turismo

Domingo, 9 de marzo de 2014

DINAMARCA. UN VIAJE POR EL PAIS DE LOS CUENTOS

Había una vez Andersen

Un circuito que va de Copenhague a Odense invita a seguir las huellas de Hans Christian Andersen, el autor de cuentos que cautivó a varias generaciones de lectores con inolvidables personajes como la Sirenita y el Patito Feo. Castillos, la famosa estatua del puerto de la capital danesa y otros homenajes al narrador.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Visit Denmark

Había una vez una casa con una puerta pequeña y bajita, en una ciudad sobre una isla envuelta en bruma durante los largos meses del invierno. La ciudad estaba bajo el dominio de un rey que vivía en lujosos castillos, sobre otra isla vecina. Y en esa casita de techos bajos vivía una joven pareja de enamorados. El era zapatero, y ella, lavandera...

Así empezó la historia familiar de Hans Christian Andersen, que quedaría en la historia como el mayor cuentista de Dinamarca y uno de los autores más universales del siglo XIX. Y sin embargo, su niñez y juventud se parecían a las historias de sus cuentos: tuvo comienzos difíciles y esperó durante mucho tiempo la llegada del reconocimiento. Durante su adolescencia, Andersen se sentía como el patito feo del cuento, y se fue de la casa familiar a los catorce años, convencido de haber nacido por error en ese mundo humilde y laborioso. Era su sueño ser cantante o actor en los teatros de Copenhague... Una vocación precoz, que le valió un precoz fracaso. Probó también con la escritura de piezas de teatro, pero tampoco le fue bien, hasta que finalmente encontró su camino en la creación de cuentos. Gran viajero, Andersen recorrió buena parte de Europa, pero volvió siempre a la isla de Fionia donde había nacido, y donde hallaba inspiración para sus historias. Entre Odense –la cabecera de esta isla– y Copenhague –la capital danesa– hay varios lugares vinculados con su vida y su obra, que invitan a recorrer la Dinamarca insular de ayer y de hoy, con regiones que por un lado están a la vanguardia y por otro se aferran a sus tradiciones. Un poco como la pesonalidad del propio Andersen.

La estatua de Andersen en Odense, ciudad natal del creador del Patito Feo.

PARQUE DE DIVERSIONES Frente al Ayuntamiento de Copenhague, la delgada y huesuda silueta del inolvidable narrador está fijada para siempre en el bronce. Mira para la eternidad, con la vista vuelta hacia la entrada del parque de diversiones más antiguo del mundo, el Tivoli. A mediados del siglo XIX, sin duda no había lugar más excéntrico e idóneo para hallar inspiración que los jardines del Tivoli, que abrieron en 1843 como paseo y parque de atracciones para los 120 mil habitantes que tenía entonces la capital del reino de Dinamarca. Trenes, montañas rusas, restaurantes... durante diciembre es un lugar mágico, iluminado por miles de luces y decorados navideños. Y si en el momento de su creación estaba fuera de las murallas de la ciudad, en la actualidad está en pleno centro, frente al Ayuntamiento y la estación central, a pocos minutos de las calles más comerciales. Su creador, Georg Carstensen, no daba puntada sin hilo: “Mientras el pueblo se divierte no piensa en política”, se dice que le dijo al rey Christian VIII para convencerlo de alquilar un terreno frente a la Puerta del Oeste junto a las fortificaciones de la ciudad. Un siglo y medio después, Tivoli es un parque un poco retro, que conservó en gran parte el aspecto que tenía en el momento de su creación, así como la entrada que tenía en 1843. Sin embargo, varios de sus edificios originales fueron destruidos por los alemanes durante la ocupación nazi de Dinamarca. Entre sus atracciones, naturalmente, se recuerda la obra de Andersen: una de ellas es Flyvende Kuffert, Las valijas voladoras, inspirada directamente en el cuento “El cofre volador”.

La foto con Andersen y el paseo por Tivoli son entonces los primeros pasos en una visita por Copenhague, antes de emprender el recorrido por los castillos reales y por la avenida que llega –después de un recorrido costero– hasta un brazo de mar donde espera otro de los hitos del paseo: la Sirenita. La avenida es la peatonal y larguísima Stroget, la principal calle comercial de Copenhague, que se dice es también la más larga de Europa. Empieza cerca de Tivoli, sobre la Plaza del Ayuntamiento, y llega hasta la Plaza Real en el norte de la ciudad. Es la avenida que hay que seguir para llegar hasta algunos de los castillos –entre ellos, el imponente Amalienborg– y hasta las orillas mismas de la Sirenita.

La Sirenita en el puerto de Copenhague: pequeña y solitaria, símbolo de la capital danesa.

