turismo

Domingo, 25 de agosto de 2013

ENTRE RIOS VIAJE AL CORAZON DE UN PUEBLO

Las vías que no mueren

Ubajay es una aldea de origen judío que supo ser próspera gracias al ferrocarril. Tras el cierre del ramal que la unía con Concordia se creó un museo en la antigua estación y un paseo en zorra por las inmediaciones del campo, entre palmeras yatay, ganado y proyectos forestales.

 Por Pablo Donadio

Fotos de María Clara Martínez

“En la fecha se procede a la clausura temporaria de esta estación.”

Alcides Coullieri, jefe de estación, 5 de noviembre de 1991, libro de movimiento de trenes de Ubajay.

El viento que mueve los inmensos eucaliptos trae aroma a pasto recién cortado. Los árboles acompañan la vía sobre el boulevard, hasta la casita ferroviaria levantada con piedra mora donde está a punto de comenzar el paseo. Es increíble con qué poco puede devolverse la dignidad a un pueblo: las caras de entusiasmo de los chicos encuentran la simpatía de los dos guías a bordo de la zorra a motor que oficia de locomotora, y transporta un único vagón por el ramal del ex ferrocarril Urquiza.

El pueblo, donde abundan la madera y las palmas yatay, está en el departamento de Colón, en pleno Corredor Turístico del Río Uruguay. Como toda la región, se benefició de la reciente autovía de la RN14: así se terminó de establecer como el pueblo de referencia del Parque Nacional El Palmar y el Refugio de Vida Silvestre La Aurora, dos entradas posibles a un mundo de actividades ecoturísticas. Dicen que el pueblo ha crecido tanto que hay ya 4000 habitantes por la llegada de habitantes de campos vecinos, otros que le escapan za la urbe, y paisanos de las otras provincias litoraleñas atraídos por el trabajo que generan los aserraderos. Nosotros, sin embargo, apenas vemos un hombre a caballo, una parejita caminando por el centro y unos chicos jugando en el boulevard cercano a la vía.

La zorrita inicia una nueva travesía de siete kilómetros hasta el arroyo cercano, mostrando los paisajes de Ubajay.

TODOS A BORDO Luis Alberto Ledezma es ubajeño y bien baqueano. Hoy es maquinista, pero desde hace 10 años trabaja en un proyecto iniciado por Alcides Coullieri, el último jefe de estación, a cargo del tren entre 1977 a 1991. “Hasta 1996 hubo alguno que otro transporte de carga, pero se veía morir, así que Don Alcides propuso un museo y un paseíto al sur en zorrita hasta el Parque Nacional El Palmar”, cuenta Ledezma. Así se inició todo, con gran respuesta hasta que la obra de la autovía deterioró el paso a nivel que aún está en arreglo. Pero eso no detuvo el proyecto, sino que se creó un nuevo paseo hacia el norte, hacia los campos. “Suspendimos por el momento el paseo al Palmar, pero –la verdad– nos salió redondo, porque creamos este otro recorrido que a mí me gusta más –afirma Adriana López, guía de la salida–. El viaje encara la periferia del pueblo, pasando por las distintas producciones y economías regionales. Al rato llegamos al arroyo donde vos sos dueño de hacer lo que quieras durante una hora: salir a caminar, bañarte, tomar mate y recorrer este lugar perfecto para disfrutar con la familia, los amigos y la mascota. Y si el día está lindo, en vez del paseo de 90 minutos me hago la que no escucho el teléfono y nos quedamos más de dos horas”, dice entusiasmada. Sacamos el pasaje ahí mismo, y a un costo que no puede ser más popular: $ 10 los mayores y $ 5 los chicos. Y listo, sólo resta subir a bordo. Pero todo es tan casero aquí que nos demoramos, porque uno de los ocho integrantes ha pedido agua caliente al maquinista, que gentilmente la trae del galpón de máquinas para ir mateando por el camino. Un poco de combustible al motorcito y ahora sí estamos listos para la aventura.

El primer sonido de arranque y el posterior traqueteo no distan nada de cualquier viaje en tren, pero traen recuerdos. La estación de Ubajay –llamada así en referencia a un frutal ácido de procedencia guaraní– se inauguró el 5 de enero de 1915 uniendo las ciudades de Concordia y el puerto de Concepción del Uruguay. No sólo propició el actual nombre del pueblo, sino que fue vital para el contacto y la producción entre el Noreste y la Mesopotamia, entonces repleta de inmigrantes europeos.

