastuoso edificio de seis pisos con fachada afrancesada inaugurado en 1927 como sede de la Federación Agraria argentina. Pero poco tiempo después, con la crisis del ’30, no se pudo pagar la hipoteca y el edificio pasó a manos del Estado. En 2008, esta joya arquitectónica fue restaurada para albergar un centro cultural con diversos perfiles, uno de ellos lúdico para niños. Subiendo por las escaleras en caracol del edificio –por cuyo centro cae una surrealista lluvia de paraguas colgando del techo– se llega al primer piso con su onírica galería de los roperos. Aquí había una serie de habitaciones del hotel que albergaba el edificio, en cuyas puertas se encuentran hoy antiguos roperos de madera torneada. Al abrir el primero de ellos se ingresa por un arco de libros a una singular sala de lectura y biblioteca donde la literatura cubre las paredes y cuelga también del techo con sus páginas abiertas. En los cómodos sillones la idea es que los niños lean de a dos, uno al otro.

Por otro ropero se ingresa a una sala ocupada en su totalidad por una gran cama con almohadas de 20 metros cuadrados. La originalidad está en que dentro de esas almohadas hay un reproductor de MP3 con parlante donde se oye el audio de un cuento –o fragmentos de Julio Verne, por ejemplo– que sólo se pueden escuchar con la oreja apoyada allí y por lo tanto acostados.

Siempre con el apoyo de coordinadores, y con entrada gratuita, los chicos abren la puerta con espejo de otro ropero y se encuentran con una antigua calesita con cisnes, elefantes y caballos tallados en madera. Esta verdadera pieza de museo estaba en desuso y su dueña le tenía un especial apego. No quería que se perdiera y la donó al lugar. Hoy se suben a ella grandes y chicos girando al ritmo de antiguas jazz bands, de la guitarra de Oscar Alemán y de música circense.

Este sueño digno de Alicia en el país de las maravillas termina, siempre atravesando un ropero, en el Club Social Defensores de Utopías. Se trata de la recreación de un antiguo club de barrio, con su barra de madera y estantes detrás donde hay botellas de ginebra Bols, sifones de soda, damajuanas y un cuadro de Gardel. Pero es un club de verdad que funciona, con su cancha de bochas, un metegol, una mesa de ping-pong, un juego de sapo y mesas para ajedrez y damas. El Club Defensores de Utopías ha sido un éxito, atrayendo hacia el centro de la ciudad a niños de los barrios carenciados de las afueras.

La máquina de volar ideada por Leonardo Da Vinci, en el Tríptico de la Infancia.

SOLO LOS CHICOS Para los locos bajitos existe en Rosario un original parque municipal creado por la mano de artistas plásticos, llamado Tríptico de la Infancia y muy diferente de los convencionales parques de diversiones. Está compuesto por tres espacios en distintos puntos de la ciudad, donde los chicos suelen pasar horas, incluso el día completo: La Isla de los Inventos, El Jardín de los Niños y La Granja de la Infancia. El punto de partida son los conceptos de “creación colectiva” y “prohibido no tocar”.

La Isla de los Inventos está junto al río –se la suele combinar con paseos y comidas en restaurantes sobre la costa– en una vieja estación de trenes reciclada manteniendo su impronta ferroviaria para subrayar el espíritu viajero. En el Taller de Herrería los chicos se ponen máscara y delantal y sueldan fierros. En las fábricas de cerámica, madera, textiles, imágenes animadas y papel ejercitan cada uno de estos oficios. La idea de la creación colectiva se aplica en que un chico un día hace el papel, otro lo usa para un dibujo o un grabado y otro lo encuaderna. Los mismos procesos se aplican con la madera y la cerámica.

La Sala de Pócimas tiene un ambiente a lo Tim Burton –oscura, con velas y libros antiguos– donde los niños llevan a su máxima expresión la idea de “prohibido no tocar”. Además están las salas de “los sentidos” y “del origen”.

El tríptico continúa con el Jardín de los Niños, que es un parque de juegos dividido en “territorios”. El primero es el “de las preguntas” (o “poética de lo mítico”). Allí hay una montañita encantada a la que se sube por senderos arbolados con parlantes ocultos que cuentan historias de brujas y duendes del bosque.

El Territorio de la Invención (o “poética de la mecánica”) está inspirado en el taller de Leonardo da Vinci en Florencia, orientado a su faceta de inventor, incluyendo bocetos y maquetas de sus estudios sobre los mecanismos de la vista y la máquina de volar, en la que los chicos “vuelan” colgados de un arnés. También están sus desarrollos sobre perspectiva lineal, anatomía e hidráulica. En la Máquina de Trepar, los chicos abordan dos bergantines del siglo XVI y en la Máquina de Sonar hacen una composición colectiva utilizando la escala pentatónica de las culturas andinas.

En tercer lugar está el territorio de la Innovación (o poética de las vanguardias del siglo XX), orientado a las artes plásticas. En la Calle de los Sucesos hay un homenaje a la escuela alemana Bauhaus y sus rupturas en arquitectura y diseño. En el Edificio Semienterrado está la muestra interactiva Tiempos Modernos, donde se recrea la búsqueda de las formas puras a través de la geometría. Con diversos juegos se celebra a los artistas que pintaron como niños mundos oníricos llenos de magia, desafiando los paradigmas de su época.

En esta área de espacios de juego se busca que el niño componga un móvil como los de Alexander Calder. A Mondrian se lo homenajea jugando con sus instalaciones de rompecabezas y juegos de encastres volumétricos. En el “mironero” se juega con la obra de Joan Miró y en el sector “El encastre cubista”, se desmontan las estrategias del cubismo desde Picasso a Pettoruti.

“La ciudad de Xul Solar” es un juego colectivo que reproduce la obra Proyecto Fachada Delta realizada en 1954 por el pintor, trasladándola al volumen con una estructura de hierro y cubos que permite a los chicos convertirse en arquitectos. También hay un dominó gigante de Escher, basado en la inquietante obra Metamorfosis II, un grabado en madera de 1940.

El tríptico rosarino para los niños se completa con la Granja de la Infancia en las afueras de la ciudad y al aire libre, donde el eje temático es el hombre en relación con la naturaleza. Allí se va a pasar el día junto a un lago con patos criollos y sirirí, caballos, una vaca, un flamenco rosado y un carpincho. La granja tiene una zona de huerta, hay una sala de cuentos y susurros y un laboratorio de experimentación.

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En la Granja de la Infancia el eje es la relación del hombre con la naturaleza.
Imagen: Silvio Moriconi
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