turismo

Domingo, 19 de octubre de 2003

ROSARIO UNA VISITA PRIMAVERAL

Tan cerca y con tanto río

Allí, tan soldada al río Paraná, Rosario es una interesante opción para una escapada primaveral. A sólo 300 kilómetros de la Capital por la autopista, la ciudad, como dijo Fito Páez, siempre estuvo cerca. Con el río y sus islas, el Paseo Ribereño, los parques y museos, los barrios con historia y la noche que se enciende frente al agua, vale la pena conocerla... y disfrutarla.

Por Fernanda Gonzalez Cortiñas

El sol se empieza a descolgar del cielo y ahí, donde en otros tiempos se recortaban apiñadas decenas de torretas luminosas y chimeneas humeantes, hoy se suspende una línea perfecta de acero y concreto que une la ciudad con Victoria. Sin su otrora famoso cinturón industrial, pero con un moderno tirador que desde hace apenas unos meses engancha la ciudad santafesina con la entrerriana, Rosario, como dijo Fito, siempre estuvo cerca. A sólo 300 kilómetros de la Capital, por la autopista, se accede a esta ciudad de poco más de un millón de habitantes. Si no es por aire, en auto o micro el ingreso es por Oroño, un boulevard que si bien en el centro se salpica de lo más rancio de la arquitectura local, sus extremos permiten adivinar un centro urbano matizado por duros contrastes. Indisolublemente asociada a su condición ribereña, Rosario es una ciudad ideal para visitar en primavera. Con una media de 20 grados y una humedad aceptable, esta época del año se presta especialmente para disfrutarla a pleno, de lleno y a fondo.

El rio, las islas y el Paseo Ribereño Hilvanada por su río, uno de los más anchos y caudalosos del continente, sobre la costa se levanta la ciudad que apenas hace unos años empezó a mirarse en el espejo marrón que le ofrece el Paraná, sin duda uno de sus principales atractivos. Luego de admirar su desmesura, el pasajero puede iniciar el recorrido por aquí, ya sea abordando el tradicional “Ciudad de Rosario” o simplemente algunas de las lanchas que cruzan a las islas. Comer una buena boga a la parrilla, practicar el crawl y renovar el bronceado o pasar la noche escuchando el grillerío en una cabaña junto al agua son algunas de las opciones posibles, aunque el solo recorrido por la laberíntica hidrografía de la zona es, desde luego, un gratificante spa mental.
Ya con los pies en la tierra, y depende de la estación elegida, el viajero puede optar por distintos circuitos. Una buena idea puede ser la de pasear con el río como guía.
Así, viniendo desde el norte, dejando atrás el puente, el Paseo Ribereño permite un recorrido a velocidad crucero por la city. A continuación del Parque Alem, aparece el Coloso de Arroyito, sede de uno de los tradicionales clubes de la ciudad, Rosario Central. Más allá, el Parque Scalabrini Ortiz –cuyos terrenos fueron recientemente expropiados por la municipalidad a las firmas cerealeras– precede a la primera parada obligada: Pichincha.

El barrio de Chicho Grande De dudosa reputación e indudable mala traza, en la década del ‘30 la franja comprendida entre las calles Suipacha y Callao fue la responsable de que Rosario se convirtiera en “la Chicago argentina”. El barrio de Chicho Grande y del Chico también, de Agata Galiffi y Madame Safó, de prostitutas y cafishos. En una suerte de rescate romántico de aquel espíritu transgresor y fiestero, poco a poco la zona ha intentado ir recuperando su viejo esplendor. Lentamente, las viejas fachadas de las casonas y petit hotel van tomando color, mientras florecen las ferias. Erradicadas las casas de citas y travestidas sus sórdidas whiskerías en bares psicodélicos, la noche rejuvenece e invita al flashback. De día, la Secretaría de Cultura municipal y el Museo de la Memoria interrumpen el paisaje invitando al paseante a recorrer alguna muestra temática. Los fines de semana el tránsito tiene vedado el paso y el sector se convierte en una enorme feria. Antigüedades seleccionadas junto a un sinfín de armarios rebosantes de pantalones, camisas, sombreros y tapados, hacen del Mercado Retro y El Roperito, un paso obligado para nostálgicos y buscadores de baratas y baratijas.
Siguiendo, aparece el Parque España, un proyecto concretado merced al intercambio con ese gobierno. Su moderno centro cultural anualmente ofrece un nutrido programa en el que no faltan exposiciones, conciertos, puestas teatrales, conferencias y festivales de distintas índoles.