LA SIRENITA Los daneses la conocen como Den Lille Havfrue. Y representa al personaje más popular y conocido de todos los creados por Andersen, sin duda gracias a la maquinaria Disney. Su estatua se levanta sobre un borde del puerto, a metros de la costa, sobre un peñasco que sobresale del agua. El lugar se llama exactamente Parque Churchill y es de fácil acceso desde Stroget. Aunque es muy difícil perderse, si hay dudas, no se debe dejar de preguntar a los vecinos: por lo general, responden con orgullo sobre este monumento que se convirtió con el tiempo en un auténtico símbolo de Copenhague, el más visitado y fotografiado.

Como el personaje del cuento, también la estatua de la Sirenita tuvo un destino trágico y fue decapitada en dos ocasiones a lo largo del siglo XX (además de haber sido víctima en varias oportunidades de actos de vandalismo, pintadas y provocaciones religiosas). Por eso la estatua que hoy se ve en realidad es sólo una copia, y los moldes originales se guardan en un lugar secreto. Copia o no copia, no le quita el cariño y la importancia que tiene para los daneses. Para muchos, fue un auténtico shock cuando se la llevaron durante algunos meses a China, en 2010, para mostrarla en el pabellón danés de la Expo Universal de Shanghai. ¿También los chinos se habrán sorprendido por su pequeño tamaño? Con 1,25 metro de altura, tal vez tenga el verdadero tamaño de una sirena, pero lo cierto es que muchos la esperan un poco más grande. Sin embargo las dimensiones le convienen a su carácter, y hasta casi podría pasar inadvertida cuando el color del bronce se mimetiza con las rocas y el gris del agua.

Otro detalle curioso en torno de la estatua es la energía que ponen los herederos de Edvard Eriksen, el escultor, para proteger los derechos sobre la imagen y su difusión. Los de Andersen, en cambio, hace largo tiempo que son de dominio público: su obra ya fue adaptada incontables veces para el cine, la televisión y obras derivadas en lenguas y culturas lejanas. Así es que se puede hallar una escultura de la Sirenita en Tailandia, para celebrar a un personaje local inspirado en el cuento de Andersen. Y hay una gran estatua del propio escritor en el Central Park de Nueva York, donde se lo ve con un gran libro abierto sobre la falda, mirando a un patito que se le acerca. Un homenaje al Patito Feo y a su autor, que los chicos que pasan por allí no dejan de aprovechar para sacarse fotos subidos al regazo de Andersen o acurrucados sobre su libro.

La casa de Odense donde Andersen pasó sus primeros y difíciles años de infancia.

LA CIUDAD NATAL “Viajar es vivir”, solía decir Andersen, que no tenía residencia fija, sino que alquilaba departamentos ya amueblados y siempre tenía lista su valija. Uno de sus principales periplos fue el viaje de nueve meses que realizó solo entre Dinamarca y Estambul, en tren, en barco, a pie y a caballo. Sin embargo siempre volvía a Fionia, la isla donde había nacido, para inspirarse y escribir.

Fionia es una isla de paisajes llanos como el resto de Dinamarca. Esta tierra, donde el mar nunca está muy lejos y sopla el viento la mayor parte del año, es también una tierra de castillos: entre ellos se destaca el de Egeskov, construido en medio de un pequeño lago y que se diría inspirado por un cuento de Andersen. En realidad, ocurrió lo contrario: fue Andersen quien se inspiró en sus masivas torres de ladrillo rojo para ambientar los castillos de sus reinos de cuento. Egeskov –un nombre que viene del bosque de roble que fuera arrasado para proveer los pilotes que lo sustentan, en medio del agua– es una de las principales atracciones de la isla, junto con la casa de Andersen en Odense. El castillo fue construido en 1554 en medio del agua para defenderse durante la guerra civil y religiosa que sacudía Dinamarca en aquellos tiempos. Hoy tiene una función mucho más pacífica, convertido en un museo dedicado a las motos y autos antiguos. Aquí también se visita una sala conocida como la Cripta de Drácula.

Gracias al éxito de sus cuentos, Andersen pudo obtener finalmente el reconocimiento que había buscado durante tantos años. Fue nombrado ciudadano de honor de su ciudad natal en 1867 y también allí tiene su estatua (al lado de la catedral San Knud). Se dice que no pudo –o no quiso– reconocer la casa donde había vivido los primeros catorce años de su vida, y donde se había sentido tan mal. Pero los visitantes la pueden conocer: es una casa de pared ocre y de techos increíblemente bajos, en el cruce de las calles Hans Jensensstræde y Bangs Boder. Desde que fue transformada en museo se pueden ver cartas, manuscritos, dibujos, ediciones en varios idiomas de los cuentos del narrador y una reconstitución de su despacho con objetos que le pertenecieron. Cada mes de julio, además, Odense organiza un festival Andersen con representaciones y desfiles de chicos que encarnan los principales personajes de los cuentos. Un final feliz para aquel niño que se fue de Odense en busca de su destino, tal como ocurre en los cuentos.

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Tivoli, el parque de diversiones más antiguo del mundo, también homenajea al escritor.
 
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