Luis detiene la zorra en el cruce de entrada al pueblo y espera que un camión cargado de troncos pase sin detenerse. El chofer levanta el brazo y lo saluda, y comenzamos a rodar nuevamente, arando un poco por la tierra que se junta a diario por el paso de esos vehículos de la empresa forestal. Por momentos vamos tan despacio que recordamos un relato de Julio Cortázar, cuando cubrió una travesía similar como cronista de tierras misioneras, y donde contaba cómo algunos pasajeros hasta iban pescando en las lagunas que cruzaban. De todos modos, nadie busca velocidad, y la lentitud permite disfrutar de los campos sembrados de granos, las plantaciones de sandía y cítricos, el ganado vacuno y ovino, la producción avícola y algunos caballos que merodean por ahí. A cada rato se destacan los terrenos donde el eucalipto tiene destino de leña, tirantes y machimbres, ya que si bien hay una extensa superficie para la actividad agrícola –soja y arroz, sobre todo–, la producción forestal ocupa más del 70 por ciento de la mano de obra local. La máquina se detiene otra vez. “Cuando ven gente y saben que vamos a salir, se mandan entre los árboles a buscar ramas y ponerlas en las vías... son gurises y se divierten”, dice sonriendo el maquinista, acostumbrado al ritual de desacelerar la zorra, bajar y correr los palos de las vías que los chicos colocan una y otra vez. Poco después Luis señala algo hacia adelante. Es un corderito que se ha quedado atascado en un guardaganado, con la cabeza asomada peligrosamente por las vías. Al liberarlo dispara al campo a llorarle a la madre, que lo recibe a puro quejido.

Finalmente, cumplimos los siete kilómetros y tras el puente de durmientes bajamos al arroyo La Concepción, un cauce de aguas cristalinas y arenas blancas que en días calurosos ha de ser un paraíso. “En primavera nos bañamos y te acompañan las mariposas por el camino, y las flores se ponen lindas y huele a miel el campo”, dicen. Al rato Luis inicia el arranque al revés, llevando al carro con gente por delante: todo practicidad.

El pacífico y verde boulevard de la estación, un camino ideal para recorrer también a pie.

CERCANIAS Al regresar conocemos el Museo La Estación y sus tres salas de exposición permanente, la primera dedicada a la vida del gaucho y las actividades rurales de la zona; la segunda con piezas que pertenecieron a los colonos, y una tercera donde se conservan los muebles y antiguos elementos de comunicación del jefe de Estación, como un telégrafo dorado y su libro de movimientos de trenes. En él vemos el registro del último paso oficial, donde Coullieri registró la clausura agregando la palabra “temporaria”, como para mantener la esperanza. Pero no sólo su nombre se evoca en Ubajay, nacido en 1912 por impulso de la ley de inmigración. Se destaca también al barón Maurice de Hirsch, representante de la Asociación de la Colonización Judía que promovió la instalación de 50 familias judías ashkenazis de Rusia, a quienes se entregó 100 hectáreas de terreno, casa, conexión a un molino de agua, herramientas y animales, para dedicarse a la agricultura y la ganadería. En sus comienzos, además de la plaza, la sinagoga y la escuela hebrea, la actividad sociocultural de los colonos se centró en la estación del tren, lugar de despacho de la producción láctea que viajaba a Concordia, con embarques de ganado en pie provenientes de importantes estancias y cuyo destino era el famoso Frigorífico Fábrica Colón de Liebig. La incesante llegada y partida de trenes dio ocupación a muchos pobladores, ya que también se almacenaban cereales en tres galpones ferroviarios (hoy sólo queda uno, donde trabaja el maquinista). Así se fue creciendo junto a otros vecinos que instalaron almacenes de ramos generales, boticas, panaderías, un hotel, una talabartería, una carpintería y una cooperativa agrícola. Tan floreciente fue la actividad comercial y de servicios del pago que poco después se instalaría el Banco Agrícola Cooperativo de Ubajay SA. Poco de ello se conserva, aunque si se busca hay detalles y edificios como el de la municipalidad, instalada en la casa de la familia Rotmistrovsky –integrante del grupo de los primeros pobladores– que conserva la arquitectura predominante de la colonia.

Ahora Ubajay es también base para salidas turísticas que llevan al Parque Nacional El Palmar (a cuatro kilómetros) y a La Aurora, uno de los trece refugios que la Fundación Vida Silvestre patrocina en Argentina. La provincia de Entre Ríos intenta declarar “zona de amortiguación biológica” las propiedades cercanas, por ser un “corredor biológico del arroyo Palmar”. Asimismo, el pueblo es parte de una microrregión que se conecta con otras viejas postas del ferrocarril hasta el palacio San José, la antigua casa de Justo José de Urquiza. Mientras tanto, tras la clausura de la estación local algunos ubajeños aseguran que en la plaza San Martín una hamaca se mueve sin razón. Para explicarlo toman una leyenda guaraní que habla del “gigante de barro”, un ser que duerme bajo la estación de trenes y promueve su despertar cada 33 años. Quién sabe si las fechas coinciden, para hacer regresar al tren por aquí con su toque de realismo mágico...

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La entrada al museo de la estación, gratuito y con tres salas que trazan la historia del lugar.
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