Monumento y casco histórico Siempre acompañado por el inconfundible aroma del Paraná, se llega al gran lugar común de la ciudad: el Monumento a la Bandera. Rodeado de edificios, de elegante alcurnia unos, de lujo aparatoso otros, la obra del arquitecto Angel Guido se troquela contra el firmamento, divisándose desde lejos, como un faro sin luz. Inaugurado en 1957, la cima de sus 70 metros de mármol travertino ofrece una de las mejores panorámicas de la ciudad. Con un enorme predio verde a su planta, el Parque de la Bandera, promediando el mes de noviembre, la torre sirve de testigo del Encuentro Nacional de Colectividades, una fiesta para los sentidos, con sabores y olores de todas partes del mundo.
Detrás del propileo, justo después de la llama votiva, se abre el Pasaje Juramento. Terminado recién a fines del siglo que pasó, es la entrada al denominado “casco histórico” de la ciudad. Ornamentado con un puñado de esculturas de Lola Mora, que la tucumana confeccionó para uno de los varios proyectos que tuvo el monumento, el pasaje une la construcción con la Plaza de Mayo, que como su par porteña, cada jueves reúne a un puñado de mujeres cubiertas con pañuelos blancos, que marcha en círculos para no olvidar ni perdonar.
Alrededor, la Catedral, el Palacio Municipal, el Correo Central y el Museo de Arte Decorativo Firma y Odilo Estévez le imprimen el carácter de señorío histórico a lo que fuera el primer solar del Pago de los Arroyos.
Si bien la crisis ha ido modificando algunas costumbres, los ritos veraniegos comienzan a despertar por estos meses y hacer el circuito de shoppings de la peatonal o tomarse un insuperable helado cuando la peatonal se convierte en Paseo del Siglo pueden ser una buena idea antes de cenar. Nuevos y tradicionales, vegetarianos y carnívoros, regado de cerveza en lata o con un reserva 69, con el menú en italiano o con fotocopia del día, en una casa de familia en Fisherton o sobre en un tinglado colgado de la barranca, los restaurantes salpican la ciudad de punta a punta.
Saciados los apetitos, al menos de comida, la noche se convierte en movida. Desde el histórico Teatro El Círculo, cuya acústica elogiara el mismísimo Caruso hasta los sótanos que albergan lo mejor de las expresiones under, la cartelera tiene de todo y para todos los gustos. Sobre el filo de la medianoche, el río empieza a reflejar los primeros neones de un gruesa lista de bares temáticos y boliches bailables. Tecno y retro, rock y cumbia, todos los ritmos tienen un espacio para bailar o escuchar en vivo.
Pero de nuevo junto al río, a la sombra del Monumento el paseante, a veces interrumpido por el silbato de algún buque de bandera extraña, se ve obligado a subir. Previa parada en el Parque Urquiza –que desde su complejo astronómico hasta su Boching Club, puede convertirse en un recorrido más que pintoresco–, el circuito continúa por avenida Pellegrini, veinte cuadras eminentemente grastronómicas, hasta el Parque Independencia. Aquí, el Museo de Bellas Artes, el Histórico y el de la Ciudad convierten las 120 hectáreas de este pulmón urbano, en un punto neurálgico de la cultura de la ciudad. Esto, amén de los 150 ejemplares de su rosedal –el preferido de novias y quinceañeras– y su lago artificial –botes de pedal y paterío incluido–, y de que su seno esconde la casa del otro gran club de la ciudad, Newell’s Old Boys, cuyos encuentros dominicales frente a Central son, también, como el Che, Berni y Olmedo, una parte ineludible del folklore de ciudadano.

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Sol primaveral, el ancho río y el perfil de una gran ciudad.
 
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