turismo

Domingo, 9 de noviembre de 2014

CóRDOBA. AL PIE DE LAS SIERRAS DE POCHO

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Las Palmas y Salsacate, últimos peldaños antes de cruzar a La Rioja por el noroeste cordobés, son una referencia para los pobladores de Mina Clavero y otros balnearios, donde se imponen las actividades al aire libre, los sabores del pago y las historias del pasado indígena y jesuita.

 Por Pablo Donadio

Fotos de María Clara Martínez

La Rioja es el destino, y los pueblos del camino, una sorpresa para quien anda sin apuro. Tras Mina Clavero, el gran balneario de Traslasierra, la RP15 dibuja sembrados entre caseríos y parajes que invitan con sabores regionales y naturaleza a pleno. Ríos, verde y silencio han sido desde siempre un denominador común de muchos pueblos cordobeses pequeños, más en estas fechas, cuando se tornan un remanso ante el calor y el peso del año. Pero Las Palmas, y sobre todo Salsacate, conjugan además una buena dosis de historia y aventura para sumarle un par de días a la travesía. Relatos lugareños, la llegada a la Quebrada de la Mermela para hacer tirolesa, los dos ríos del pueblo y el mejor chivito serrano.

Panorama de la Sierra de Pocho, en el camino de Salsacate a La Rioja.

ORíGENES La sobremesa y las propuestas tras el almuerzo en La Casa de Claudia, una vecina devenida chef, nos convencen del todo: paramos en Salsacate un par de días. La Rioja no ha de irse a ninguna parte y este “paso intermedio” cordobés nos augura buenas actividades. Pequeña, verde y pacífica, la localidad no tiene una fundación oficial, ya que fue formándose con el paso del tiempo y, a diferencia de muchos sitios, no hay que indagar en el pasado para rearmar su nombre, sino que Salsacate es su denominación de siempre. Cuando los españoles poblaron Córdoba y entraron en la región este valle ya estaba habitado y, pese a que lo nombraron De la Campana, nunca se instaló. Pero según Blanca, fundadora del centro cultural Werken Kurruf de Las Palmas, no fueron comechingones –como se cree– sino los chelco-jeru los pobladores de estos pagos. “Ese nombre significa ‘caminante de los cerros’ en lengua cacán. Esta es una de las tantas cosas que contamos aquí, además de ofrecer biblioteca, ropero comunitario y talleres gratuitos de distintas lenguas y de informática. Queremos contar la otra historia, la de los pueblos originarios, no la triunfadora de la colonia, aunque nos cuesta mucho el tema de la difusión y por ella la escasa concurrencia. Para que te des una idea, todo este camino que lleva a La Rioja perteneció al Capak-Ñan o Camino hacia la Esencia, mal llamado Camino del Inca, ya que su creación fue anterior al incanato”, asegura. Frente a ella hay una escuela, y en diagonal una capilla antiquísima, ambas apoyadas sobre las laderas de la sierra que ya comienza a crecer, surcada en la mitad por este camino que transitamos. “La capilla fue construida por hermanos originarios por orden de los jesuitas. Se cree que fue en 1645 que se levantó sobre los cimientos de un templo de celebración local, como hizo en toda América con sus capillas-claustros”, agrega.

El volcán Ciénaga y sus palmeras, dos emblemas del paraje cordobés de Las Palmas.

CAMINO A LA MERMELA El volcán Ciénaga y sus caranday son parte de la geografía de Las Palmas, y una parada obligada por los trabajos que aquí realizan en cestería, tanto como por la maestría con que los chivitos son cocinados a la brasa. Distintos paradores se ubican a la vera del camino de ripio cercano a la Quebrada de la Mermela, con asadores y puestos que invitan al pan casero con chicharrón y pasteles. Referencia inmutable, el cono volcánico nacido hace más de cinco millones de años es también un llamador para los amantes de la escalada. Si bien hoy el terreno es parte de una estancia privada, algunos baqueanos de la zona piden permiso y llevan gente hasta su cumbre de casi 1500 msnm, siempre y cuando las nubes permitan el acceso, cosa que no ocurre en nuestra visita. Allí arriba, aseguran, es posible disfrutar del vuelo de los cóndores gracias a la cercanía con la Sierra de Pocho, lugar donde se ubican las condoreras.

Enrique es otro vecino de Las Palmas, y su casa, otra aventura. Nos mete en ella casi de prepo, y comienza a mostrarnos “reliquias”. Hay puntas de flechas, vasijas y un par de durmientes que han sido dinteles de hogares jesuitas, labrados a mano por los indios con simbologías religiosas. Además tiene un tacho de metal con la esvástica nazi. “Este lo guardé por lo curioso..., se ve que alguno vino a escaparse por acá y se trajo esto”, dice. El terreno sigue hacia el fondo con otras pertenencias, y sube una de las laderas donde cría chivos en un corral de pirca. “Estos pronto se irán a la parrilla”, sentencia. Despedimos a los vecinos y seguimos camino arriba hasta la quebrada, donde la estancia de la familia Papell tiene allí pileta, parador y una tirolesa que atraviesa los cerros. Por el mismo camino que cruza la sierra con sus túneles se llega hasta la plataforma de largada, en medio de la vegetación típica del bosque chaqueño y serrano de altura. Desde allí son 200 metros que se recorren de ida y otros 300 de vuelta, un desafío nada pequeño para los primerizos. Por suerte, la bruma se disipa y sobrevuelan algunos cóndores, un escenario perfecto para –entonces sí– calzarnos los equipos y disfrutar de la aventura.

El río Jaime y sus verdes sauces, escenario ideal para el baño y el descanso en Salsacate.

SALADO Y DULCE Aquí hay vida de pueblo, y a la siesta nada es más recomendable que ir al río. En ese rubro, Salsacate tiene para todos los gustos: uno salado, el Cachimayo, y otro dulce, el Jaime. Ambos aportan una costanera larga, repleta de árboles y con asadores y playas de arena para el baño. El resto de la vida gira en torno de la iglesia Nuestra Señora del Rosario y la coqueta plaza central. En ella hay enormes piedras del antiguo fundidor de Cuchiyaco, haciendo honor a las decenas de socavones de la mina que explotó la misión jesuita junto con otros tesoros locales –como Oro Grueso, cercano a la estancia La Candelaria– llevándose el oro, luego la plata y más tarde el plomo y el zinc. Cuchiyaco está hoy abandonada, y sólo puede visitarse con baqueanos, ya que en medio de los pajonales aparecen huecos de uno o dos metros de circunferencia, pero de 50 metros o más de profundidad. El edificio municipal, algunos comercios y un semibingo son otros destacados de la manzana del centro. ¿Semibingo?, nos preguntamos. “Sí, pasa que algunos vienen a tomarse un fernet y jugar cartas acá, y mientras chusmean se arman apuestas. Es medio trucha la cosa, porque no hay nada regulado, pero aunque suene gracioso tiene una función social: muchos viejitos no sabrían qué hacer si esto no estuviese”, cuenta un vecino que no quiere dar su nombre. La gastronomía se destaca también en el pueblo. Además de la Casa de Claudia, el restaurante La Rueda se especializa en cabrito asado, y las elaboraciones artesanales de miel y queso –junto a la producción local de nuez y hongos– puede encontrarse en varias esquinas. Un regalo perfecto para llevar de regreso, y un complemento ideal para acompañar el mate y seguir el camino.

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El cartel sobre el ripio indica la llegada a Las Palmas, tierra de artesanos y asadores.
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